Los “Comunistas» y el Cristo del “Paso» .

Ella en un tiempo lejano, realizó los estudios de maestra de primeras letras y su novio de filosofía.

Pertenecían a la oligarquía agrícola baezana, con grandes olivares y casa en la calle San Pablo.

Su enlace fue una gran alegría para las familias y todo un acontecimiento social en la ciudad.

Con la venida de la Segunda República, se integraron en la izquierda democrática moderada, comenzando a enseñar a leer a los jornaleros y acudiendo a foros feministas.

Foto: Ginés Vera Contreras

Sin desatender sus obligaciones de buenos católicos.

Cada Viernes Santo él, se vestía la túnica de penitencia del “Paso”, siendo de los pocos que lo hacía con el rostro cubierto.

Cuando el patrimonio artístico religioso comenzó a ser amenazado, no dudó en salvar a su “Nazareno” resguardándolo en la Catedral, donde recibió protección junto con otras obras de arte sacro.

Al final de la Guerra Civil varias personas declararon haberle visto muerto, en la fosa común del cementerio.

Ella miembro del Auxilio Rojo en Málaga, fue depurada en la prisión de mujeres, conocida como “el Caserón de la Goleta”. De donde regresó con la cabeza rapada, demacrada, con sarna, en los huesos y humillada como mujer.

Su hermano consiguió los avales necesarios, para que saliera de la cárcel sin ser fusilada. Con la condición de que se fuera de Baeza para siempre.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Este pertenecía al partido liberal democrático y republicano, de Alejandro Lerroux. Y cuando se percató del resultado de la contienda, como otros muchos no dudó en vestirse por pragmatismo, la camisa azul de Falange y no podía tener a su alrededor rojos sospechosos.

Una madrugada a escondidas, ella entró en la Iglesia de San Pablo, donde le hablo del siguiente modo a Nuestro Padre Jesús:

“[…]

No llevare ninguna imagen de aquí
Me iré desnuda igual que nací,
Debo empezar a ser yo misma y saber
Que soy capaz y que ando por mi piel. [1]

[…]”

Al salir le esperaba el coche familiar, para llevarla a un suburbio de Madrid.

Allí entre los parias de la tierra, gracias a los curas del barrio, subsistía dando clases a los hijos de los obreros. Sintiéndose fuerte pues como Antonio Machado, con su dinero pagaba el traje que la cubría, la chabola donde habitaba y el pan que la alimentaba.

Una mañana casi se desmalla al encontrarse con su marido en la calle, los compañeros de la clandestinidad y los jesuitas, le habían conseguido una célula de identidad legal.

En el arrabal era frecuente que las parejas, comenzaran de inmediato a convivir. Pero ellos de nuevo se casaron en la iglesia del barrio, un cobertizo de madera donde asistían a misa los domingos.

En su segunda noche de bodas, entre lágrimas él fue capaz de contarle, lo sucedido cuando regresó a Baeza para buscarla y dos falangistas le reconocieron.

Estos sacaron sus pistolas y le dispararon, dejándolo tirado en una fosa sin conocimiento, sangrando con una herida en la espalda y otra en el brazo. Gracias a Dios no le remataron con un tiro en la cabeza.

Al despertar se encontraba en una habitación de un cortijo, los guardeses lo habían recogido del enterramiento común y le curaron las heridas, dándole una nueva vida con sus cuidados.

Tan pronto como pudo, se trasladó a Sierra Morena con los maquis, pero él era un filósofo nunca había empuñado un arma. Cuando estuvo recuperado del todo dejo la serranía, para camuflarse en el Pozo del Tío Raimundo y pasar desapercibido.

Durante mucho tiempo residieron en la chabola donde trabajaban.

Años más tarde compraron un piso para vivir, junto a otro más grande, donde impartían mecanografía, taquigrafía y francés. Clases para los niños, que al llegar la noche eran sustituidos por sus padres, para aprender las cuatro reglas.

En el mejor sitio de la entrada, pusieron la foto del “Paso”.

El hermano de ella vivía una vida desahogada en Baeza, se había casado con una joven de “buena familia” y tenía una mantenida. A demás siempre que podía realizaba una escapadita a Sevilla o Madrid, para disfrutar de sus noches.

Su primogénito era el orgullo familiar, un trabajador incondicional que, desde joven se hizo cargo de los negocios familiares, incrementando notablemente el patrimonio.

La hija una belleza morena de Julio Romero de Torres, fue educada en un colegio de monjas, en las buenas costumbres sociales de la época. Que siempre salía acompañada los domingos al Paseo.

Esta comenzó a tontear con el sobrino del marido de su tía “la roja”, relación prohibida por la familia.

Un buen día la muchacha se negó a viajar a Londres para abortar. Por lo que se casó a escondidas, una madrugada en la Iglesia de San Pablo. A su salida de nuevo esperaba el conductor de confianza del patriarca, para llevar a otra mujer de la familia lejos de Baeza.

Los padres del muchacho que habían perdido todas sus riquezas en la Contienda Civil, les dieron una dirección de unos conocidos donde vivir y trabajar, en el Puente de Vallecas.

Al llegar a su destino en Madrid, en la puerta les recibió la tía de ella, algo más mayor que en las fotos, junto a su marido muerto en la guerra.

El joven matrimonio estudio magisterio, mientras daban clase de recuperación a los niños pequeños, en el colegio que ya ocupaba cuatro plantas del edificio. Donde se preparaban alumnos de bachillerato, para examinarse por libre en el Instituto de San Isidro.

A la vez que era criado el niño, las dos parejas se trasladaron a vivir a la zona del Retiro.

Adquirieron sus primeros coches, los mayores un Seat Seiscientos y lo jóvenes un deportivo Mini Cupe rojo, con el techo blanco.

Al pequeño que le costaba aprender y tenía dificultad para hablar, le dieron una educación similar al resto de los niños de su época.

Su madre para hacerle dormir le contaba historias de Baeza y de su devoción al Nazareno.

Una tarde el niño jugaba en su habitación, realizando la ceremonia del “Encuentro del Paso”, con soldaditos de plástico.

La familia seguía acudiendo a la parroquia de Santa María del Pozo, situada en las frías dependencias de un centro de formación profesional, regido por la Compañía de Jesús.

Tras la misa del domingo, la tía le comento al padre Ramon Prieto, la historia de las figuritas y el niño. Este que era además tallista y maestro de ebanistería, realizó para el chaval en miniatura las imágenes articuladas: de Jesús Nazareno, la Santa Mujer Verónica, San Juan y la Virgen María.

Esos fueron los mejores Reyes Magos en la vida del pequeño, con los que continuamente recreaba el “encuentro”.

La política irrumpió de nuevo en sus vidas, en las iglesias de los barrios el partido se organizó en la clandestinidad y nacieron las Comisiones Obreras.

Con la llegada de la democracia, comenzaron a participar en los actos políticos, al chiquillo le atraía y comprendía lo dicho en los mítines.

El Partido Comunista fue legalizado y nuestro joven comenzó a repartir el Mundo Obrero, por las casas de Vallecas, pese a la oposición de su madre, pero a su progenitor le gustaba ver como su hijo era capaz de defenderse solo.

Al año siguiente ya nada les impedía participar en su Semana Santa, regresaron a su tierra para sorpresa de sus paisanos, al ver como el tío seguía con vida.

El Viernes Santo los dos hombres se Vistieron la túnica de su hermandad, para acompañar a Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Durante el “Encuentro la madre le contó a su hijo, quien era su abuelo, pero el niño no la hizo caso, estaba absorto dirigiendo la “Ceremonia del Paso”.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Una vez finalizada la procesión, comieron en “Casa Juanito”, donde también estaba el resto de la familia materna. A los postres el nieto se acercó a sus ascendientes biológicos, para regalarles una revista del comité central del PCE, a la vez que le daba dos besos a su abuela.

Dentro de la bandolera del muchacho, se veía para sorpresa de la madre, la portada de Interviú donde aparecía Marisol desnuda.

Al salir del restaurante en la gasolinera, los dos cuñados se encontraron frente a frente, para estupor del exfalangista y a hora demócrata de toda la vida. Cuando el otro le coloco el dedo anular en la sien, martilleando el pulgar como si fuera el gatillo de una pistola, mientras le decía:

“Tenías que haberme rematado, en la fosa del cementerio.

Pues yo hubiera muerto por mis ideas, pero jamás hubiera matado por ellas.

 Ahora tu hija, es mi hija y tu único nieto, es mi nieto”.


[1] Canción Desde mi Libertad compuesta por Danilo Vaona y Víctor Manuel S. José Sánchez

El secuestro del Cristo de la Caída.

El Lunes Santo a las siete de la mañana, los paseíllos del Ejido se encontraban llenos, de unidades móviles de televisión. Canal Sur cubría la información, con los periodistas Fran López de Paz y Enrique Romero.

Foto: Ginés Vera Contreras.

A las doce de la noche, encapuchados con ametralladoras, habían cortado los abscesos al convento de la Magdalena, atemorizando en la Plaza de la Caída, a los más infatigables que como cada año, regresaban de la espectacular chicotá, de la Oración en el Huerto en la calle de la Imagen.

La puerta de la iglesia fue reventada con explosivo plástico. Franqueando la entrada de los asaltantes, que mientras uno vigilaba, dos liberaban al Cristo de la Caída de sus anclajes y otro desde la atalaya del paso lo entregaba, a sus captores en el suelo.

En dos furgonetas a gran velocidad, huían los delincuentes con dirección a Ibros, en la primera de ellas partía el Nazareno.

El teléfono de la Casa Cuartel de la Guardia Civil en ese instante, comenzó a recibir multitud de llamadas, denunciando los hechos. El veterano capitán comandante del puesto, ordenó a las patrullas vigilar todas las carreteras y los innumerables caminos.

A la vez avisó al Grupo de Investigación Judicial, para que comenzaran con las pesquisas.

Las furgonetas circulaban a gran velocidad por la avenida de Andalucía. Perseguidas por un coche de la Policía Municipal que, en el cruce con la calle del Aceitunero, fue ametrallado estrellándose en la fachada de las viviendas, sin consecuencias personales.

Andalucía Televisión a la una de la madrugada, retrasmitía la llegada a su templo de la Estrella de Triana y la Amargura de Sevilla, junto con el Huerto en Málaga. Cuando de pronto, apareció el asalto a una iglesia, en el que un Cristo Postrado en el suelo, por el peso de su Cruz, era robado.

