La saeta

Seguramente, cuando Juan Manuel Serrat musicó el poema “La Saeta” de Don Antonio Machado, no pensó que se convirtiera en un tema tan emblemático en su carrera. La canción resultante ha sido Versionada por muchos cantaores flamencos que lo interpretan en procesiones, sin pensar en que puede ser una incoherencia. Pero sin duda, lo que menos esperaría es que se convirtiera en la marcha procesional más interpretada en España.

El poeta, hijo de un folklorista andaluz, conocía muy bien todo lo relacionado con la música y la poesía popular; y como no con el flamenco.

Esto quedó demostrado en las obras realizadas a medias con su hermano Manuel, siendo el trabajo más conocido hecho conjuntamente “la Lola se va a los puertos”. De este modo no nos resulta extraño que comenzara el poema que nos ocupa del siguiente modo:

Dijo una voz popular

“quien me presta una escalera

Para subir al madero

Para quitarle los clavos

A Jesús el nazareno”.

Machado, sin duda, es considerado un escritor profundo y de una españolidad muy acentuada, como buen perteneciente a la generación del noventa y ocho. Tenía un sentimiento religioso muy profundo, que hace de Jesús una constante de su obra y considera que el ateísmo es un acto de egoísmo, como manifiesta en Juan de Mairena donde escribe: “el hombre que toma como tipo de evidencia el de su propio existir, con lo cual inaugura el reino de la nada, más allá de las fronteras de su yo. Este hombre no cree en Dios, o se cree Dios, que viene a ser lo mismo”.

Pero el poeta es un verso libre que, debido a sus críticas a la iglesia como institución, choca con esta. Nos habla en el poema “La Saeta” de cómo en su tierra los mayores, en las primeras décadas del siglo XX le daban más importancia a la Pasión y Muerte en la Cruz, que lo que para él tenía sentido un Nazareno vivo, lleno de fuerza que predicaba en la mar, donde nos dejó su mensaje de amor.

 Por eso algunos ven en ello un ataque a esta manera de mostrar la fe, con tanta exaltación de la cruz, cosa que en la actualidad ha cambiado incluso en nuestra manera de celebrar la Semana Santa, ya que durante la centuria pasada, se empieza a entender que la muerte es la puerta de la resurrección, de modo que comienza a originarse con más frecuencias hermandades que tengan como titular a Cristo Resucitado, al fin y a la postre, una exaltación de la vida.

Muchos quisieran saber la imagen que inspiro estos versos, de un Jesús clavado en la Cruz, no concuerda con ninguna advocación conocida, en Sevilla lo atribuyen al Cachorro, o bien al Cristo de los Gitanos. A mí, como baezano, y teniendo en cuenta que el poema fue escrito en su estancia baezana, me gustaría como no, que fuera nuestra Expiración, pero lo cierto es que se desconoce, siendo lo más seguro que no tomara ninguna imagen en particular como referencia, sino todas en general.

Se escribió en 1914 y fue publicado en la revista Mundial Magazine, pero no será incluido hasta años después en “Campos de Castilla”, en una publicación de sus obras completas. Utilizando en la introducción una copla popular con rima asonante, el resto lo componen cuatro estrofas, tres de ellas redondillas y una cuarteta irregular.

El cantautor musicó el poema en el año 1969 con arreglos de Ricard Miralles Izquierdo, en su disco dedicado al poeta, claro está que sin idea de que fuera utilizado, para acompañar a nuestros pasos. Pero en 1986 Antonio Rodríguez Velazco la adapta para la banda de cornetas y tambores Virgen de las Angustias, sin mucha relevancia. Siendo en 1988 cuando empieza a convertirse en el fenómeno que es hoy, al realizar el propio Velazco junto Antonio Amoedo y Juan Ramírez, la versionan para la Agrupación Musical de Jesús Despojado, actual Virgen de los Reyes, que la estrenaría en la Plaza de San Román, en la salida extraordinaria de su titular, con motivo del cincuenta aniversario de la fundación de la hermandad. Y en el año 1992 Guillermo Fernández Ríos la adapta para ser interpretada por Banda de Música. Todo ello fue posible, sin duda alguna por la calidad de la música y la Sencillez de su melodía. Lo que ha hecho que la marcha se encuentre entre las más interpretadas tras nuestros cristos.

En una entrevista a Serrat, comento que solo sintió emoción al escuchar un tema suyo hecho por otros en dos ocasiones, cuando una orquesta en la fiesta de un pueblo catalán interpreto Palabras de Amor y el día que se encontraba en un balcón de Sevilla, viendo el trascurrir una procesión, y la banda acompañaba el paso con su música. En broma comento que tenía que haber pedido derechos de autor, pero que era más importante para él lo que sintió, que lo crematístico.

En el año 2016 Serrat, recibió el premio Demófilo, concedido por la fundación sevillana Antonio Machado. Dicho premio se otorga a los artesanos y artistas más destacados del arte cofrade. En el caso del catalán, fue por su contribución a la música procesional en Sevilla y en toda Andalucía. Esta distinción es considerada como los Oscar de la Semana de Pasión.

Pese a la crítica y lo inesperado, nos encontramos ante el claro ejemplo de una obra que, transcurrido el tiempo, deja de pertenecer sus autores, para convertirse en propiedad del público, que la entiende como quiere.

Un caso más chocante que el éxito en la Semana Santa de este bello poema y su adaptación musical lo puede ser que la marcha Amarguras de Manuel Font de Anta, fuera utilizada en 1936 en Barcelona para acompañar en su entierro al líder anarquista José Buenaventura Durruti Dumange.

Estos días azules y este sol de la infancia”.

Fotografías: Cristóbal Tornero.

La casa de todos

Es evidente que algo pasa con el clima, cada vez los inviernos son más cálidos, siendo raras las heladas, que antaño en las mañanas cubrían de escarcha nuestros campos en los meses de enero y febrero. Los periodos de sequía se extienden, son más largos y las precipitaciones cuando las hay, dejan más lluvias en menos horas, produciendo más inundaciones, aguas que no se pueden almacenar para riego. Vemos como cada vez los veranos son más largos, con temperaturas más elevadas. Siendo un ejemplo a pequeña escala, de lo que se puede avecinar, el desastre del Mar Menor.

Pero el ser humano sigue consumiendo plásticos que no reciclamos de modo adecuado, y que, a través de los alimentos, en forma de nano partículas acaban en nuestro organismo, o formando grandes islas en medio de los océanos. Las nuevas tecnologías cuando las dejamos de usar, son grandes contaminantes, si no se reciclan de un modo adecuado. Pero, sobre todo, el problema viene de la quema de combustibles fósiles para la obtención de energía o para la movilidad en coche, las calefacciones que calientan nuestros hogares… y además la electricidad producida en centrales térmicas, de gas, carbón o petróleo.

Para ponerle freno, el pasado diciembre, se celebro en Madrid la Cumbre del Clima. Donde políticos, activistas y O.N.G. de todo el mundo se reunieron. Sin conseguir acuerdos de relevancia[1] , pues como siempre, estos se aplazaron para el futuro. Que quizá, ya no exista, pues hoy ya es mañana y los daños pueden ser irreparables. Pero es que ni siquiera, el quedarnos como estamos, sea posible. Pues los daños, pueden crecer de un modo mas acelerado, en menos tiempo.

El Papa Francisco en su encíclica, del 24 de mayo de 2015 sobre el cuidado de la casa común, hace una reflexión muy profunda, sobre el estado del planeta. Incita a los 1200 millones de católicos, a hacer todo lo posible, para mejorar el estado de nuestro mundo y con ello de las poblaciones más desfavorecidas. Diciéndonos que el daño a la naturaleza, es: “una pequeña señal de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad”.Siendo necesario para su solución, una “audaz revolución cultural”. Pues el calentamiento global, es un hecho, en el que “hay un consenso científico”.

Los países ricos, utilizan los recursos de los pobres para el beneficio sin fin de sus industrias, relación que calificó como “estructuralmente perversa”. Rechazando de pleno el argumento, de que solo el crecimiento económico, puede acabar con el hambre y recuperar el medio ambiente. Lo que llamo “un concepto mágico del mercado”.

Su Santidad, ve la solución, en la utilización de mecanismos internacionales, con instituciones eficientes que puedan sancionar de modo enérgico a quien no cumpla. Pues “es esencial lograr un consenso global para enfrentar problemas más profundos que no pueden ser resueltos por las medidas unilaterales de países individuales”. De igual modo, recordó a los políticos, que “muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico y político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático”.

Poniendo especial énfasis, en que la solución, tiene que llegar a través de la ciudadanía. Que presione a los poderosos, para que tomen las soluciones, adecuadas y necesarias. A la par que se deben formar redes de protección para los más desvalidos. También, los pequeños gestos individuales, en el día a día, como el “uso de transporte público, compartir viajes en auto, plantar árboles y apagar luces innecesarias”. Tendrían un efecto positivo en el tratamiento del problema.