Una voz de fondo, pedía la excarcelación de los miembros del Frente Marxista de Liberación de la Loma, detenidos por las carreras en la “Madruga” de Jaén el año anterior, donde se produjo la muerte por infarto de una persona mayor.

El ministro del interior a las dos de la mañana, se pone en contacto con el director del Instituto Benemérito, para comunicarle, la prioridad del caso, debido a la presión mediática.

El General siguiendo la cadena de mando informa al comandante de Jaén, quien a su vez contacta con la Jueza instructora y el fiscal asignado al caso.

Al estar Bevilacqua y Chamorro[1] pareja estrella de la UDECO, destinados en misión internacional, continuo con la investigación la teniente Lechuga, titulada en psicología, su compañera la sargento Fina Pérez historiadora del arte y el cabo Juan Sánchez exseminarista, vestidor de muchas Dolorosas de la localidad. Los tres naturales de Baeza.

El F.M.L.L. eran un grupo de frikis asamblearios de la provincia que, captaban a sus componentes en los institutos, atravez de juegos de rol y simulaciones de actos guerrilleros, con armamento de bolas de pintura. Muchos de ellos piratas informáticos.

Con el menudeo de drogas en los macro botellones de Jaén y Granada, conseguían su financiación.

A las dos y media un correo electrónico en el teléfono de la teniente, decía:

“Ella aparecerá en el primer hogar de Él”

No tardaron mucho en descifrar el enigma, pues “Ella” era la Virgen del Carmen, que se apareció en el siglo XII a San Simón Stock superior Carmelita. Y el primer hogar del Cristo fue el colegio de San Basilio, donde hoy está la Escuela de Oficios.

Al subir al vehiculó camuflado, para sorpresa de la teniente, “Miradas que piden bises” de Alis, sonaba en el equipo de música, por lo que esta protesto:

Estamos en Semana Santa, han secuestrado una talla y no me torturáis con marchas de tambores, ni quemando incienso en la oficina.

Sus dos subordinados respondieron al unisonó, irónicamente:

No queríamos dejarnos influir en la investigación, por agentes contaminantes, de tipo personal.

En el recibidor de la Escuela de Oficios, encontraron una pequeña imagen de Nuestra Señora, dentro de una urna, de las usadas para darle culto en las casas. En el reverso de la insignia del Carmelo, se podía leer:

“Él nunca vivió allí, fue llevado para morir.

Su Cuerpo lo robaron para enterrarlo en otro lugar.

Desde donde mucho tiempo después, trajeron su índice derecho y una pierna completa.

Para hacerle un mausoleo.”

Estaban jugando con ellos, moviéndolos de un sitio a otro, para distraer la investigación. Con otra sencilla adivinanza.

El siguiente objetivo era el cenobio carmelita de Úbeda, pues San Juan de la Cruz de viaje por Andalucía enfermó, siendo llevado a la vecina ciudad, para a los pocos días morir.

Su cuerpo fue robado y llevado a Segovia, donde está enterrado.

Tras mucho pleitear los ubetenses, se conformaron con una pierna y un dedo de las reliquias.

Decidieron pasar por la Casa Cuartel para cambiar la ropa del Domingo de Ramos, por vaqueros, deportivas y el forro polar verde de la “empresa”, con su correspondiente Guardia Civil impreso en la espalda, en grandes letras amarillas y su escudo en el pecho.

Después entraron en su departamento, estudiaron detenidamente los hechos. Con paso firme, mirada al frente decidieron investigar, la capilla de la Cofradía de las Animas, en el Santuario de la Yedra y la Iglesia de San Pablo.

Pues todas las pistas, conducían a lugares relacionados con el fervor a la Virgen del Carmen.

En los cuatro kilómetros de recorrido, la teniente mientras escuchaba “Ana de Supersubmarina”, sonrió pensando en su festivo pasado.

Al llegar dejaron el todo terreno en la cercanía de la iglesia, en medio de un olivar, para no despertar sospechas.  

Desde una distancia prudenciar vieron como dos encapuchados, entraban en el templo.

Inmediatamente pidieron refuerzos, para realizar un seguimiento.

Los sospechosos les condujeron hasta un Cortijo abandonado, próximo al convento de San Buena Ventura.

¡Bingo los tenían ¡

Al amanecer el lugar es rodeado, a la espera de la llegada del Grupo de Acción Rápida.

En el interior de un cobertizo, Jesús de la Caída es fotografiado.

En ese momento la operación recibe el nombre de “Tornero”, excelente fotógrafo que en los años setenta y ochenta, realizó espectaculares carteles de Semana Santa.

Mientras esperan nuevos acontecimientos, deciden desayunar tostadas con aceite y tomate picado, acompañadas de aceitunas machacadas y un café doble, en el Bar de Manoli Callejas.

Desde donde solicitan que las cámaras del santuario, reproduzcan las imágenes del día anterior, para poder entrar al templo sin ser vistos.

Tras recuperar fuerzas, informan a su comandante y piden a la jueza la orden judicial, para irrumpir en la granja.

Cuando llegaron al convento de Úbeda, les entro un nuevo correo:

“Estáis un poco lentos, si no aceleráis la imagen será quemada”.

En la inspección de la tumba, encontraron una escueta nota.

“Donde el místico se encontraba a gusto y feliz”.

En esta ocasión les conducían al convento carmelita de Beas de Segura.

El santo gustaba de pasar temporadas en la serranía, durante su estancia de tres años en Baeza, junto a su amiga la Madre Ana de Jesús, la gran conseguidora de recursos materiales de la orden. Fue ella quien consiguió el dinero, para que San Juan de la Cruz fundara el baezano Colegio Universitario de San Basilio.

Con la intención de ganar tiempo, enviaron a tres compañeros.

De regreso al cuartel escuchando «Te vi de José Pedro Jiménez», la teniente comento irónicamente:

Estamos un poco “bambollas”[2], ¿queda algún grupo o cantante más de “Baeça”?

Al medio día los GAR, tomaban posiciones alrededor de la huerta, mientras los raptores hacían una pira con madera de olivo.

En las televisiones y ordenadores del cuartel seguían atentamente, la retrasmisión efectuada en directo por los raptores, en que se veía a tres agentes entrando en el templo de Beas.  

En esta ocasión había una advertencia y un enigma.

Si no cumplís solo habrá astillas.

Partir como Animas del Carmen, en busca del salvoconducto para el cielo, donde debería estar el Cristo Quemado.”

De nuevo la clave era sencilla, como ya habían adivinado anteriormente, se trataba del Santuario de la Yedra.

Donde se encuentra una imagen de la Virgen del Carmen, solícita mediadora ante su hijo, para que los portadores del escapulario carmelita en el purgatorio, puedan acceder al cielo.

A demás en esos días el Crucificado Negro, estaba en el convento de San Francisco de Baeza para ser procesionado.

Con los últimos rayos del sol, los investigadores siguieron las pistas, entrando en el templo de la pedanía, para no despertar sospechas y ganar tiempo.

Momento que aprovecharon, para cerrar los caminos alrededor de la huerta.

Cuando los secuestradores subieron a la Caída en la pira, dejándola sin custodia, los vigilantes del perímetro fueron reducidos en silencio y se estrechó el cerco policial, reduciéndolo a la casa de la granja.

Comenzaba el juego psicológico, para conseguir la rendición sin disparos de los secuestradores. Al no tener con que presionar, su rendición solo era cuestión de tiempo.

Produciéndose la entrega incondicional, a primeras horas de la madrugada.

Ese Miércoles Santo, cuando Jesús de la Caída salió de su templo desnudo, en el más profundo y respetuoso silencio, todo su pueblo caminaba tras el “Señor de Baeza” y junto a nuestra Señora de Gracia y Esperanza.

Foto: Ginés Vera Contreras.

En presidencia el Obispo de la Diócesis de Jaén, autoridades civiles y militares.

El silencio se rompía, estallando en aplausos al paso de tres baezanos, miembros de la institución benemérita, como reconocimiento por haber encontrado al Nazareno.

Al llegar Nuestro Padre Jesús de la Caída, a la lonja de la Catedral, toda Baeza en la Plaza de Santa María comenzó a cantar, con emoción:

“Fuiste nido enhiesto gigante

Que de los bravos guerreros que ayer

noble sangre por Cristo donaron,

como riego fecundo de fe.

[ …] “ [3]


[1] Este relato es un tributo a Lorenzo Sirva, por los buenos ratos de lectura vividos, gracias al de Getafe.

[2] Es como son conocidos en la Comarca de la Loma los baezanos.

[3] Himno de Baeza.

EL RESCATE Y EL NIÑO CANTOR DE LOS DESCALZOS.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Al final de la calle conocida como de la Puerta, vivía un carpintero, ebanista y sillero, requerido a menudo por los frailes del cercano cenobio, para el mantenimiento del convento de la Trinidad Reformada. Debido a su calidad como artesano, realizó muebles en caoba para la iglesia de los Descalzos.

Por el taller correteaba su hijo Benito de siete años. Tras su sonrisa dos grandes paletas. Las pecas de sus mejillas, sujetaban una mirada verde esperanza algo picara. Su rostro estaba enmarcado por una rubia melena.

El maestro intentaba sin mucho éxito formarle en el oficio. El chavar se pasaba el día cantando. Llenando de alegría la jornada de los trabajadores, mientras barría el taller como castigo, su patriarca le escuchaba intentando disimular su orgullo.

Por las tardes el barrio se congregaba para disfrutar, con el ensayo de los niños del coro dirigido por fray Sebastián. Que los domingos en misa del alba, exaltaba al Cautivo.

Foto: Ginés Vera Contreras.

La dificultad de aprender a cantar en latín, era amenizada por el fraile con historias de la congregación. Entre anécdotas y sucedidos el hermano además aprovechaba para instruirles en la lectura, escritura y las cuatro reglas.

En una ocasión los discípulos, quedaron ensimismados cuando el maestro, les dio a leer el siguiente testo:

“[…] no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas, vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas, vamos a la ciudad de Segovia, acompañando un cuerpo muerto que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado, y ahora como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia, de donde era natural…”

Al finar de la lectura, les dijo: “estas letras forman parte del “Quijote”, la mejor obra de la literatura universal. Escrita por el insigne y sin par Don Miguel de Cervantes y Saavedra. Del que recibe esta plaza su nombre.

El literato en su juventud, estuvo al servicio del rey, luchando contra los turcos, quedando impedido de una mano. Siendo conocido desde entonces como el Manco de Lepanto. Una vez finalizada la Guerra, vivió varios años en Italia.

De regreso a España, le capturaron los piratas, quienes le llevaron a Oran, para ser vendido como esclavo. Tras varios intentos de fuga, el soberano del lugar, lo compró para su servicio por 500 escudos, al ser una persona formada.

Fue liberado junto con 186 cautivos más, por Juan Gil y Juan de la Bella redentor de la provincia de Andalucía y ministro en este convento de Baeza. La madre del novelista había entregado 250 escudos, a los frailes para la liberación de su hijo, cantidad insuficiente al pedir el rey el coste de compra, para su liberación. Dinero conseguido por los Descalzos en tierras de Alger con la venta de bellas y ricas telas elaboradas en Valencia”.

La Semana Santa se acercaba y nuestro protagonista, en una fría mañana de finales de Cuaresma, entro en el templo para rezar a Nuestro Padre Jesús, mientras era observado por fray Sebastián que, decía:

“Los Trinitarios Reformados veneramos a Cristo, en el momento de su Presentación al Pueblo. En hermandades de penitencia para darle culto y procesionarlo.

Como la nuestra del “Rescate”, de la que tu abuelo te hizo miembro al nacer, convirtiéndote en hermano de cuna.

Todo comenzó en 1614 cuando España conquistó la ciudad de Mámora (en el actuar Marruecos), para la cristiandad, dándole el nombre de San Miguel de Ultramar. Y Donde Cristóbal de Rojas construyó el fuerte de San Felipe.

Donde los frailes menores Capuchinos, llevaron una talla de Jesús Preso, obra de Juan de Mesa o de algún miembro del taller.

Tras numerosos asedios en 1681 la población, pasa a manos del sultán Muley Ismail.

Durante el saqueo los infieles, arrastraron la imagen por las calles vejándola y mal tratándola.

Hechos vividos por nuestros hermanos que, ofrecieron al impío reyezuelo el peso de la hechura en oro, para liberarla de su cautiverio.

La talla fue puesta sobre una balanza, quedando está en equilibrio con unas pocas monedas de oro.

El monarca altamente decepcionado por el rescate, entrego a Jesús Cautivo para ser trasladado a Madrid, donde recibe culto con el nombre de Medinaceli.

Desde ese momento luce el escapulario con la cruz roja y azul sobre su pecho, como todos los rehenes protegidos por los Descalzos”.

Al finalizar la narración el pequeño preguntó: “¿por eso nuestra hermandad libera un preso?, todos los años”.

El monje, afirmó con la cabeza, mientras sonreía abiertamente.

Días después en el templo los niños jugaban con espadas de madera, encabezados por Benito que daba la siguiente consigna:

“La Orden de los Doscientos Ballesteros de Nuestro Señor Santiago, debe acudir a liberar al Señor del Rescate, de manos impuras”.

Fray Cristóbal frenó aquella turba, sacando del templo al hijo del carpintero, cogido de una oreja.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Los muchachos iban a hacer la Primera Comunión en primavera. Estaban siendo iniciados en la doctrina por el hermano que, les había impedido tomar el altar mayor a la carrera, quien comenzó el estudio del día con la siguiente enseñanza:

“Los Trinitarios reformados, retornaron a la austeridad por el camino de la pobreza. Esto les enfrentó a los Calzados, erradicados conventualmente en el barrio del Ejido. Y que, se opusieron firmemente al asentamiento de los Descalzos, en nuestra Ciudad de Baeza.

Dominicos con su inquisición. Los mendicantes de San Francisco e incluso los Mercedarios que también redimían cautivos, se resistieron a nuestro establecimiento en esta localidad, al igual que en toda España.

Llegando el obispo de Jaén a negar la construcción del cenobio, donde nos encontramos, alegando el abandono por nuestra parte, de los votos de San Agustín.

Pero gracias al apoyo del Rey Felipe II y su hijo asesorado por el Duque de Lerma, este convento y su impresionante iglesia barroca, de planta hexagonal existen”.

Caía la noche del Jueves Santo, sobre el cielo la Luna llena de Nisán, anunciaba la Pasión del Hombre. Y una gran bulla, esperaba la salida de Nuestro Padre Jesús del Rescate.

Al pisar el Cautivo la calle, de un barcón brotó la voz del niño de Pio “el Sillero”, haciendo llorar de emoción a los asistentes, con su copla, dardo convertido en saeta:

Tú eres mi amparo y mi guía,

mi dueño y mi creador,

mi consuelo y mi alegría,

mi Padre, mi Redentor

y única esperanza mía.

Letra de Saeta Penetrante de Fray Diego de Cádiz SXVIII.

El chiquillo que llegó a ser un cantaor de éxito, nunca falto a su cita con “Jesús Preso”. Siendo enterrado a su muerte con la túnica de penitencia del Rescate, su hermandad. Sobre su pecho el escapulario trinitario heredado de fray Sebastián y entre sus manos el rosario del hermano Cristóbal.

El momento en que pudiera suceder esta historia, bien podría ser principios del siglo XX, cuando ya los descalzos habían abandonado nuestra ciudad. Pero consiéntanme esa licencia, para poder hacer este relato.


Foto: Ginés Vera Contreras.

Siempre, el Nazareno de la Vera Cruz.

A todos aquellos que viven su Semana Santa en la lejanía.

Puede ser una imagen de una o varias personas y texto

Entre los recuerdos de mi familia, destacan los relacionados con un Nazareno de rostro sereno. Que camina ciñendo, por amor su destino final, la Cruz.

Con acontecidos curiosos, algunos divertidos, incluso escatológicos, pero nunca irreverentes.

Devoción trasmitida de padres a hijos sucesivamente.

Agustina mi abuela era una mujer de genio y figura, como su tocaya la de Aragón. En su época sobresalía, por su metro setenta y cinco de estatura.

Que vio morir a su hija, la tía Micaela para toda la familia es el retrato en sepia, de una alegre niña de tres años. Luego tendría cuatro hijos más.

A finales de los cuarenta fallece el abuelo Benito. Ante estas dos circunstancias, mi “lela” reza al Nazareno pidiéndole, un Cirineo para aligerar su carga. Él, se lo concedió a través de sus maravillosos, críos.  Que como en el poema de Miguel Hernández el Niño Yuntero:

“…

Contar sus años no sabe

Y ya sabe que el sudor

Es una corona grave

De sal para el labrador.

…”

En sus últimos días la memoria empezó a fallarle, dejando de reconocer a los más queridos. Pero parecía conservarla cuando se emocionaba, al ver a Nuestro Padre Jesús en video.

Debido a una hepatitis curada siendo pequeño, en reposo, con dieta blanda e inyecciones muy dolorosas. Soy el único de mi familia que duerme a oscuras.

Puede ser una imagen de 1 persona y texto que dice "BAEZA SANTA SEMANA 1973"
foto: Tornero

Pues mi madre, puso el Cartel de la Semana Santa de 1973 en mi habitación, para que rezara al Señor. Y no fueran necesarios más pinchazos, ni análisis de sangre. Desde entonces al ver una aguja, tengo sudores fríos.

Por la noche no dormía, al ver los perfectos dientes blancos de Cristo que, se parecían a las dentaduras postizas de mis abuelos. Pero, sobre todo me dolían las sienes, al ver su Corona de Espinas.

Mi hermana con dos años, no entraba en mi habitación, decía que “Jesús tenía Sangre.”

Una noche cerré la puerta, baje la persiana, apague la luz y dormí a oscuras. Él estaba junto a mí, para protegerme y curarme.

Claro esta algo tendría que ver también, los cuidados de mis padres.

¡Que ricos! estaban los bocadillos de jamón de york y pan tostado, con zumo de uva, para desayunar en la cama.

En un sillón de la salita, estaba la abuela Antonia, junto a su hijo Jerónimo. Ginés Vera Ruiz tenía a su nieta Toñi en brazos, sentado en una silla. Mientras Paqui mi madre impedía que, yo me empachara comiendo, las torrijas elaboradas magistralmente por mis dos progenitores.

Era el Viernes Santo de 1975, en la gris pantalla de la tele aparecía el Arco de Villalar, el de Jaén, la fuente de los Leones con la Dama Imilce, el bello edificio del Populo y los paisanos bien arreglados. Pero mi abuelo que era un excelente maestro cantero, se fijaba, en el edificio de la Carnecería, en cuyo traslado había trabajado.

Foto: Ginés Vera Contreras.

En la actualidad al pasear por Baeza, acaricio muchas de sus labores, para sentirlo a mi lado.

De esa tarde recuerdo su porte de galán, de comedia romántica de Hollywood, en blanco y negro. Mientras lloraba, sin moverse, en silencio, al paso de su Cristo de la Vera Cruz, del que fue hermano.

El año de mi comunión no andaba nada bien, estaba escayolado y de nuevo guardaba reposo, para llegar sin el yeso, a la cita con Jesús. Mi padre de muy mal humor se arreglaba, para ir a ver al Cautivo de Medinaceli.

De pronto decidió que nos íbamos a “la Madruga. Desde el interior de un Renault 8, “a la Aurora de la mañana” contemplé al Nazareno. No sería la última vez, a lo largo del tiempo en más ocasiones, viajaríamos de improvisto, para asistir a su procesión.

Estando en Chinchón, para ver la Pasión de Jesús, con mis tíos Pepe y Mariqui, junto con sus hijos, la fría espera se hacía larga. Mi prima en modo repelente, preguntaba sobre la reproducción sexual de las flores. Cuando de pronto surgió la gran frase.

¡A Baeza!

Nos marchamos corriendo del pueblo del anís. Sin ver la representación teatral, de la Muerte de Cristo. Los ocho en el nuevo Citroën GS de mi progenitor, pasamos por Vallecas para coger ropa. Y allá que nos fuimos estrechos, pero felices y contentos.

En Ibros un olor pestilente impregnaba el ambiente. Cuando dejamos atrás la fábrica de aceite, este se acentuó extraordinariamente, abrimos los cristales sin conseguir la mejora deseada.

José Miguel un niño muy guapo, saltaba de alegría por estar llegando. Su madre hacia escasos días, le había quitado los pañales y él, esa noche nos llenó de una sustancia blanda, pero tangible.