Esto es de modo resumido, lo que dice el Papa en su encíclica “Laudato sí”, que traducida al castellano quiere decir “Alabado sea”, es parte de una oración del patrón de la ecología, San Francisco, del que tomó nombre el actual Papa.

Debemos plantearnos, ¿Qué pueden hacer las hermandades?            

Las hermandades quizás, puedan contribuir a esta lucha. Concienciando a sus miembros, de la necesidad del reciclaje, en su día a día, a través de charlas de formación. Sobre todo, a los más jóvenes. Así como consiguiendo medios económicos, para la ayuda de los afectados, por el calentamiento global.

Utilizar cera lo más pura posible, pues contamina menos que las parafinas, derivadas del petróleo. Que además de poder ser fundida para segundos usos, tiene la ventaja de permitir eliminar de manera más fácil el oscurecimiento que se produce en nuestras imágenes, con su quema.

La compra de flores autóctonas en vez de la de orígenes exóticos y lejanos, supone una mayor huella ecológica, en forma de CO2, debido al descenso del transporte. Por ello, se debe pensar siempre en la utilización, en medida de lo posible, de productos cercanos. Que seguramente sirvan, para abaratar costes.

Reducir el consumo de plásticos, en la protección de nuestros enseres, que utilizamos una sola vez y tiramos, por telas que le puedan dar un servicio definitivo, año tras año. De igual modo que en casetas, fiestas y comidas debemos de dar de lado a los cubiertos, platos y vasos de plástico, por otros más sostenibles.

Para hacer visibles hechos, desigualdades, e injusticias, así como para hacer reivindicaciones, es fácil ver, en los tronos lazos de distintos colores. Cirios que nos piden que demos vida, donando órganos. Alzas de pasos, para la curación de enfermos, o en homenaje de hermanos difuntos. Todos estos recursos, pueden ser utilizados, por las cofradías, en sus desfiles procesionales, para llamar de este modo la atención de los asistentes y poner el foco en el problema: la salvación del planeta, casa común de todos.

Quizás lo que esté en juego, no sea solo la subsistencia del planeta, si no también la del propio ser humano, pues dependemos de este. Por ello cualquier iniciativa que tengamos, por pequeña que sea, será siempre positiva. Asique, tenemos que luchar, desde nuestros medios, para su solución.


 [1]

El Hombre que puso rostro a Jesús.

El próximo 28 de diciembre, hará un año de la muerte de Don Manuel Hernández León, que fue el imaginero que para mí le puso rostro al Hijo de Dios y Su Madre, al tallar las imágenes de Jesús del Amor en su Última Cena, apóstoles y el de Nuestra Señora de la Paz. Titulares de mi hermandad a los que rezo y he tenido el privilegio de cuidar, ayudar, vestir y subir a sus pasos. Por ello, quisiera recordarle en el primer aniversario de su fallecimiento.

 Lo primero que quisiera decir de él, es que al conocerlo daba la sensación de ser una persona buena (en el buen sentido de la palabra bueno), con un aplomo sereno que trasmitía una elegancia personal y una profunda fe, muy arraigada en lo más hondo de su ser. Que cuando hablaba de su obra y de su vida lo hacía con pasión sencilla, que no parecía falsa modestia.

Vino al mundo el Viernes Santo 15 de abril del 1.938, en la calle del Sol. Su habitación se encontraba frente a la Capilla de San Román, donde residía el Cristo de los Gitanos. Le gustaba de niño en Semana Santa, ver cofradías, siempre por las calles, yendo a su encuentro de la mano de su madre, en los lugares más significativos, sin sentarse en las sillas del recorrido oficial.

 Recordaba con ternura la alegría que sintió el año en que siendo un adolescente encontró un trabajo, en una pastelería céntrica para el tiempo de cuaresma y como su padre prefirió que renunciará aquel trabajo, para que disfrutara de las hermandades, pues solo le querían para la buya de los días de Pasión.

  Se educó en el colegio religioso de los Escolapios. Su progenitor tenía como oficio el de ebanista, en cuyo taller tomo contacto con la madera y las herramientas para su tallado. Su madre tenía dotes artísticas, se dedicada a la pintura, por lo que no es de extrañar que nuestro protagonista tuviera en sus genes un talento, que pronto se convertirían en su gran vocación la imaginería.