Nos ocultamos de la Luna Llena de Nisán, para cambiarnos de ropa y lavarnos, bajo los muros de la Plaza de Toros. Y así poder disfrutar de nuestra devoción en su recorrido.

Desayunamos churros bañados en azúcar, acompañados de manzanilla en la plaza. Mi padre me dio anís “bautizado con un chorro de agua del rio Jordán, que era el jarro del mostrador”[1]. Para combatir el relente de la mañana.

El siguiente año el Jueves por la noche, estábamos organizando una excursión a Segovia, cuando mi madre propuso que viajáramos a Baeza.

Acompañados de dos familias, de nuevo cogíamos la carretera de Andalucía. Para ver a Nuestro Nazareno, a los acordes de Nuestro Padre Jesús, en la Puerta de Úbeda. Que orgullosos estábamos, al compartir ese momento con nuestros amigos.

Foto: Ginés Vera.

Paso el tiempo y nos hicimos hermanos de la Santa Cena, cuando el Cristo del Amor aún, no residía en la Catedral. Poco después compramos el piso en Baeza. Haciéndonos fijos de nuestra tierra, los fines de semana, festivos y vacaciones.

Trabajamos en la cofradía, para conseguir los apóstoles, el paso de misterio, sufriendo todas las vicisitudes hasta llegar a la primera salida. Hicimos las capas, capirotes y cinturones, de las túnicas de los penitentes, en el taller de costura de mi tía, en Vallecas.

Con la venida de la Virgen, vendimos casa por casa Lotería de Navidad, a los paisanos. Colaborábamos en las casetas y poco a poco, con el resto de los hermanos, conseguimos la canastilla y varales, para la Señora.

La hermandad fue intervenida, cuando mis progenitores estaban empadronados en Baeza. Muchos hermanos ven en mi padre, la persona adecuada para salir de esa situación, proponiéndolo como hermano mayor. Él con sesenta y seis años acepto el reto, comprometiéndose a darle a la cofradía la estabilidad necesaria, para procesionar a la Virgen, “su niña”.

Había mucho hecho, pero quedaba otro tanto por hacer, finalizar el palio, la candelería, las trabajaderas, el manto, la cuadrilla de costaleras. Con la excusa de cobrar las cuotas, visito a todos los hermanos, para implicarlos en el trabajo de la congregación.

Un buen grupo de cofrades compartió la responsabilidad y los méritos. Para en quince meses, viniendo de donde se venía. Conseguir procesionar por primera vez, el Domingo de Ramos de 2008 a María Santísima de la Paz, Caridad y Madre de la Iglesia.

No fue fácil algunos hermanos, intentaron hacer fracasar el empeño. Los mismos que habían llevado a la hermandad a ser intervenida por el obispado.

Pero aquel Domingo, en el Primero de Nuestros Templos se respiraba ilusión, alegría, pero sobre todo “Amor y Paz”.

Cartel: Juan López Jiménez .

Al llegar a Santa Cruz, esperaba la decana de nuestras cofradías, para recibir a la más reciente, en su casa.  El hermano mayor de la Cena, llevaba ante su Nazareno de la Vera Cruz, a la “Señora de la Catedral”. Con su mujer arreglada de mantilla. Junto al paso sus nietas vestidas de costaleras, al cuidado de su hija. En las trabajaderas del paso, iba yo.

Era una tarde de calor asfixiante, con toda la candelería encendida, en la parihuela yo no sentía ahogo o cansancio, ni el peso sobre mis hombros, iba eufórico y emocionado.

Foto: Cristóbal Tornero.

Cuando al tercero de martillo, se respondió “Cielo” y con paso costalero subimos al pórtico del templo románico. Desde donde la Madre, de rostro moreno como la canela, pudo saludar a su Hijo. Él, con su Cruz, se hacía presente al fondo entre claros y oscuros, en la nave lateral de la capilla.

Foto: Ginés Vera.

Al arriar el paso, a través de los respiraderos, miré al penitente de la Santa Cena, que había en la puerta. Bajo el antifaz, los ojos de mi padre delataban alegría, estaba sonriendo con la satisfacción, del trabajo bien hecho.

Pues de nuevo se encontraba en esa plaza con su familia. En esta ocasión, como componente de la hermandad que, presidida por Jesús del Amor en su Ultima Cena, agasajaba a Nuestro Padre Jesús de la Vera Cruz y a la Virgen de la Aurora.

Foto: Ginés Vera.

[1] Copiado a mi aire, de Napoleón en Fuencarral de Benito Pérez Galdós

La leyenda de una talla.

¿El Cristo de la Yedra y de la Vera Cruz?

Imagen del antiguo Cristo de la Yedra.
Redes sociales.

El fraile dominico se encaminó a tierras de la Loma, para predicar en el Santo Reino de Jaén. Acompañado de un fiel amigo, discípulo y familiar, también religioso.

Juntos habían recorrido Europa, llevando las enseñanzas de Vicente Ferrer. Los viajes fueron aprovechados por el clérigo, para aprender el arte de la imaginería, su gran pasión.

En todas las iglesias había imágenes, donde estudiar la definición, el trazo de la gubia y el detalle de esta sobre la madera. El modo de policromar, para acentuar los rasgos de la hechura, utilizando las sombras y el color. Aprendiendo a ubicar cada músculo, según la posición del cuerpo o gesto de la cara.

Los dos religiosos al llegar a Baeza, fueron albergados hospitalariamente, en el convento franciscano, situado fuera de las murallas de la ciudad, en un arrabal frente a la puerta de Úbeda. Ubicación elegida por la orden, para estar junto a los más humildes, debido a su sentido piadoso y austero. 

Foto de la Puerta de Úbeda en Baeza.
Ginés Vera.

Al día siguiente, se organizó una procesión. Un tambor de parche flojo, anunciaba el paso de la Cruz. Seguida por los monjes con sus hábitos de lana gris, ceñidos mediante un cíngulo, con cinco nudos, en recuerdo de las llagas del señor. Cubiertos por sus capuchas y descalzos, de acuerdo con el mandato de Jesús, a sus apóstoles: “no llevéis sandalias”.

Rezaban del siguiente modo:

“Señor, ten piedad /Cristo, ten piedad / Señor, ten piedad. / Cristo, óyenos. /…”

Tras ellos una multitud de promesas, portando velas en las manos, se unían a la oración:

“Padre nuestro que estás en el cielo, /santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; / hágase tu voluntad / en la tierra como en el cielo. / …”

Después los disciplinantes con sus túnicas, fijadas a la cintura y el dorso desnudo, se laceraban con sus látigos. Sobre las blancas vestiduras, destacaba la sangre roja. Limpiada con una esponja empapada en vinagre, para evitar la corrupción de los desgarros, en la carne.

Precedido de penitentes, con grandes cadenas en sus pies, dentro de un pequeño relicario, procesionaba Lignum Crucis de Cristo. Junto a la reliquia de la Cruz, iban el fraile valenciano y el imaginero.

Foto del Púlpito de la Catedral de Baeza.
Ginés Vera.

En la Santa Iglesia Catedral durante la misa, Vicente Ferrer subió al púlpito, extendió el dedo índice de su mano derecha hacia el cielo, mientras en su sermón advertía del fin del mundo, citando el “Apocalipsis de San Juan”, “Libro de la Revelaciones”:

“Después de esto vi bajar del cielo a otro Ángel, que tenía gran poder, y la tierra quedó iluminada con su resplandor. Gritó con potente voz diciendo: «¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y detestables. Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones, y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.». Luego oí otra voz que decía desde el cielo: «Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas. Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades.”

Continuando con la narración de las palabras del Señor, recogidas por su amado Discípulo, en los Nuevos Evangelios:

“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. Él que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”.

 (San Juan 6, 53 – 56).

Finalizando con la siguiente flexión:

La primera cosa o maravilla que yo fallo en el santo sacramento del altares mutación sustancial [… ] El segundo secreto e maravilla de este tan alto sacramento es operación sacerdotal […] esto es, que por la su palabra se faze aquesta mutación […] La tercera maravilla e secreto de este sacramento es habitafión sacramental. Esto es que Ihesú Christo viene e entra en la hostia tan grande como fue crucificado”.

Sin duda era la predicación de un hombre santo, realizada en latín, griego o valenciano y escuchada por los asistentes, en su lengua madre, castellano o romance andalusí.

Tras el servicio religioso, los frailes retornaron en silencio al convento. Donde fray Vicente, sugirió al prior la formación de una cofradía, para organizar procesiones de Semana Santa. Rogativas y cortejos en acción de gracia.

Esta congregación educaría religiosamente al vulgo. Garantizando a sus miembros un entierro digno. El sacerdote e imaginero, daría forma a una hechura de Cristo Muerto en la Cruz que, sería la imagen titular.

Se debería dar protección a los niños desamparados. Teniendo como referencia el colegio residencia, fundado en Valencia por sus seguidores.

Para disgusto de los frailes, pero sobre todo de sus fieles Ferrer abandonó Baeza, debido a sus innumerables obligaciones. Quedando para continuar su obra su fiel colaborador que, cansado de tanto viaje, había decidido vivir en la ciudad.

Instalándose en una pequeña casa de una planta, con tan solo dos dependencias, en la calle del Bardar. A la entrada había una estancia amplia y bien iluminada. Donde situó su taller, en el que destacaba la imagen del Crucificado, realizado para la Cofradía de la Vera Cruz, de Villa Carrillo.

Foto publicada en redes sociales, por la Real Archicofradía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz de Villacarrillo .

Al fondo en una estantería, los escritos de su mentor, e incunables conseguidos en sus viajes, junto a “La Biblia” en griego.

El humilde domicilio era calentado por una chimenea, junto a ella se encontraba la cama. A su lado una mesa donde comer y dibujar, los modelos que luego mediante el tallado, eran llevados a la madera.

Junto a la puerta de entrada a su izquierda, desde una ventana se veía una pequeña habitación. La pared del fondo estaba cubierta, por una cortina roja, coronada con un dosel del mismo color. Debajo había una cruz de madera desnuda de grandes dimensiones, rodeada de cuatro candelabros. Y en el centro para rezar un reclinatorio.

Sobre el resto de las paredes encaladas en blanco, colgaban cartelas de madera policromada, con detalles de marfil, con las estaciones del Vía Crucis, realizadas por el sacerdote.

Él imaginero estaba esculpiendo otra imagen de Jesús muerto en la Cruz, destinada a presidir el pequeño oratorio. Y sin estar terminada, despertaba la admiración de los baezanos, al ver transformarse la madera en el rostro, de Dios Hijo.

Pronto la hechura comenzó a tener fama de conseguidora, pues otorgaba todo lo que se le pedía, atribuyéndole innumerables milagros.

Actual Cristo de la Vera Cruz de Baeza
Ginés Vera..

Por este hecho el religioso cedía su obra predilecta, para que fuera procesionada por dos grupos de devotos, surgidos en el seno del convento franciscano. Uno procesionaba en Vía Crucis la tarde del Jueves Santo, recorriendo siete templos de la Ciudad.

Mientras el otro grupo hacia rogativas al Santuario de la Yedra, donde también veneraban a la imagen de Nuestra Señora del Rosell.

Una noche de verano, la ventana del altar quedo abierta y un golpe de aire, tiro los candelabros sobre la cortina, que prendió con facilidad. Los vecinos intentaron apagar el incendio, pero fue inútil este convirtió la casa en cenizas.

Dentro encontraron muerto al sacerdote. Pero un milagro se había producido, Cristo estaba intacto, tan solo su epidermis, había oscurecido a causa del humo.

La imagen tras los acontecimientos y por disposición testamentaria del fallecido, fue trasladada al altar mayor del templo franciscano, donde era venerada con gran devoción.

Durante siglos, esta imagen fue el Señor de la Yedra, hasta su desaparición a comienzos del siglo XX. Devoción extendida por los frailes en Andalucía.

Imagen actual Cristo de la Yedra. Esther Sánchez Olivera.

Nota: Este relato intenta ser todo lo riguroso que, se le puede pedir a una narración histórica. Donde el autor puede inventar, a su gusto todo lo desconocido, como es el caso.

HISTORIAS DE MUJERES EN LA SEMANA SANTA.

El pasado 28 de junio publiqué el artículo, “La mujer en la Semana Santa”. Y desde el principio alrededor suyo se comenzaron a compartir historias, anécdotas y vivencias. Donde siempre las protagonistas eran ellas. Comentarios que, en muchas ocasiones surgían de los hombres, con mucho respeto y admiración.

Para mí, fue uno de los momentos más bellos desde que comencé a publicar estos escritos. Seguramente para definir ese instante, no exista una manera mejor que, citar al maestro Juan Manuel Serrat:

“Son aquellas pequeñas cosas

Que nos dejó un tiempo de rosas

En un rincón

O en un cajón.

En un papel

De estos comentarios ya nació otro texto sobre “las Escuelas”. Y en este mes de marzo, casi un año después, nace este relato dedicado, a todas esas rebeldes e inconformistas, que no aceptaron un papel secundario, en el modo de mostrar su fe. Como la monja y escritora española del Siglo de Oro, Juana Inés de la Cruz que dijo:

“Estudia, arguye y enseña,

y es de la Iglesia servicio,

que no la quiere ignorante

El que racional la hizo”.

««Si de una mujer la ciencia

tiene razones precisas,

mirad, Pedro, que es violencia,

concedidas las premisas,

negarle la consecuencia»«.

Mi madre cuenta que, la cofradía de “la Fervorosa”, tenía una actividad frenética, en los difíciles años de la posguerra, para poder dotar de enseres dignos, a la dolorosa. Ella una niña con apenas diez años, trabajaba de aprendiza en el taller de costura de María Ligero. Pero cada mañana al salir de su casa en la calle Capilla, pasaba por el gabinete de Don Miguel Tallada, en la carretera de Ibros y recogía estampitas de la Virgen, para venderlas por las calles y en el taller a todas las clientas. Conociéndola “debió de pagar ella sola la corona”.

Posteriormente se vistió de penitente en la procesión del “Resucitado”, sin que nadie se diera cuenta de ello. Años después Pepi Rus en el Rescate, hizo lo mismo, pero al finalizar se quitó el capirote y se soltó el pelo, originando comentarios de todo tipo.

Mientras María José Catena lo hacía, con una túnica prestada de la Vera Cruz, a escondidas de su padre, hoy sus hijas, acompañan al Nazareno de la más antigua de nuestras cofradías en libertad. No como la mujer de la historia de Dámaso Chicharro, descubierta en sus filas de penitencia, a finales de los sesenta primeros setenta, cuando todos los hombres, hicieron piña para expulsarla.

Por mentira que, nos pueda parecer hoy en día, las mujeres solo podían vestir el hábito de penitencia de su hermandad cuando fallecían. Para ser enterradas con él.

Otra rebelde fue Maty Cruz quien, a sus diecisiete años, pidió portar al cristo del Rescate en sus primeras salidas a hombros. Se le denegó pues las mujeres, pronto podrían llevar a la Virgen de la Trinidad. Pero ella cabezona quería sacar al Cristo.

Y lo consiguió, al cambiar su puesto llevando la Cruz de Guía en la Procesión General, por el de un amigo portador del trono, mientras otro cómplice se colocaba a su lado, para situarla en su sitio. De este modo lo hizo durante dos años.

Ella después escribió un artículo para el boletín de su hermandad, donde contaba sus vivencias, firmado con sus iniciales y donde decía, haberlo hecho como promesa, a modo de escusa. Pero ella se salió con la suya, ver el cabello del Cristo mecerse desde atrás.

También Cati Perales porto la “Fervorosa” a escondidas. Y posteriormente integraría el primer grupo de mujeres horquilleras de Baeza, al salir de las ruinas de San Francisco, portando a Nuestra Señora de los Dolores, aquella tarde de Viernes Santo de 1991, dejando a todos los asistentes atónitos.

Josefina Marín Rus y Sebi Lozano Moral contaron como la cofradía de “Las Escuelas”. En las primeras salidas de Nuestro Señor de la Misericordia, tenían sumo cuidado al organizar los turnos de portadoras – es, en uno solo de mujeres y otro solo de hombres, a su vez divididos en altos, medianos y bajitos. Este cuidado en una cofradía tan joven, solo suponía responsabilidad para que, nadie pudiera hacer ni la más mínima critica.

Todos estos comentarios han servido, para reafirmarme en mis pensamientos, sobre la mujer en la Semana Santa. Al igual que, las dos siguientes historias, vividas en el seno de mi hermandad.

En la primera no daré nombres por no saber, si a los protagonistas les gustaría, ser citados en público, tantos años después.

A finales del invierno de 1994, en la Santa Iglesia Catedral de Baeza, un grupo de jóvenes, entre ellos había varias compañeras, comenzaron a ensayar. Eran los hermanos costaleros de la Santa Cena que, con la incertidumbre, de no saber aún, si las altas instancias eclesiásticas consentirían, de una vez por todas, la salida de la hermandad.

Pasaron los días, y de aquellos cofrades destinados a portar el trono, comenzó a haber deserciones, de muchos hombres y quedando solo una mujer, el Viernes de Dolores, sin saber aun si se produciría la salida.

El Sábado de Pasión, un grupo de hermanos fue recibido, por don Santiago García Aracil, Obispo de la Diócesis de Jaén. Que dio luz verde a la salida, del paso de Jesús del Amor, integrado en el guion procesional de otra cofradía y con tan solo diez hermanos de “La Cena”, sin habito penitencial. Fue muy de agradecer el rápido acogimiento de “La Columna”. Por fin aquel Miércoles Santo, se producía el hecho tantas veces esperado.

Pero aquel momento de alegría para la cofradía, no lo fue para todos sus hermanos, la única mujer del paso, la misma noche del sábado, fue excluida de poder portar a su titular, sin ningún tipo de explicación. Ante tal hecho solo hubo dos compañeros que, decidieron no salir tampoco, como gesto de solidaridad.

Apenas catorce años después, en el 2008, algunas cosas habían cambiado, si bien la hermandad era la misma, ya no todos los protagonistas lo eran, ni las circunstancias tampoco. Cuando después de diecinueve años de espera, salía en procesión Nuestra Señora de la Paz.

Hecho para el que, la junta de gobierno de ese momento, decidió crear una cuadrilla mixta, de cargadoras, con algunos hombres veteranos del trono del Cristo. Formándose un grupo con muchos vínculos familiares. Al ser compartidas las trabajaderas, por hermanas, matrimonios, madre e hijas y padre e hijas. Este hecho sin duda fue una buena argamasa, conjuntamente con la gran ilusión reinante, para conseguir el resultado final. 

Desde el primer día, se notó la fe, el compromiso y la responsabilidad. Antes de finalizar cada entreno, eran ellas mismas quienes fijaban la próxima fecha de trabajo, lo antes posible en todo momento. Sin necesidad de que el capataz la impusiera.

No admitían el error, cada día había que superarse, hacerlo mejor y un día se dieron cuenta, que su caminal era el bueno, aquel paso era el suyo. Marchando de verdad, siempre con el izquierdo por delante y de costero a costero.

Llegó la procesión y todas fueron a una, la convivencia y la solidaridad les hizo ser compañeras, aguantaron el peso, las horas y el dolor. Disfrutando inmensamente cada momento, de ese día irrepetible.

Gracias compañeras por haberme permitido durante dos años, formar parte de esa cuadrilla.

Miguel García Prados nos decía que: “todas esas locuras, entre comillas, merecen la pena. La sensación y el sentimiento de llevar a tu Cristo, merece la pena…”.

Y finalizare con una célebre frase de Santa Teresa de Jesús:

“Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor”.

Machado, su Saeta, Baeza y un predicador evangélico.

Habían finalizado las clases, en una jornada de principios de marzo, la niebla conocida en el lugar como “maretazo” comenzaba a deshacerse por los efectos de los rayos del sol, reflejados en la torre de la Iglesia de San Juan Evangelista, anexa al instituto de bachillerato Santísima Trinidad, de Baeza. Inmejorable marco renacentista, sede de la antigua universidad. Pero, como todo en la población venido a menos, para llegar a ser una “… ciudad moruna / tras las murallas viejas”[1].

En su interior, el catedrático de francés, según sus alumnos un profesor fácil, pues siempre tendía a subir la nota de manera considerable. Recomponía su “…torpe aliño indumentario”[2], para abandonar el aula apoyado en su eterno compañero, un bastón de mano negro.