Pero su ascendente sin quitarle la idea le orientó hacia otro oficio, pues había que comer todos los días y el oficio de la gubia, al depender de pedidos, era muy incierto. Por lo que trabajo en varios comercios, mientras se formaba en Escuela de Arte y Oficios, donde concluyo su instrucción de modo brillante, con notas de sobresaliente, e incluso tras la prueba de acceso en la Escuela de Bellas Artes, para prepararse como pintor, le incorporan directamente a tercero. Completó su instrucción viajando a Roma, para conocer las obras más clásicas de la escultura y a Tierra Santa para caminar por los lugares que acogieron a Nuestro Señor. Mostraba predilección por artistas como Mena, Montañés, Mesa y Roldán en la imaginería y en la pintura, por Greco, Murillo, Goya y Sorolla.

Cuando cierra el último comercio en el que trabajó, y con el consejo del padre, se dedica definitivamente a lo que realmente quería la imaginería, comienza en el taller del progenitor, pero pronto se haría con uno de su propiedad, pues por la dimensiones del local se tenían que alternar en las horas de labor, con lo que era fácil que le diera la madrugada ensimismado en su obra y molestando a los vecinos, por lo cual uno de ellos le buscó un establecimiento que fue el que ocupo hasta el día de su muerte.

 Comenzaba sus creaciones siempre imaginando, la imagen en su mente, cuando sabía lo que quería lo plasmaba en un boceto y posteriormente en barro, para culminarlo en madera. Decía que gracias a Dios no le había faltado trabajo nunca y que desde que empezó siempre tuvo encargos repartidos por países como Francia, Venezuela y Estados Unidos.

También en las comunidades autónomas de Extremadura, Castilla la Mancha, Castilla y León, Cataluña y Baleares. En su obra dedicada a Cristo tomó como base los estudios que se realizaron sobre la Sabana Santa, en la década de los ochenta del pasado siglo, lo que le convierten en un auténtico avanzado de su época.

En nuestra ciudad, su obra es amplia, pues fue el escultor que realizaría el definitivo grupo escultórico de la Santa Cena. Esta labor la fue ejecutando en años sucesivos, mientras que la hermandad hacia[1]  frente con mucho esfuerzo a las contraprestaciones económicas que ello suponía. A tal punto llego identificación entre hermandad y artista que este realizó una dolorosa por propia iniciativa para la congregación, que hoy es la Virgen de la Paz y que cuando llegó a nuestra Iglesia Catedral tuvo que vestir el traje de novia de una hermana, al no poder hacerse frente a la compra de una vestimenta nueva.

 Lo inesperado de la llegada de la titular y lo descomunal del proyecto del paso de Cristo del Amor, hizo que esta permaneciera sin salir en procesión durante muchos años, quedando sola en su capilla, pero cuando salió lo hizo con todo su esplendor.

 Para conseguir dinero se recurrió a todo lo imaginado siendo uno de los recursos la pedida de donativos, que no hubo para la adquisición de Judas Iscariote, quizá porque dos mil años después seguía sin ser perdonado por el pueblo, la imagen primera de este apóstol, la cambiaría el autor por una nueva al no gustar ni a cofradía ni a él mismo, al que se pudo ver en el primero de nuestros templos el día de la bendición de sus Imágenes emocionado. También nacieron de sus manos Nuestra Señora de los Dolores del Rosario, de la Cofradía de la Humildad. El San Juan Evangelista de la Hermandad de la Vera Cruz y Mari Santísima de la Aurora a la que reformó.

La primera imagen que salió de su taller fue la Virgen de la Penas de Vélez Málaga, ciudad donde tiene una calle desde 2011. Muchos consideran su mejor obra el Traslado al Sepulcro de la Hermandad del Santo Entierro de Paradas[2] , donde el rostro de la Virgen de la Amargura le recordaba el de su Madre. También se dedicó con gran relevancia a la restauración en las cofradías sevillanas de la Sagrada Cena, la Trinidad y Servitas. Siendo una de las imágenes que más orgulloso se sentía, Santa María Magdalena Patrona del Arahal. 

Por falta de suerte, o por lo que fuere según pude leer en varios artículos, tras su muerte fue un imaginero poco reconocido para su valía.  Y quisiera que este humilde artículo fuera un sencillo homenaje para su gran obra, además que para su persona.


 [1]

 [2]

Un secreto muy bien guardado

            Cuando mi hermana y yo éramos pequeños, la primera vez que fuimos a ver la procesión de La Vera Cruz, nos contó mí padre  que un Viernes Santo, en dicha procesión sucedió un hecho insólito lleno de misterio. Viendo mi padre que dicha narración nos sobresaltó, y nos causó algo de miedo al paso del cortejo, lo repitió con algunos de mis primos. Incluso hoy cuando la ocasión lo permite no dudamos en contarlo, como hicimos con mis sobrinas e hijos de amigos. Hechos e historias del pasado, que si bien son ciertas, utilizo para crear un relato de ficción, pues los protagonistas son inventados en gran medida, para que sirvan de acompañamiento a los reales.

UN SECRETO MUY BIEN GUARDADO

            Esta historia que hoy cuento, sucedió a mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, en la Madrugada de Baeza. La luna llena brillaba en un cielo estrellado, tras la torre de la Iglesia Catedral. Eran las primeras horas del Viernes Santo, cuando un joven adolecente de unos doce años, se levantó de la cama con la alegría y la emoción de salir de penitencia, por primera vez. Echó agua en una palancana y se lavó a palmetazos la cara. Para acabar de despertarse y secarse se sacudió la cara de derecha a izquierda con fuerza. Se puso  pantalones, calcetines, zapatos y una camisa. Fue a la cocina, donde se tomó un  vaso de leche, con un par de roscos de buen paladar. Junto a la chimenea en una silla, se encontraba la túnica franciscana de paño marrón, de la Santa Vera Cruz, que días antes su madre le había recogido en el comercio de los Lucenas, frente al ayuntamiento. Se la metió por la cabeza, la dejo caer y sobre ella se puso el peto negro, con la cruz verde en el pecho, que ciño en la cintura con un cordón blanco, en el que hecho un lio, puso el verdugo, que durante la procesión le cubriría el rostro, cogió los guantes de piel negra de su padre y al ponérselo, mientras que salía a la calle, notó que le estaban grandes.

Se encontraba lejos del templo, bajó solo por la calle Matilla, hacia la iglesia de San Andrés. La soledad y la oscuridad le producían una sensación de desasosiego, que no llegaba a ser miedo. Aligeró el paso para llegar a la Puerta de Toledo, donde ya le esperaba su grupo de amigos. Juntos siguieron camino por San Francisco y al pasar por la Iglesia de la Encarnación, uno de ellos empezó a contar: “Antiguamente, antes de que se formara nuestra cofradía, existían los disciplinantes, que en las procesiones vestían túnicas blancas, con la espalda descubiertas, y que con un látigo finalizado, en bolas de plomo, en la mano, se iban azotando, hasta que la sangre que perdían les hacía desmayarse, momento en que eran reanimados echándoles un cubo de agua fresca, para poder así flagelarse durante toda la procesión, y que las heridas para que no se pusieran malas, las regaban con una esponja  mojada en vinagre”. Todos quedaron en silencio y acongojados, uno más que otros. Hasta que, a lo lejos, se escuchó el sonido estridente de las espinaqueras que anunciaban la eminente estación de penitencia de su hermandad. Echaron a correr para llegar a casa del hermano mayor, en las Barreras y tomarse una copita (de anís, coñac, o vino dulce), acompañada de bizcochos, para combatir el frio de las tempranas horas. Una vez recompuesto el ánimo y el buen cuerpo, se dirigieron por la calle Compañía a la iglesia de Santa Cruz.

Al llegar participaron en los oficios de madrugada, en los que se venera el “Linus Crucis”. Tras lo cual los hermanos fueron tomando las cruces, para hacer la estación de penitencia, mientras que otros portaban hachones, que rompían la penumbra de la noche con su luz, a la vez el incienso producía cortinas de humo, que se elevaban hacia el techo, produciendo un momento de recogimiento, en el que una voz comenzó el rezo de la primera estación del Vía Crucis. Mientras, la cruz de guía salió por la puerta del templo románico, seguida por los cofrades de la hermandad, conocidos desde antiguo como los “Tintos”.