Al atravesar el patio, se fijó en la caja de la escalera, donde se encontraba la entrada a la antigua cárcel de estudiantes. Sonrió malévolamente al pensar en encerrar en ella a alguno de sus alumnos.

Al salir a la calle siempre miraba hacia arriba, al original medallón labrado en piedra, de la Santísima Trinidad. Y dirigía sus pasos al Arco del Barbudo, donde irremediablemente le venía a la cabeza:  

[…]

  “cuán presto se va el placer,                  

cómo, después de acordado,                    

da dolor;            

cómo, a nuestro parecer,            

cualquiera tiempo pasado         

fue mejor”[3].

Pues por esa puerta entro el poeta Jorge Manrique, soldado y pariente de los Benavides. Una noche, para intentar conquistar la plaza, acabando por ello en presidio. Exculpándole Isabel la Católica de toda culpa, al ser este familiar de los nobles sublevados y deberles obediencia.

Siguió bajando Don Antonio sumergido en sus pensamientos, por la Cuesta de las Escuelas, atravesó el Paseo, para llegar a su casa. Frente al edificio plateresco de la antigua cárcel y palacio de justicia, sede del ayuntamiento de Baeza, considerado desde hacía poco como Monumento Nacional.

El humilde hogar lo llenaba de calor y amor a Ana Ruiz, quién intentaba sin mucho éxito dar un poco de alegría a la vida de su hijo, sumergido en la ausencia de Leonor. Mimándole y cuidándole, pues seguía siendo su niño pequeño y desprotegido.

Por eso al entrar en casa el poeta, siempre encontraba el reconfortante abrazo y beso de su progenitora. Luego, venía la comodidad de unas gastadas zapatillas y un viejo jersey de lana. Para sentarse en la mesa, a comer el bacalao a la baezana[4] , elaborado por su progenitora con dedicación y esmero.

Mientras él, le recitó con pasión:

“…

¡Tráenos el reino de tu Padre, Cristo,

que es el reino de Dios reino del Hombre!

Danos vida, Jesús, que es llamarada

que calienta y alumbra y que al pábulo

en vasija encerrado se sujeta;

vida que es llama, que en el tiempo vive

y en ondas, como el río, se sucede.

…”

Estos versos, de la Oración final del poema “El Cristo de Velázquez”. Se los había enviado por correo su autor Don Miguel de Unamuno.

Ella, limpiando sus ojos de lágrimas, habló de lo caro que estaba todo en la plaza, para deshacer los nudos de sus gargantas y poder seguir comiendo. Luego cuando la emoción había desaparecido, recordó la llegada de Manuel esa tarde, para visitarlos.

En la sobremesa, mientras tomaba café, comenzó a sacar papeles con versos sueltos y notas de una manoseada carpeta de cartón azul, del tamaño de una cuartilla. Donde apareció una de aquellas coplas del flamenco popular, recopiladas por su padre y repetida en su cabeza, durante los últimos días, una tras otra vez.

“¿Quién me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?”[5].

Recogió los papeles meticulosamente y se sentó en el sillón, cubriéndose las piernas con las faldillas de la mesa camilla, por donde subía el calor del brasero. Provocando un ligero y reparador sueño hipnótico, donde hablaba del siguiente modo:

“¿No ves, Leonor, los álamos del río

     con sus ramajes yertos?

     Mira el Moncayo azul y blanco; dame

  tu mano y paseemos.”[6]

Cuando abrió los ojos, miró por la ventana, ya no era “Soria fría, Soria pura / cabeza de Extremadura,”[7]. Si no “… la ciudad moruna / tras las murallas viejas” [8]. De pronto entro Doña Ana, diciendo: “Hijo regresa con nosotros, al mundo de los vivos”. A la vez que besaba con ternura su frente.

Entonces Antonio se incorporó, fue al perchero, se puso el corbatín, la chaqueta, el abrigo y el sombrero, todo ello negro. Se despidió de su madre dirigiéndose al paseo, donde estuvieron las antiguas murallas del Alcázar de Baeza. Desde donde su retina descubrió que:

“…El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza.

…”[9]

Tras dejar atrás la torre de la Catedral, el Monte Az-Naitín y la calle de la Merced, se sentó en una piedra, junto a la Plaza de Toros, para contemplar Cazorla, Úbeda y Sierra Magina. Al levantarse se dirigió al Paseo del Arca del Agua, donde comenzó su camino de regreso, mientras pensaba:

“…La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos…

¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!”[10].

Diciéndose a sí mismo:

“¿Para qué llamar caminos

 a los surcos del azar?

 Todo el que camina anda,

como Jesús, sobre el mar.”[11]

De pronto, se unió al paseo Adolfo de Almazán, dueño de la farmacia en cuya rebotica, tenía lugar la tertulia, a la que ambos asistían. Además, eran compañeros de claustro, al ser el boticario el profesor de educación física del instituto. Este le dijo: “¡hay que ver Antonio, siempre hablando solo!”.

Sonriendo el poeta contesto a su amigo:

“Converso con el hombre que siempre va conmigo

¿Quién habla solo espera hablar a Dios un día?;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.”[12]

En animada charla los dos llegaron a la calle San Pablo. Adolfo prosiguió su camino. Mientras, Machado entro en el casino a leer la prensa de la tarde, en la biblioteca. Organizar las clases del día siguiente, mientras pensaba en su próximo viaje a Madrid, para hacer los exámenes de la carrera de filosofía.

Cuando de pronto le llamo la atención:

“Este hombre del casino provinciano

que vio a Carancha recibir un día,

tiene mustia la tez, el pelo cano,

ojos velados de melancolía;

bajo el bigote gris, labios de hastío,

y una triste expresión que no es tristeza,

sino algo más o menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza.

[…]”[13]

La noche entraba por las ventanas del palacio de los Sánchez Valenzuela que, durante mucho tiempo, fue convento de las monjas de San Francisco de Paula. Hasta su destino como casino tras la desamortización de Mendizábal.

Al descender por las escaleras del centro lúdico cultural, el escritor se fijó en la fachada justo de en frente, donde destacaba el busto de San Pablo. Aún quedaban unos minutos para la celebración de la misa y decidió entrar al templo. Donde entre las mujeres que rezaban el rosario destacaba la figura de: 

“…un señor

de mozo muy jaranero,

muy galán y algo torero;

de viejo, gran rezador.

[…]

Gran pagano,

se hizo hermano

de una santa cofradía;

y el Jueves Santo salía,

llevando un cirio en la mano

—¡aquel trueno! — ,

vestido de nazareno.

 […]”[14]

Sin pensarlo atravesó las tres naves góticas, santiguándose al pasar ante el altar mayor de estilo barroco, para dirigirse a la capilla del Cristo de la Expiración. Impresionante talla, fiel representación de la anatomía humana. Sujeta a la cruz por manos y pies, sin estar unida al madero, con un anclaje, en el paño de pureza. Atribuida al entorno de Pedro de Roldán, pudiera ser de su hija la Roldana. Pero con más seguridad imputable al jienense Sebastián de Solís.

De pie ante la imagen, la imaginación empezó a trabajar, agolpándose sin orden, ni criterio algunos versos. “¡Oh, la saeta, el cantar!”. “¡Oh, no eres tú mi cantar!”. “¡Cantar del pueblo andaluz!”.

Salió del templo aceleradamente, cuando los monaguillos en procesión, se dirigían hacia el altar mayor, precediendo al sacerdote que, al ver al poeta, no pudo ocultar de su rostro el gesto de malestar.

La calle era un hervidero de gentes que, iban de un lugar a otro. De la taberna, a los ultramarinos o simplemente paseaban, al encuentro, de con quien charlar un rato, como era el caso de Walter Guy Bon, conocido en Baeza como Gualtero Guido Bond.

Predicador norte americano, llegado a esta tierra mariana, para mostrar el evangelio y llevar a las ovejas descarriadas del catolicismo, al buen camino. Siempre con la caña preparada, para bautizar, a quien se dejara como protestante. En una España donde tan solo noventa años atrás, existía todavía la inquisición.

Pero pese a todo, este joven, estaba consiguiendo buenos resultados, llenando su casa, de la calle Cipriano Alhambra, en sus alocuciones de curiosos y cada día de más seguidores.

Pastor y profesor, asistían a las mismas tertulias, cafés y círculos culturales, se encontraron en los Portales de Tundidores, donde tras el saludo mantuvieron la siguiente conversación:

  • Machado: ¿Cómo llevamos la lucha, contra el poder de Roma?
  • Gualtero: No va mal del todo, rompiendo el control exhaustivo del clero católico.
  • Machado: Recuerde se sienten incomodos, pues intentan evangelizar más mediante la utilización del miedo, que con la promulgación del amor y la fe.
  • Gualtero: Con el amor el Maestro, nos mostró el camino de la Resurrección en la vida eterna.
  • Machado: En esta tierra se reza más a Cristo lacerado en la Columna, Caído por el peso de la Cruz y clavado a esta. Que, al hijo de Dios resucitado al tercer día. Si no, fíjese en la celebración de la Semana Santa, donde todo acaba el Viernes y apenas existen en Andalucía hermandades de la Resurrección, digamos que, tan solo hay una y por cierto es de esta ciudad.
  • Gualtero: A demás el Maestro, nos hizo a todos los creyentes, sus discípulos para llevar su palabra.
  • Machado: Es como si la purpura, el oro de los altares, les hiciera olvidar que, el hombre para vivir necesita creer, pues sin la creencia no es un verdadero y completo ser humano.
  • Gualtero: Cierto, ponen antes a la iglesia que, a Dios. Olvidándose del amor al prójimo.

De este modo en tan profunda y animada conversación llegaron a la puerta de la casa de Don Antonio, donde se despidieron. El poeta entro en su hogar donde le esperaban para cenar su madre y hermano.

Después en la mesa, con una copa de aguardiente, los dos hermanos recitaron, coplas populares, bulerías, fandangos, aprendidos de su padre, tan amante del flamenco.