El joven cofrade entre rezos, transitaba por la Cuesta de San Felipe Neri, en silencio, que se rompía por el característico sonido de las cruces al rebotar en el suelo empedrado, pero algo fuera de lo normal llamaba su atención, era el sonido de cadenas arrastrándose. Comenzó a mirar atrás y adelante, agudizó el oído, descubriendo que, entre filas, venía un penitente de gran tamaño, con una enorme cruz en su hombro, y cadenas en sus pies descalzos, que ya empezaban a dejar un rastro de sangre, producida por los grilletes que abrazaban sus tobillos. Empezó a pensar en que no lo había visto en la iglesia, mientras un escalofrío recorría su medula y erizaba su piel. Una sensación de miedo se fue apoderando de él, puesto que lo llevaba casi siempre a su lado, escuchaba al público a su alrededor, comentar que nadie sabía quién era aquel hombre, y mucho menos que de donde había salido. Algunos decían qué grande debía de ser su pecado, para tanta penitencia y en una de las paradas, escuchó a dos mujeres que aseguraban que era un asesino, que había matado a su mujer. Todo aquello aumentaba su miedo, que se fue aplacando con la aparición cada vez de más espectadores que le arropaban. La voz había corrido por todo Baeza y al llegar a la puerta de Úbeda, la expectación era enorme, todo el mundo salía a ver a aquel penitente.

Y sobre todo la gente se dio cita en la Plaza de Santa Cruz, pensando que, al finalizar la procesión, se descubriría la identidad de aquella persona, que para todos era un misterio, al igual que para nuestro joven protagonista, al que le pudo más la curiosidad que el miedo y se situó en paralelo al desconocido en la entrada, pensado que lo descubriría. De pronto, un golpe en su cruz y un fuerte empujón que le hizo caer consiguieron que le perdiera de vista un instante. Cuando quiso recuperar la normalidad, de buenas a primeras no se veía la cruz, ni se escuchaba la cadena.

¿Dónde estaba aquel gran penitente?

Todo un misterio cómo apareció y por dónde, pero mucho más cómo desapareció sin dejar rastro. Incluso la sangre del suelo se perdía en mitad de la iglesia. Era como si se hubiera esfumado de buenas a primeras. Acrecentándose el misterio al no descubrirse tampoco quienes fueron sus cómplices, que hicieron de todo ello un secreto muy bien guardado. Durante días tuvo sobresaltado a nuestro protagonista y sirvió de comidilla a toda la ciudad, pero poco a poco se fue diluyendo en el recuerdo.

Y regresó

Este pequeño relato, quisiera sirviera de homenaje, a todos aquellos que un día dejaron Baeza, para marchar a vivir a otro lugar. Pero que nunca olvidaron, ni su tierra ni sus tradiciones, muy especialmente, su Semana Santa. Es una historia que,  puede reflejar las vivencias de muchos, pero de nadie en particular, pues es completamente inventada, partiendo de historias, que no son ajenas a ninguno de nosotros. Espero sin más que disfrutéis de su lectura, como yo lo hecho escribiéndolo. 

Y REGRESÓ

Era una fría madrugada de principio de primavera, de los ya lejanos años sesenta del siglo pasado, se despidió, un beso para la madre y hermanas, un abrazo fuerte parara el padre. Salió caminando con paso firme, decidido hacia un futuro en lo desconocido e incierto. Las lágrimas afloraron en sus ojos, por lo que no se volvió, pues las piernas se paralizarían y no seguirían su camino. Y enfiló la carretera de Ibros, con algunos ahorros en la cartera, la foto de su cristo, y la de la novia, la vieja maleta de cartón en la mano, el traje de pana le vestía, y la bufanda hecha por la abuela cubría pecho, y daba calor a un corazón más frío que el día, paso a paso dejó atrás su Baeza, y pensó como el poeta que soñaría con sus campos cuando no los viera.  

Llegó a su destino, una habitación de patrona, en un mundo lejano y hostil, demasiados adoquines grises, el cielo se adivinaba tras las altas torres de ladrillo visto, demasiados coches y olor a gasolina, trabajó en una fábrica donde no se pisaba tierra roja, arcillosa, labrada, para que los olivos centenarios, den su fruto, ese oro líquido, alrededor del que había girado su calendario, recogida, poda, hacer suelos, esa había sido su vida, frio en invierno y calor en verano, siempre mirando un cielo limpio y abierto. Pasaron los días y llegó la primera Semana Santa fuera de casa. No eran los mismos olores, ni los mismos colores de esa piedra de oro de nuestra ciudad. Y añoró su túnica de paño, sacó de la cartera a su Cristo y le rezó, recordando cuando de niño tocó el tabor o se vestía de romano. La Madrugada que siendo casi un niño se hizo el hombrecito y se le fue por primera vez la mano con el anís. La Mañana del Viernes Santo viendo el Paso al sol, para mirar a la cara de la niña que le gustaba y que ahora es su novia.