En tan animada sobremesa, de pronto sin querer entre ambos nació el siguiente poema:

“Haré una mujer de lujo

que todo el mundo la quiera

y no quiera ser de nadie,

a ver si el mundo se ordena

¡Hágase la Lola!”[15]

Los dos se levantaron sonrientes, con el compromiso de que algún día, cuando estuvieran de nuevo viviendo más cerca, de ese verso nacería, una obra sobre una:

“… Andalucía libre

España y la humanidad

[…]”[16]

Ya en la cama era difícil conciliar el sueño, muchas cosas se daban cita en la cabeza. Encendió la luz de la bombilla incandescente del centro de la habitación, doblo la almohada, tomo de la mesilla la pluma estilográfica, regalo de Leonor. Y en fino papel de carta escribió:

LA SAETA

¿Quién me presta una escalera,

para subir al madero

para quitarle los clavos

                             a Jesús el Nazareno? 

(Saeta popular)

·

¡Oh la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos,

siempre con sangre en las manos

siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía,

y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero,

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

Y se durmió pensando en los días azules y el sol de la infancia.

Nota: Utilizo los verso, poemas para construir el relato, sin rigor cronológico, pues algunos pudieron ser escritos con posterioridad a la fecha la Saeta.

Por último, recuerden esto es un relato de como yo, imagino que se pudo escribir la Saeta.


[1] Caminos. Campos de Castilla

[2] Retrato.

[3] Coplas por la muerte de su padre. Jorge Manrique.

[4] Bacalao frito con una salsa de tomate, cebolla y piñones.

[5] La saeta. Campos de Castilla.

[6] Alla en las Tierras Altas. Campos de Castilla.

[7] Campos de Soria. Campos de Castilla.

[8] Caminos. Campos de Castilla.

[9] Caminos. Campos de Castilla.

[10] Caminos. Campos de Castilla.

[11] Proverbios y Cantares. Campos de Castilla.

[12] Retrato. Campo de Castilla.

[13] Del pasado efímero.

[14] Coplas por la muerte de Don Guido.

[15] La lola se va a los puertos. Hermanos Machado.

[16] Himno de Andalucía, letra de Blas Infante.

El Miserere de Baeza.

A María, José Pedro y Esther. Gracias.

MISERERE DE HILARIÓN ESLAVA PARA LA CATEDRAL DE BAEZA

Y de cómo el narrador imaginó la composición de tan bella e insigne obra musical.

Miguel Hilarión Eslava y Elizondo había escrito en 1837, cuando era maestro de la capilla de la Catedral de Sevilla, un Miserere para ser interpretado en este templo. Pero esa mañana salió apesadumbrado de Palacio, atravesando la Plaza de Oriente, camino de la Calle del Arenar, para como cada día, decir misa en la Iglesia de San Ginés, ante la talla de la Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén. 

Martín Morales Lozano: ESLAVA Y EL MISERERE DE BAEZA

Una vez cumplido sus deberes como religioso, decidió desayunar en la vecina y famosa churrería, a la que, los dueños habían llamado cómo la parroquia. Como cada día, tomó un rico chocolate a la taza, acompañado de los inevitables churros crujientes del lugar, en otros sitios de las Españas, conocidos como tallos. Mientras pensaba, ¿ cuándo se acabarán las obras, en este dichoso Madrid?

En 1844 había conseguido por oposición la plaza de maestro, en la Capilla Real. Por lo que, decidió regresar a las dependencias de Palacio, para conducir el ensayo del coro. Además, debía preparar las clases de composición del conservatorio, donde era profesor y director.

En los traslados de una obligación a otra, mientras caminaba a solas consigo mismo, era donde siempre le visitaban las musas. Pero últimamente las hijas de Zeus y de Minemósine no se dignaban a bajar a la tierra, para dictarle al oído composiciones que, sentado en su piano, pudiera trascribir al pentagrama. Solo le venía la mente la palabra en latín “Miserere”, y su traducción al español “ten piedad, apiádate de mí”.

Pues había aceptado el encargo de su amigo el Canónigo Fernando de Viedma y Zea, de realizar una obra musical religiosa, para la Catedral de su Baeza natal. Con la que, este último quería obsequiar a sus paisanos. Y la única condición impuesta, era la de relatar el Salmo Cincuenta del Rey David.

La nueva composición no debería parecerse en nada, a la realizada en su juventud para el primero de los templos de Sevilla. Demasiado operística para una ciudad como la jienense, tan castellana. Por lo cual debería ser más sobria, con muchos diálogos entre el coro de acompañamiento de 4 a 8 voces, el solista y con instrumentos como violines, flauta, clarinetes, trombón, trompas y bajo.

Sus anteriores creaciones para Baeza, dos misas cantadas para la Catedral en el 1852 y otra posterior a cuatro voces, habían saboreado las mieles del éxito. Haciendo que, su nueva realización, fuera esperada con impaciencia y una expectación fuera de lo normal. Pero se sentía estancado, el tiempo corría en su contra, se acercaba la Semana Santa de 1860, fecha del estreno y las partituras estaban en blanco.

Ensimismado como estaba, en sus quehaceres y pensamientos, se le pasó la mañana en un suspiro. Para descongestionar la cabeza antes de comer, decidió dirigirse a la Plaza Mayor, entrando en ella por el Arco de Cuchilleros.  Sin intención alguna, iba de un puesto a otro de los soportales. Súbitamente se paró en el mostrador de una librería, donde se exponían gran cantidad de libros, cogió uno al azar, titulado “Leyendas y Narraciones”, de Gustavo Adolfo Bécquer. Lo abrió justo en un relato breve, titulado “Miserere”.

El sol del mediodía era deslumbrante, bien podría haber sido reflejado en sus cuadros por Velázquez. Pero corría un vientecillo helador, de invierno en Madrid, insuficiente para apagar un candil, pero capaz de matar a mil, de pulmonía. A lo lejos hacia Toledo, se divisaban negros nubarrones.

Por lo cual, decidió acelerar el paso para dirigirse por las calles de la Bolsa, la Cruz y la Victoria a la Carrera de San Jerónimo, a un lujoso restaurante.  Donde le esperaba la junta directiva de la Sociedad Lírico Española, para decidir el elenco de obras del género chico y operas, a representar durante la siguiente temporada, en el teatro de la Zarzuela.

Al llegar, el semblante del navarro se alegró, ante el cocido madrileño con sus tres vuelcos reglamentarios que, esperaba en la mesa, para ser degustado por los comensales. Acompañado de un excelente pan blanco de candeal y un estupendo vino tinto de Viña de Irache, de la tierra de Don Miguel.  Estos agasajos gastronómicos, eran siempre bien recibidos por el maestro.

Tras la comida, llegaron los licores obsequio de la casa y se encendieron cigarros puros de la Habana, hechos a mano. Una vez decidida la cartelera del coliseo, para los próximos meses, comenzaron a contar sucedidos, anécdota y chascarrillos haciendo muy agradable la sobremesa.

Cuando el cercano reloj de la Puerta del Sol, daba las seis de la tarde, pusieron fin al encuentro. El sacerdote y musico se dirigió a su residencia en la Capilla Real de Palacio. Tomando un coche de punto, en la puerta del Edificio de Correos. Pues como era de esperar llovía a cantaros, las nubes sobre Toledo, siempre llegaban a Madrid convertidas en abundante agua.

En su humilde aposento, había una pequeña estancia, con estanterías repletas de libros e innumerables partituras y un piano para componer. Se sentó en su vieja mecedora, cubriéndose las piernas con una manta zamorana, cogió el libro de aquel poeta, demasiado romántico para su gusto y comenzó a leer:

“Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastantes antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones” …

Y se quedó dormido mientras concluía con:

… “In peccatis conceptit me mater mea. “

“Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecían mofarse de mi con sus notas, sus llaves y sus garabatos, inteligibles para los legos en la música.”

“Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.”

“¿Quién sabe si no serán una locura?”

Seguramente Eslava inducido por la lectura de Bécquer, soñó con una sucesión de imágenes dibujadas a carboncillo, de un bello templo. Al que entró volando, por un rosetón gótico, con puntas de diamante, coronación de una bella puerta mudéjar de arco lobulado de herradura, la iglesia costaba de tres naves de pilares y bóvedas de crucería.

A la derecha había un oratorio majestuoso, con su portada entre pilastras de medio punto, sobre la que se encontraba un relieve de la Asunción. A su lado, un poco más atrás otra capilla muy hermosa, donde destacaban las nervaduras de su bóveda y la pila bautismal.

La catedral disfrutaba de mucha luz, pues en su parte superior contaba con grandes cristaleras, atravesadas por los rayos del sol. Que convergían en la parte trasera, de la nave central, sobre un grandioso coro de madera, separado del resto del templo, por unas magníficas rejas.

Al fondo un gran retablo barroco, con columnas salomónicas. En su parte inferior, las imágenes de San Pedro y de San Pablo, cada uno aun lado. En el centro en una hornacina, debía estar enterrado algún ilustre. Sobre la cual se encontraba una imagen de la Virgen. Mientras en el cuerpo superior, estaba San Andrés que sujetaba una cruz, en forma de aspa.

Debajo como es debido el altar y en su escalinata un numeroso grupo de hombres y mujeres, con carpetas en sus manos, donde se encontraban partituras. Delante de ellos una orquesta y en el centro su director y a su derecha el solista.

Se dio cuenta que, todo aquello era un bello sueño, mientras seguía sumergido en los mundos de Morfeo. De aquellas gargantas brotaban maravillosos cantos, acompañados de las notas emitidas por todos los instrumentos. De pronto se despertó al ver, en las líneas del pentagrama   corcheas, medias corcheas, notas al margen, donde se leía con claridad:

Mísere de Hilarión Eslava, para la Catedral de Baeza. 

Salmo L

Del Rey David.

Misericordia, Dios mío.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio resultarás inocente.

Mira, en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

[…]

Raudo se levantó al darse cuenta que, había soñado con las descripciones de la Catedral de Baeza, hechas por Fernando Viedma. Se sentó al piano, sin tocar apenas comenzó a anotar la letra y la música en el pentagrama. Fueron semanas repletas de trabajo para culminar la obra y la posterior orquestación. Luego, vino llevar la obra al copista y mandarla con tiempo suficiente para su estreno el Martes Santo de 1860.

En la mañana del Lunes de Pascua, su mecenas, amigo y Canónigo de la Catedral de Madrid Fernando, se presentó en la Iglesia de San Ginés, para concelebrar la misa con el insigne músico y clérigo. Una vez finalizada esta, se dirigieron a la famosa chocolatería cercana, donde tras deleitarse con un abundante desayuno, brindaron con un licor de pacharán navarro, por el éxito del Miserere de Hilarión Eslava para la Catedral de Baeza.

Cosas de cofradías

Si nos remontamos a principios del siglo XVI, encontramos dos hermandades que, compartían el momento de la Pasión, día y hora de salida. Coincidiendo en su procesión en alguna calle, por no tener un recorrido preestablecido.

Hoy en día al cruzarse dos cofradías, lo suelen hacer con respeto, y con mucha espectacularidad, siendo momentos cargados de emotividad. Pero antaño se solía acabar, con los miembros de ambas congregaciones peleándose, para aclarar el derecho de paso.

Hasta las manos no llegaron, la Soledad de Santo Domingo (hoy Cofradía del Santo Entierro) y la Hermandad de las Angustias de Baeza, pero si terminaron en los tribunales.

El pleito se solucionó, con un acuerdo entre las partes, donde se establecía:

Que, en lo sucesivo las Angustias. Siempre debía procesionar en primer lugar, en la tarde del Viernes Santo, por respeto a su antigüedad.

Posteriormente la Iglesia prohibió que, en la misma ciudad, dos hermandades coincidieran en día, hora, recorrido e imágenes.

La hermandad de las Angustias, siglos después dejaría de procesionar, a Cristo Yacente a los pies de su Madre (Stábat Mater), para hacerlo con un grupo escultórico, donde la Virgen sentada sostiene, sobre su regazo a Jesús muerto, a modo de piedad.

El dinero siempre ha sido fuente de conflicto, entre los seres humanos. Pues bien, el mundo cofrade también se ha visto afectado por enfrentamientos, debido al poderoso caballero.

Para esta historia, sitúense en la calle San Francisco, mirando la impresionante fábrica de piedra del convento, obra de Andrés de Vandelvira. A su derecha había una capilla con entrada independiente, cuya puerta estaba frente al lateral de la Plaza, propiedad de la Humildad.

Esta ermita, es el objeto de la disputa entre la orden franciscana y la hermandad que, tenía el derecho a emitir bulas, para la financiación de este oratorio.

Además del Cristo de la Humildad, la hermandad tenía otra imagen de inferior calidad, situada a la entrada de la capilla, para pedir donativos. Hechura conocida como “El Señor de la Demanda”.

 ¡Y creemos que, el márquetin es algo moderno!

Cristo de la Humildad.

Estos enfrentamientos en un principio fueron ganados por la hermandad. Al ser la capilla independiente, por tener puerta propia. Pero con el paso del tiempo y varios pleitos, los franciscanos encontraron la solución, cerraron la entrada directa desde la calle. Motivo por el cual, el oratorio ya no era autónomo, pasando los derechos económicos a la orden religiosa. 

Pero no pensemos que todo era disputa por la “pela”. La Vera Cruz aledaña de la Humildad en el cenobio, pidió prestado el palio de respeto del Cristo, devolviéndolo con algún pequeño desperfecto, seguramente sin darse cuenta. Como buenos vecinos, los propietarios lo arreglaron sin decir nada, pagando la cantidad de ocho reales.

Cuando por Canal Sur, en la retrasmisión de la Madrugada sevillana, vemos las carreras, todos nos alarmamos, pero a lo largo de la historia, se han producido hechos parecidos. La Vera Cruz como intento de dar seguridad a su procesión en los primeros años, reclamó la intervención del Regimiento de la Ciudad.

A las mujeres, se les aconsejaba no acercarse a la zona de los disciplinantes, por lo poco gratificante del espectáculo y por producirse a su alrededor muchos tumultos. Hechos por los que, finalmente fueron prohibidos.

La hermandad de la Virgen de la Cabeza, debió realizar su procesión en el interior del Convento de la Merced, por “las muchas desvergüenzas” que, se producían en el alba, del Domingo de Resurrección.

Siendo habitual la recomendación de la jerarquía eclesiástica y del gobierno civil, para que las hermandades, procesionaran entre la salida y la puesta del Sol.

Por cierto, la Cofradía de la Virgen de la Cabeza, siempre gozó de una buena situación económica, debido a su patrimonio, consistente en rebaños de ganado ovino, principalmente.

Los hermanos en algunas festividades, tenían derecho a cuatro bizcochos y vino sin tasa, siendo conocida la hermandad como “El Niño del Bizcocho”.

Los abusos en el consumo de dulces, hizo necesario la limitación algunos años, a un pastel por hermano. Bajo la amenaza de expulsión.

Un ejemplo de los excesos con el vino es 1948, donde se compraron 31 arrobas, unos 496 litros, mucho cardo para una tarde. Pagándose la cantidad de 1625 pesetas, de la época.  9,75 euros, aclaro para quienes no conocieron la antigua moneda.

Virgen de la Cabeza.

En los años ochenta del siglo pasado, una hermandad de Semana Santa fue requerida por la Federación de Cofradías. Para que, en lo sucesivo mejoraran la deplorable imagen dada en su desfile procesional. Y en el Vía Crucis, donde a su imagen titular se le calló un brazo.

Si, justo, esa es la que están pensando. Pero como ustedes lo saben, yo lo sé y todos lo sabemos, permítanme, no ser yo quien lo escriba.

En este artículo simplemente recojo anécdotas curiosas, de publicaciones de Semana Santa y del libro Historia Documental de las Cofradías y Hermandades de Penitencia en la Ciudad de Baeza, de Rafael Rodríguez-Moñigo Soriano, José Policarpo Cruz Cabrera y Damián Cruz Martínez, no quiero que nadie me acuse de plagio.

Por cierto, hay muchas más anécdotas que, dejaré para otro artículo.

2020, una Navidad en el hospital.

En la planta de maternidad había buen rollo, la pandemia les había unido. Por eso todos contribuían a la celebración de la Noche Buena, aportando viandas, dulces y vino. Brindando en vasos de papel. Para que, la infantería sanitaria no estuviera sola, en el combate.

¡Héroes, de la lucha contra el Covid 19!

Durante el cambio de turno, su compañera, le había informado de las contracciones de la chica de aislamiento. Ingresada con leve dolor de garganta, cabeza, tos severa, algo de fiebre, ageusia y anosmia.

Pero lo alarmante era su estado de gestación, treinta y cuatro semanas.

En maternidad, todos se habían involucrado en ese embarazo de un modo especiar. Debería de ser una paciente más. Pero las circunstancias del aislamiento y las fechas, lo habían cargado de emotividad.

Médicos, matronas, enfermeras, auxiliares, limpieza, seguridad, todos intentaban aislarse profesionalmente, era lo mejor para ellos y sus enfermos. Pero sus sentimientos hicieron de la llegada de ese niño, algo personal.

Querían y necesitaban una buena noticia.

Una matrona vocacional no debería de involucrarse, pero ella no podía dejar de hacerlo, ser amable, cariñosa y empatizar con las mujeres a su cuidado.

En este caso, además las dos eran hijas de emigrantes baezanos. Les encantaba Baeza, su feria y la romería. En Semana Santa, eran penitentes el Jueves por la noche, una salía en la Sangre, mientras la otra lo hacía en la Fervorosa.

Sus afinidades les sirvieron, para largos ratos de conversaciones y risas, tan necesarias en esos días.

Aquella tarde, antes de trabajar había estado felicitando a sus abuelos. Desde el comienzo de la pandemia los veía poco, por precaución. ¡Los echaba tanto de menos!

Cuando llegó, la abuela estaba sacando del horno, mantecados de harina. Esta preparo una cajita y le dijo:

“No te los comas golosa, son para nuestra paisana y cuídala mucho”.

Ella sonrió cariñosamente, mientras contenía una lágrima en sus ojos, haciendo un esfuerzo para superar el nudo en su garganta.

En la puerta del hospital, se encontró con el futuro padre, muy nervioso. Este le entregó un buen cava extremeño. Para que, cuando naciera su niño, brindaran por él y su madre.

Dejó para el final de su ronda el confinamiento. Se vistió de astronauta, entró en la sala de aislamiento, con los mantecados.

Diciendo: toma paisana, mi abuela los ha hecho para ti.

Al probarlos, esta no pudo por menos que, llorar emocionada.

Pero de inmediato las contracciones se hicieron fuertes y frecuentes. Y a las once treinta de la noche la embarazada, junto con todo el equipo entraban en el paritorio. Con las máximas medidas de seguridad.

En media hora, el pequeño Manuel ya había nacido.

La madre al oír llorar a su hijo pregunto:

 ¿Cómo está, mi niño?

Bien, no tiene fiebre, pero hay que hacerle las pruebas, le contesto el pediatra.

Al salir del paritorio, la matrona se lavó, cogió el móvil, llamó al padre, para informarle del nacimiento de su hijo, un niño fuerte. Siendo posible que diera positivo.

El padre entre balbuceos, le dio un gracias apenas audible.

Ella le prometió que todo saldría bien.

A primera hora de la mañana, llego el resultado positivo de la PCR de la madre. Y el análisis del niño confirmó su contagio placentario. Los dos, debían continuar bajo estrecha vigilancia, en cuidados intensivos.

La madre y su nueva amiga, continuaron con sus confesiones e intimidades y, sobre todo hablando del pequeño Manuel.

El primer negativo de ambos, llego el día 31 de diciembre. Pero el equipo médico decidió dejarlos en vigilancia.

Fuera de turno, la matrona visitó al guapísimo bebé, para bañarlo y darle un biberón. Por primera vez en su carrera, le hacía una visita de cortesía a una paciente.

El día cinco de enero por la tarde, la alegría se apodero de la maternidad, madre e hijo recibían el alta. Entre todo el personal de la planta, le compraron un ramo inmenso de flores a la madre y un pijama de Superman al niño, por superar el covid 19.  Cuando salían sonó una fuerte ovación, sustituta de los besos y abrazos, deseados por todos.

En la puerta los abuelos y el padre, esperaban para conocer a Manuel. Con un carro nuevo, donde fue depositado. Mientas, a sus mayores se les caía la baba.

Tiempo después, las dos amigas se encontraron, en la tarde del Jueves Santo en Baeza. Como habían acordado en el hospital, intercambiaron las túnicas de sus cofradías, para dar en la procesión, gracias a Dios, por la vida y por aquel niño, ahijado de la matrona.

Al finalizar la estación de penitencia las dos, se fundieron en un fuerte abrazo.

Después de cenar, decidieron dejar al niño con el padre y esperar en un pub, el momento de ver salida la Virgen de la Aurora y al Nazareno de la Vera Cruz.

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