Pasaron los primeros años haciendo esos malditos turnos en la fábrica, una semana de día, otra de tarde, y la peor era la de noche sin festivos y librando uno de cada seis días, todo para dar la entrada en un piso en un barrio de las afueras y poder casarse, de este modo pasaron los años los amigos le mandaban los libros de Semana Santa, alguna publicación de las hermandades. Que le gustaba recibir, pero que le llenaban de melancolía, como cuando vio la foto de Tornero del Cristo del Rescate en las Ruinas de San Francisco.

Llegaron los hijos y la tarde del Viernes Santo de 1.975 regresó a todo correr del trabajo, se sentó ante la tele en blanco y negro para ver el Arco de Pópulo de su pueblo y el de Jaén, por donde fueron pasando todos los pasos de la Procesión General. Combatiendo la emoción con alguna que otra torrija, y una copita de Málaga Virgen, allí ante él estaban sus paisanos, y comentaban: “mira ese está igual”, “a este sí que se le notan los años”, pues esta que mayor. Cuando acabó, el matrimonio sintió frente al televisor un sabor agridulce, preguntándose cuando llegaría el día en que podrían regresar para ver su Semana de Pasión, pero qué difícil era por la lejanía y el trabajo.

Un día decidieron montar un bar, los hijos se hacían grandes y había que darles la oportunidad de que estudiaran, y así, entre cerveza, chato de vino y pincho de tortilla sin descanso pagaron una carrera de derecho para el chico y una de magisterio para la chica, un nuevo piso más grande y en mejor barrio, un coche que cuando lo cambiaron dejaron para los hijos, a los que habían educado en la añoranza de su pueblo y en sus costumbres. Los paisanos iban al bar y le contaban las cosas de su Baeza, como estaba cambiando, como era la actual Semana Santa, sus nuevas cofradías, que ya había procesiones todos los días, que la General la habían dejado de hacer porque era imposible movilizar a tanto costalero, penitentes y bandas. Y el Jueves Santo de 1.999 cuando ya en color vio en su bar la procesión, con tanta vida como desprendía, con todo el esfuerzo que suponía movilizar un pueblo entero dos días, se sintió orgulloso, porque algo de él, sus hijos, estaban participando como penitentes de su hermandad.

Y con los años llegaron los nietos, se jubilaron, y compraron un piso en su tierra como tantos otros, y por fin cincuenta años después regresó a su Semana Santa. El Domingo De Ramos amaneció con la ilusión de los dos niños, a los que habían conseguido túnicas de “La Borriquilla”. Que cogidos de la mano del abuelo se dirigían a San Ignacio, difícil fue saber quién iba con más ganas, ilusión o fe, si los nietos o él.

Llegó el momento tan anhelado y deseado de vestirse con su hermandad, y lo primero que hizo fue sacar de la cartera una vieja foto manoseada de su cristo, la rezó y la puso en el bolsillo de la camisa junto al corazón, sacó su nueva túnica que ya no era de paño sino de ruan, sin verdugo y con capirote, y se la vistió. Durante la procesión se mezclaron rezos, recuerdos de añoranzas de una vida, gracias por las alegrías y una sensación de paz y tranquilidad. Al finalizar, una familia entera le esperaba, con su mujer a la cabeza. Abrazos y alguna que otra lagrima brotaron. Y salieron del templo ya de noche, caminaron por las calles solitarias, de suelos empedrados, de piedra de oro las fachadas, y le contó sus aventuras de joven, sus recuerdos, y pensó que nunca se había ido, porque su corazón, se quedó bajo aquel cielo azul, sus olivos, sus casas blancas, palacios y conventos, pero sobre todo con sus gentes, sus paisanos, sus iguales.

El baezano jartible

Pido perdón por escribir de Semana Santa. Sobre la que tanto se ha escrito y se ha dicho, de manera tan brillante. Pero, sobre todo, pensando que puedo hacerlo de un modo diferente, e incluso ameno.

En el blog el Laboratorio del Lenguaje. Coordinado por Fernando A. Navarro y José Ramón Zárate Dice:

“No, no busque el lector la palabra jartible en el diccionario de la RAE. No la encontrará. Se trata de un modismo de uso en Andalucía y con más asiduidad en la zona gaditana. Procede de la deformación de “hartible”, otro vocablo sin reconocimiento académico y corresponde a la definición de “persona o cosa que resulta pesada o cansina”.

“No, no busque el lector la palabra jartible en el diccionario de la RAE. No la encontrará. Se trata de un modismo de uso en Andalucía y con más asiduidad en la zona gaditana. Procede de la deformación de “hartible”, otro vocablo sin reconocimiento académico y corresponde a la definición de “persona o cosa que resulta pesada o cansina”.

Pue bien yo me revindico como uno de ellos, lo reconozco soy un jartible, tengo prácticamente todas las publicaciones de nuestra Semana de Pasión desde 1.940. La memoria de mi móvil está ocupada en gran medida, por interminables listas de marchas en Spotify, pertenezco a innumerables canales de YouTube, que visiono en mi televisor inteligente, además me hacen gracia el Palermasso, historias de humor cofrade y con ellas torturo a mis visitas, y aun gustándome el futbol, prefiero ver la salida de mi Santa Cena por enésima vez, que unas semifinales de Champions League.

 En mi trabajo, estoy deseando encontrarme con algún andaluz, al que le dejo caer el tema, a ver si puedo hablar un ratito, de vírgenes, cristos, costaleros, cera y ruan. En octubre o noviembre sé que empiezan los programas de radio, especializados en Sevilla, que empiezo a escuchar, en las aplicaciones a la carta de las distintas emisoras. Pero cuando llega marzo me falta día, pues empiezan, los de Jaén los Viernes, y los de Málaga, Granada, Sevilla a diario, los pregones los fines de semana, y no hay tiempo material para escuchar los de Córdoba, Jerez y Cádiz.

Pero para colmo, muchos de ustedes habrán visto en la página de Facebook Mundo Cofrade a un niño en la playa jugando con un trónico de Cruces de Mayo, y pensaran que ese es el colmo. Pues bien, ese niño no es, soy yo. Que, pasada la cincuentena al borde del mar, estaba ensimismado con el juego Chicotaz, eso sí con auriculares, para que nadie escuchara el fondo musical de marchas semanasanteras reproducidas electrónicamente.

Pero para colmo, muchos de ustedes habrán visto en la página de Facebook Mundo Cofrade a un niño en la playa jugando con un trónico de Cruces de Mayo, y pensaran que ese es el colmo. Pues bien, ese niño no es, soy yo. Que, pasada la cincuentena al borde del mar, estaba ensimismado con el juego Chicotaz, eso sí con auriculares, para que nadie escuchara el fondo musical de marchas semanasanteras reproducidas electrónicamente.

Y para que vean que también mantengo las tradiciones, El Viernes de Dolores en mi casa se cuecen habas y garbanzos, se fríe tomate, calabaza, berenjenas, y se hacen unos kilos de Cazuela, que me parecen toneladas, cuando hay que triturar en el pasa puré, mezclarlo a mano con las especies, pasar por la salten y por el horno, decorándolas con sus piñones. Pero que estas deseando que se enfrié para probar, con un vasillo de vino antes de partir al Vía Crucis.

El Sábado de Pasión mientras se echa en agua el correspondiente bacalao, para hacerlo como manda el precepto baezano, encebollado, en la tele suena una saeta, paramos y es Diana Navarro en el Traslado del Cautivo de Málaga, seguimos y mientras en el equipo suena un C.D.  esta vez es de la Banda de la Columna, mientras se meten en el horno las Empanadas de Vigilia.  Y al igual que todas las casas se preparan, túnicas, fajas y alpargatas y mantillas con peinetas. Y yo como todos los años, limpio la memoria de mi ordenador, cargo baterías para la cámara de video, y compro pilas para la de fotos.  

Esta es la historia de un jartible durante todo un año, que, en Semana Santa como todos, estrenar el Domingo de Ramos, comparte momentos con amigos y familia, recorrer las calles para ir a los puntos que más le gustan, por su dificultad para el costalero, recogimiento, o el acompañamiento musical. Para intentar hacer la foto en ese lugar soñado, y que nunca sale como quieres. Conseguir entradas para el Miserere y quedarte sin ellas, como casi siempre, por hacerlo a última hora.  Visitar monumentos, asistir a misa, en fin, lo que cual quiera. Y que no aguanta ni los vestidos de flores, ni las corbatas de colores, el Jueves y el Viernes Santo, eso se deja para el Domingo de Resurrección, que es la exaltación de la vida. Por lo que revindico la participación en el traslado del Niño Perdido por su barrio en la mañana, tan originalmente nuestro, así como su procesión con la Virgen de la Cabeza en la tarde.

Como buen “jarltible” en Baeza a 23 de agosto de 2019

Ginés Vera Contreras.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar