ETA, Calvario y lotería de navidad.

El puente de la “Constitución Inmaculada”, Juanjo lo había pasado en Baeza, viendo a sus padres, y de fiesta con los amigos.

El domingo por la tarde en el atasco de vuelta, recordó cuando se escapaba del instituto, para preparar la procesión, en la que vestía la túnica blanca, y el peto negro, con las tres cruces en el pecho.

Luego, comenzó a pensar en cómo repartir, entre los paisanos del barrio, la Lotería de Navidad de su hermandad.

El Calvario ante el Ayuntamiento de Baeza. 2006.

Para acabar organizando su vida, la de un estudiante de “teleco”, en la Politécnica de Vallecas.

En primero de carrera, había cambiado su destartalado Renault 5, por una flamante Citroën C-15 que llenaba de productos de la tierra: aceite, morcilla, chorizo, aceitunas, ochíos, magdalenas, empanadillas y en esta época del año con mantecados.

Los compañeros que con él vivían, le dejaban vender los productos en la vivienda, a cambio de un generoso pago en especie.

Los lunes por la mañana el piso, era un no parar de gente, que acudía a comprar.

La Policía comenzó a vigilar la casa, con tantas visitas, podía haber menudeo de droga.

Desde entonces los agentes de la cercana comisaría, se convirtieron en sus mejores clientes, a los que en Navidad castigaba con este discurso:

Miren señores “maderos”, esta lotería es de mi cofradía, que ha incorporado a Nuestra Señora de la Amargura, como titular mariana.

Virgen de la Amargura.

Hay que pagar al imaginero, su trono, hacerle la candelería, varales, palio, y un manto bordado.

A demás necesitamos una banda de música, que toque Amarguras.

Y este aceite, es puro oro verde líquido, zumito de aceituna, prensado en frio, en una buena tostada ¡que rico está!

Los policías sin darse cuenta, le habían comprado una garrafa de aceite y un décimo de lotería con recargo.

Mientras uno le decía:

Chico con esa labia, ponte a vender, o métete a político”.

Comiendo se dio cuenta que quedaban once días para el sorteo, y que tenía médico esa tarde.

Por el camino, fue entrando en los bares de confianza, para dejarles algunos decimos.

Cristo del Calvario.

Luego en la sala de espera, les ofreció la suerte a los jubilados.

Al salir de la consulta, se topó con la baezana de sus sueños, acompañada de su madre, cofrades del Calvario.

La progenitora le compro dos décimos, mientras su hija Alcázar y él, quedaban en los pub de las Cuatro Fuentes.

De pronto una explosión les tiro al suelo.

Se incorporaron los tres.

Vivian, y no estaban heridas.

Tan solo tenían un intenso pitido en los oídos.

Las imágenes pasaban a cámara lenta.

La gente entraba ensangrentada y pidiendo ayuda, para los heridos de la calle.

En el triángulo de acera, entre la avenida de la Albufera, la de Peña Prieta y la M-30, todo era un caos, donde la gente estaba muerta o mutilada.

La muchedumbre salía del metro horrorizada.

Los niños de los cercanos colegios, asustados se abrazaban a sus familiares.

Ante toda aquella desgracia, destacaba la figura de un hombre, que arrodillado, lloraba sin consuelo.

ETA había detonado una bomba, al paso de una furgoneta blanca, que quedo reventada.

Pronto llegaron los bomberos, el SAMUR, la Policía Nacional y Municipal, junto con las unidades móviles de televisión.

Cuando los tres reaccionaron, él dijo:

“Pararme a venderos la lotería, me ha salvado la vida”.

Se abrazaron, lloraron y pasaron la tarde juntos, en la casa de ellas.

El miércoles por la tarde, se encontraron en el Estadio del Rayo, donde una larga riada de gente se extendía hasta el Alto del Arenal.

En la arteria principal de Vallekas, se encontraba todo el barrio, cien mil gritos de silencio, por los seis compañeros de la Armada asesinados, junto con los cuarenta y cuatro heridos.

Los terroristas, que decían querer la libertad de su pueblo, habían atentado en un lugar destacado de la lucha por la libertad, cuando hacerlo suponía la cárcel, o el campo de concentración.

Por eso los vecinos pensaban de los etarras, que no eran un ejército de liberación, sino todo lo contrario, una mafia, que vivía del comercio del miedo.

“Aquel jueves al regresar a clase, su amigo estaba raro, ausente, como ido.

Su padre un conductor civil de la Armada, tenía turno la tarde del atentado.

Pero se lo había cambiado a un compañero, para hacer por la mañana un viaje a Salamanca, al conductor asesinado, no le gustaba viajar fuera de Madrid.

Por eso, su padre estaba vivo[1]”.

Aquella Navidad en Baeza, Juanjo le pidió salir a Alcázar, en la Iglesia de Santa Cruz, ante su Virgen de la Amargura y el Cristo del Calvario.

Iglesia Santa Cruz, al fondo Palacio de Javalquinto.

Veinticinco años después, ante un monumento, en la calle Peña Prieta de Madrid, su hijo pequeño pregunto:

“¿Que era ETA?

¿Por qué lloráis?

“Hijo, este es el Monte Calvario, donde asesinaron a seis inocentes.

Y los de ETA fueron los criminales que los mataron, eran como el Mal Ladrón Herodes, Caifás, Pilatos y Barrabás.”


[1] Por esos días yo trabajaba en una tienda en Vallecas, y el día siguiente al atentado, mi compañero, me conto esta historia, la de su padre, por eso está en cursiva.

Un niño muerto, otro herido y cuatro desaparecidos.

El quince de agosto, se halló en el Cerro del Alcázar, el cadáver de un niño decapitado. Y durante la procesión de la Patrona, en su oratorio apareció este mensaje:

“Morirán más”.

Virgen del Alcázar.

La teniente Lechuga y su equipo, que habían seguido todas las pistas, solo tenían la imagen de un encapuchado, dejando una nota en San Andrés[1].

A demás en el lugar de los hechos, se había visto un Nissan Patrol, que después aparecería calcinado en un camino.

El paso del tiempo borra la memoria y durante la cuaresma, los niños comenzaron a salir solos de nuevo.

El Viernes de Dolores preparando el Vía Crucis, encontraron en las andas del Cristo de la Sangre, una nueva nota.

«La Sangre»

“La Pasión, será su muerte”.

El párroco inmediatamente, mandó un mensaje de WhatsApp, para informar al cavo Juan López.

A la vez la teniente, recibía la llamada de una madre, que había visto a su hijo y cuatro niños más subir a un Patrol, en la puerta de la Iglesia.

Mientras la sargento Fina Pérez, escuchaba por la radio-patrulla, como los municipales, estaban persiguiendo a un todo terreno robado en Ibros, que perdieron cerca del cementerio.

La limpiadora de Santa María del Alcázar, el Sábado por la mañana leyó en un papel.

“Sin procesiones, morirán antes”.

El Domingo de Ramos, en la salida de la Oración del Huerto, bajo el paso de la Señora del Rosario, había una pintada en el suelo.

Oración en el Huerto.

“El primer cordero de la pascua, ya ha sido degollado”

Esa noche, en la calle donde hasta el siglo XIX, se encontró el convento de la Trinidad Calzada, y residían los titulares de la Cofradía de la Sangre de Cristo, un médico paseaba a su perro, cuando se encontró a un niño con un corte en el cuello, al que pudo parar la hemorragia.

El asesino de Agosto, había vuelto.

El Lunes por la mañana, al visionar las imágenes de las cámaras de un hipermercado de Úbeda, aparecía descendiendo del Nissan, un sargento expulsado del ejército, por menudeo de droga que, desde entonces no había parado de entrar y salir de prisión.

Por fin había un sospechoso, que actuaba mientras las hermandades de San Andrés, realizaban sus procesiones. Este patrón de comportamiento les daba tiempo, hasta la salida del Rescate, el Jueves santo por la mañana.

«El Rescate»

Tras el almuerzo la sargento Fina Pérez, siguió viendo videos, las patrullas buscaron el vehículo sospechoso y un lugar donde esconder a cuatro niños.

Juan Pérez, capaz de obtener información sin preguntar, en el Café Central, escuchó, que una catequista de San Andrés, salía con Miguel el camello.

El cabo telefoneó a su teniente, que de inmediato ordenó el seguimiento de la mujer y en el antiguo Callejón del Hombre Bueno, fue invitada a subir a un vehículo camuflado, por una agente de paisano.

Sin ser interrogada, liberó su conciencia confesando que Miguel, la maltrataba, y amenazaba con matar a su familia, si no colaboraba llevando los sobres a la iglesia.

Pidió una tila, se secó las lágrimas, y conto que él, escondía a los niños en una casa, al final de la Calle del Valle.

Y que habían quedado el Miércoles Santo, para ver salir la Columna y la Caída.

«la Caída»

El capitán fue informado de la situación, este un hombre experimentado en los duros años del «plomo» de ETA, había pedido para prestar sus servicios, hasta su jubilación, un lugar tranquilo como Baeza.

Donde, ya había vivido, el secuestro del Cristo de la Caída[2] y desde Agosto este caso, al que como abuelo le retorcía las entrañas. 

Sin dilación, ordenó vigilar la zona, pidió la orden judicial para entrar en la casa, y refuerzos al Grupo de Intervención y a los artificieros, toda precaución era poca, con estos pirados.

El Miércoles, al medio día todo estaba preparado, el cabo se encargó de proteger a la catequista, que portaba para su seguridad un localizador y un micrófono.

Mientras la sargento gestionaba, la buena coordinación del operativo.

La teniente que mandaba el asalto, sin dudarlo pidió la ayuda de su veterano capitán, conocedor de este tipo de situaciones.

La señal para empezar actuar, era la salida de la Columna del Salvador.

Cuando el público emocionado, escuchaba como el capataz, pedía a su Virgen de las Lágrimas, por los cuatro niños desaparecidos.

En ese instante, el cabo dijo:

“Está Saliendo”

A partir de ese momento, con la sincronización de los buenos costaleros, se introdujeron micro cámaras por las ventanas, se abrieron las puertas, y la Unidad de Intervención entro con sumo cuidado.

De pronto todo se paró, había un sensor de movimiento, y una cámara conectada por Bluetooth a un ordenador, que trasmitía la imagen al móvil del secuestrador.

Donde se veía a los niños, atados y con explosivos adosados a sus cuerpos.

Con una llamada todo sería un infierno.

Rápido se pidió colaboración a los informáticos del cuerpo, esa tarde el Señor de la Columna estaba de su parte, un antiguo pirata informatico que se había pasado al lado bueno, estaba de servicio.

Al que uno de los guardias, informó de la clave y de la contraseña visible del rúter, que Miguel por suerte no había sustituido.

En diez minutos, todo el dispositivo quedo inutilizado y los niños liberados.

Miguel tranquilamente y sin sospechar, tras dejar a su novia en su domicilio, se dirigió a la Calle del Valle. Seguido por el cabo, que cuando estuvieron cerca de la casa, dijo:

 “Es vuestro”.

La mañana de ese Jueves Santo, resplandeció en Baeza, más que el Sol.

Nota:

En esta ocasión regreso al relato negro, retomando los personajes de uno anterior, titulado el “Secuestro del Cristo de la Caída”.

La trama sucede como no, en Baeza y su Semana Santa.

Y claro ambas narraciones son un claro homenaje, a la saga de Bevilacqua y Chamorro, del maestro Lorenzo Silva.


[1] Para los que no conozcáis Baeza, la iglesia de este relato es Santa María del Alcázar y San Andrés, patrones de la ciudad, por ello utilizo los dos nombres indistintamente o la denominación completa. 

[2] El secuestro del Cristo de la Caída, es un relato anterior.

Nunca fue un secreto.

La tarde anterior, se había ordenado sacerdote, en una ceremonia concelebrada en la Catedral de Jaén, por el Obispo de la Diócesis y el Arzobispo de Granada.

Finalizada la ceremonia, en el salón de actos de un cercano colegio, las familias de los ordenados, ofrecieron un frugal ágape, para los invitados.

El joven sacerdote, celebró su primera misa, en la Iglesia de San Antonio de Baeza, donde fue bautizado, y tomó su primera comunión.

En el altar mayor, recordó la alegría de la mañana del Domingo de Resurrección, cuando de la mano de su abuelo, corría tras el Niño Jesús “Perdido”, en su traslado por el barrio del Ejido.

Foto: Ginés Vera.

Llegada la tarde, en la puerta de la iglesia, le gustaba ver como los mayores celebraban la Pascua, con el tradicional juego de banderas.

Durante la procesión, uno de sus progenitores, llevaba a la Virgen de la Cabeza, y el otro quedaba al cuidado de su hijo, que peleaba duro con la chiquillería, para portar las andas del Niño, haciendo sonar sus campanillas.

A los siete años se vistió de penitente, acarreando un incensario la noche del Martes Santo, después a golpe de tambor anunció el paso del Crucificado.

Foto: Ginés Vera

Desde su adolescencia, gozaba con el transcurrir de su hermandad, por los estrechos callejones, donde los hachones de los nazarenos, iluminaban el cuerpo de Jesús.

Y el día, en que por fin fue portador de la Buena Muerte, cuando el madero de la Cruz cayó sobre su hombro, sintío todo el dolor de la Pasión.

Foto: Ginés Vera.

Haciendo de cada paso una oración, mientras Cañón a pie de suelo rezaba con su saeta.

Al alzar la vista regresó al presente, y desde el lugar donde fue monaguillo, veía en el coro a sus monjas.

Cuantas veces, al salir del colegio Ángel López Salazar, había hecho los recados para las hermanas, que le recompensaban con un rico dulce.

En ese momento de silencio, casi le sorprenden recordando en voz alta a Carlos Cano, y su:

“Alacena de las monjas / que te dan gloria bendita,

pastelillos de toronja / y dulce de leche frita”.

Pero lo material, también tenía su importancia y cuando recibía una propina, la guardaba para comprarse unas botas de futbol.

Cuantas tardes de verano, jugando al balón, en el cercano parque del Vivero.

Nunca fue de un equipo, pero últimamente seguía al Cádiz de sus amores, gracias al paso doble de carnaval de Manolo Santander, que no paraba de cantar y decía de esta manera:

“Me han dicho que el amarillo / está maldito pa’ los artistas,

y ese color, sin embargo / es gloria bendita para los cadistas.

que, aunque reciben a cambio / todo un calvario de decepciones,

de amarillo se pintan la cara, / amarillo son sus corazones”.

Sin ser un jugón, en los tiempos del “tiki-taka”, fue un central rápido y contundente, del gusto de los entrenadores del Baeza, donde jugó en la Primera Andaluza.

En el seminario, fue seleccionado para participar en la Clericus Cup de Roma, donde destacó como goleador, gracias a su remate de cabeza y los penaltis, ejecutados a lo Panenka[1].

Recordaba de su Primera Comunión, como iba en la misa por delante de Don Miguel, y avergonzado pensó:

¡que repelente era!

Y es que desde niño había sentido la llamada de Dios y la vocación de servicio.

Por eso, nunca fue un problema el voto de castidad, aun siendo un adolescente guapo, supo convivir con sus inclinaciones homosexuales.

Le atraían los muchachos, pero podía pasar sin el sexo, su fe le recompensaba más.

Algunos le veían como un bicho raro, un joven entregado a Dios y a los demás, lo que ocultaba su nunca negada, orientación de género.

Ni cuando unos macarras en el instituto, maltrataron a un gay, sin pensarlo se fue a por el más chulo, y de un cabezazo le rompió la nariz, diciéndole:

“Sois unos mierdas y de uno en uno no tenéis cojones.

Te metes con él, porque no eres lo suficientemente hombre, como para salir del almario”.

Nunca se sintió bien, por haber utilizado la violencia, jamás volvió hacerlo, era igualarse, con lo más despreciable de la sociedad.

A demás se alejaba de la enseñanza del Maestro:

Cuando os abofeteen ofrecer la otra mejilla”. 

Colaboraba con Cáritas y durante una temporada, lo hizo con el padre Ángel, en la Iglesia de San Antón de Madrid, el templo siempre estaba abierto para el necesitado, y todos respetaban a su prójimo.

Esa era la Casa del Señor, donde quería ser Pueblo de Dios, en un catolicismo de acogida, cercano a su tiempo, sin prejuicios sociales.

Foto: Ginés Vera.

En el Convento de San Antonio, ante los suyos, el Cristo de la Buena Muerte y su Virgen de la Cabeza, en su primer sermón dijo:

“Jesús, nacido sin la mancha del pecado, se quedó con la piedra en la mano, sin lapidar a la mujer.

Sus Apóstoles eran humildes, se rodeó de enfermos de lepra.

Para anunciar su resurrección, eligió a la Magdalena, una mujer que había amado y pecado mucho, calificada por el Papa San Juan Pablo II como:

“EL Apóstol, de los apóstoles«.

Por eso los pobres, esclavos y legionarios sin graduación, que veían en la vida eterna una esperanza, y en la Tierra se sentían reconfortados, con el mensaje de amor del Señor, extendieron el Cristianismo por el Imperio Romano.”

Estos argumentos, hicieron que el joven sacerdote, realizara su misión pastoral, sin preguntar ni juzgar.

Llevando la Palabra de Cristo, para indicar el camino a Dios, la Fe.


[1] Según Wikipedia, el penalti a lo Panenka, es una forma de ejecución de un tiro penal en el fútbol y que consiste en dar una patada suave al balón por su cara inferior, intentando hacer que entre por encima del guardameta, mediante una vaselina

Una vida en sepia.

La Borriquilla”

Francisco y su familia, siempre han participado activamente, de la vida de hermandad.

Los domingos, tras la misa en San Ignacio, compartían la liga[1] con otros cofrades.

Al llegar a casa esperaba el arroz de conejo, cocinado por el abuelo, que al servirlo decía:

 – “¡El arroz con cuchara, el seco, no es arroz!”.

Alegato mantenido por su nieta, al sucederle en la cocina.

Ese domingo, durante la comida como siempre, se habló de Jesús en su Entrada en Jerusalén y la Virgen María Santísima de Esperanza y Caridad.   

Tras la sobremesa, el padre decidió abrigar a su suegro y salir a disfrutar del Sol invernar, paseando por las Murallas.

Ninguno de los dos era fumador, pero en ocasiones compartían un cigarro, por ello el yerno le encendió uno y se lo dio a Francisco.

Las mujeres apuraron su segunda taza de café, viendo fotos en sepia, guardadas en una vieja caja de membrillo.

Ante una de esas instantáneas, la hija suspiro mientras decía:

“Papa ya no sabe quién es”.

De los ojos de la Abuela Roció, asomaron dos lágrimas.

Y la nieta afirmó rotunda:

“Él no lo sabe, pero nosotras sí.

Tenemos que guardar su memoria”.

Aquella frase, reconfortó el corazón helado de la abuela.

Que cogió tres vasos, hielo y con una sonrisa traviesa le dijo a su nieta:

-Trae el whisky que le compramos a tu padre por Navidad.

-Abuela el americano se llama bourbon y es un Maker’s Mark 46.

-Pues tráetelo, que cuando le ponga Coca Cola, mi yerno me mata.

Ante la mirada de sorpresa de la madre, Rocío comento:

-Hija tú te ibas de litronas y cuando venías pasadita, eran las tapas que te habían sentado mal.

Entre risas siguieron con su charla:

– ¡Que guapo¡, estaba papa, vestido de seminarista.

-Menos mal que dejo el seminario antes de conocerme, si se hubiera ordenado vosotras no habríais nacido.

-Abuela de camarero, ¡estaba muy bien!

-Esa foto es en su primer trabajo, en el Bar de Rodri, él le llevó a la cofradía, cuando se fundó por sugerencia del Obispo Mengíbar y Sor Felisa Ancín.

Para que los niños de Baeza, tuvieran su hermandad.

Yo acompañaba a mi padre a la “Borriquilla”, siempre que podía y de ese modo nos conocimos.

-Que jóvenes estáis, él de penitente y tú vestida de Domingo de Ramos.

-Por aquel entonces las mujeres, no podíamos participar en la procesión.

Tu padre era de la junta y disfrutaba haciendo labores de priostía, por eso se encargó de adaptar el trono que nos dejó la Caída, para que llevara a Nuestro Señor.

-Sois de las pocas parejas casadas en San Ignacio.

– ¡Claro!, lo merecíamos.

Al morir Sor Felisa, las ayudas no llegaron y el pobre Manuel Rus Cejudo, que había puesto su patrimonio de garantía, casi lo pierde todo.

Nosotros aplazamos la boda, pues le préstamos a la hermandad, parte de los ahorros que teníamos para casarnos.

En la caja había un extracto de cuentas de la hermandad, donde decía que las imágenes tenían un precio de 65.000 pesetas, pagaderas a plazos.

-Abuela en este retrato te pareces a Greis Queli.

-Ese fue cuando nació tu madre, Tornero estaba con la cámara en la procesión y como era amigo del abuelo, me lo hizo para que lo tuviera, en su despacho de la Caja de Ahorros.

-Mama, ¡que modernos¡, con baqueros y camisa de cuadros.

-Esa es la ropa de la aceituna, mientras mi padre vivió, el abuelo nunca dejó de ayudarle en el campo y en campaña íbamos a pegar palos.

Para eso si valíamos las mujeres, pero para ser penitentes no.

Cuando murió mi padre, no quería trabajar más en el campo y me salí con la mía, vendimos las pocas olivas que nos tocaron y compramos la casa de la Yedra.

Allí tu padre, se entregaba a la lectura de sus místicos y sobre todo del baezano San Juan de Ávila. 

En un porta retratos había dos niñas de comunión, una en sepia delante del antiguo Cristo en su Entrada en Jerusalén y la otra en color delante del nuevo.

Al mirar la fotos Rocío comento:

-Parecéis una copia, con el mismo traje, el que Francisco compró para vestir de “novia” a su hija.

-Como me acuerdo de ese día lo celebramos en el Casino.

-Yo quería algo más sencillo, pero tu padre se empeñó en hacerlo a lo grande, e invitó a más de cien personas.

Y casi, nos quedamos con el salón contratado, pues la niña prefería jugar con las amiguitas en la calle, a estar en la doctrina.

Cuando me dijeron que no asistía, la cogí de una oreja y la metí en la clase.

-Entonces por eso a mí, me acompañabas a catequesis.

-Pues claro, el abuelo ya estaba jubilado y no era plan de perder la señal del Vandelvira.

En una instantánea de la primera salida a varales del Cristo, Francisco y su yerno vestían la túnica de hombre de trono.

-Yo no quería que el abuelo fuera portador de la “Borriquilla”

¡Pero se emperro!

¿Y cómo no?

Le dio una ciática de un mes, casi se queda sin ser el padrino de boda de su hija.

-Pues en esta tú estás de mujer de trono.

-Ese día nos enteramos que tu madre, estaba embarazada de ti.

Me dejo sola, en la primera salida de la Virgen.

Mira por dónde, a mí no me dio lumbago.

El abuelo se opuso a las mujeres de trono, pensaba que nuestro sitio en la Semana Santa, era el de planchar túnicas, y vestirnos de mantilla.

Pero ante su nieta, era un feminista de toda la vida.

Ya ves, les enseñamos a llevar un trono.

Entro el yerno y dijo:

-¡Qué nivel ! un cubata de Maker’s Mark 46 cola.

 El abuelo y yo, nos vamos a tomar uno a palo seco.

Mientras Francisco saboreaba su copa, su mujer comento:

-En el bar aguantó a demasiados borrachos, por ello era de beber poco y bueno, que no hace mal a nadie.

En una de las fotos más recientes, aparecía la nieta ante el paso de su Virgen, vestida de costalera, acompañada por sus abuelos y padres, donde sus mayores la miraban con orgullo de herencia cofrade.

Y la madre recordó:

-En esos días, nos dimos cuenta que papa, estaba dejando de ser él.

De pronto llego un joven cofrade, digamos que de momento solo amigo de la nieta.

Y esta hizo el siguiente brindis:

-Los chupitos del tirón, por el “Abu” y “La Borriquilla”.

Ese año el Domingo de Ramos, Manuel realizo su estación de penitencia, acompañado de su familia. 


[1] Liga: En Baeza es la sucesión de rondas de bebida y tapa, en la barra del bar.

Encuentros de Semana Santa.

Mis padres, trabajaban, estudiaban y dormían de pie, con la cabeza apoyada en las paredes del Metro de Madrid.

Con los años, consiguieron su plaza de profesores en Úbeda y regresamos a Baeza.

Fue cuando creé los “Sin Nombre”, un pésimo grupo de agro-punk, con la única intención de ligar.

Mientras en el instituto, solo se veían los ojos de gata del amor de mi vida, la que me ignoraba desde párvulos.

Estábamos de bares en Mateo, en compañía del cantante del grupo, quien, para ligarse a la rubia, propuso que nos fuéramos a los Agustines.

Al llegar un grupo de estudiantes, hablaban de la cofradía de las “Escuelas” y de procesionar al Crucificado de San Juan Evangelista.

Cristo de las Escuelas.

Esa Semana Santa en unas viejas andas del “Paso”, logramos procesionar al Cristo de la Misericordia.

Yo me puse mi traje nuevo, pero ella después de la procesión, se fue con el cantante de Al-Bayyasa[1], un mal imitador de Jesús de la Rosa de Triana.

Fueron años de entrega a la cofradía, conseguimos restaurar al Cristo y un bonito trono.

Mientras los caminos de la música, me llevaron por la senda de la canción de autor, recuerdo que la rubia vino a verme actuar una vez y comento:

“Un roquero como tú, convertido en cantautor, tienes que ser como Radio Futura”.

A lo que contesté:

“Claro para hacer cancioncillas como la de la ¡modita juvenil ¡”.

Siguiendo sus pasos, comencé Historia en la Complutense, donde ella se enfadaba, si yo prefería el aula, a verla seducir a nuestro profesor en la cafetería.

El tipo, decidió ponérmelo difícil y tuve que estudiar duro para aprobar, mientras ella lo hacía con mis apuntes y disfrutando de la “Movida Madrileña”.

Ese verano dejé de esperar el amor verdadero y encontré una morena bajita, con la que fui al concierto del dúo de moda, donde coincidimos con la rubia que era su manager.

Tumbados al sol en el césped de la facultad, me dijo que salía con un locutor de radio fórmula, mientras me embestía con la siguiente frase:

“Esa niña no te pega nada, es sosita y poquita cosa”.

Me levanté y me fui.

Días después se sentó a mi lado, me dedicó una sonrisa y rendido a sus pies en la cafetería, le conté historias de Baeza:

De como en el tocador de una señora, habían encontrado la cabeza de un cristo calcinada, con el rostro intacto.

Su nieto y sus amigos, habían recaudado fondos para restaurarla. 

Al ser imposible, estos decidieron seguir adelante, fundando una hermandad.

Esas vacaciones, me dio por tomar café en el mismo pub que ellos, de modo que el 31 de agosto, cuando se fundó la Cofradía de la Santa Cena, yo era uno de sus hermanos.

Lapidariamente comentó, mira que te gustan las misiones imposibles y continúo diciendo:

Santa Cena.

“Pues el próximo Miércoles Santo será sonado, me comprare un precioso traje negro, con unos tacones de escándalo y destacaré entre las mantillas de la Humildad”.

Al salir del instituto dejé de portar al Cristo de las “Escuelas”, pero nunca he faltado un Lunes Santo a mi cita con Él. Desde la puerta de Santa Cruz, le veo pasar por la Universidad y el Palacio de Jabalquinto.

Yo me encontraba cumpliendo con mi tradición, cuando llego ella que, al paso del Señor de la Misericordia, bajo la mirada en un respetuoso y profundo silencio. 

Instituto Santísima Trinidad.

Tras la procesión, nos fuimos de copas a la calle San Francisco, charlando la noche se nos pasó en un suspiro.

El Miércoles, se vistió de mantilla con elegancia y buen gusto, para su regocijo fue criticada por sus más íntimas enemigas, mientras los novios de ellas caían desalmados.

El Domingo de Resurrección comimos de tapas, nos tomamos unos cubatas y debido a los efectos del alcohol, acabamos en la habitación de un hostal.

Al levantarse, atenuó mi euforia con el comentario:

“Estas mono, pero no…”

Yo acabe la frase, entre risas:

“Pero no tengo glamur”.

Y al salir de la habitación, me remató con el tiro de gracia:

“Me caso con un empresario musical y sería muy cruel invitarte a la boda”.

Yo como un idiota, asentí dándole la razón.

Después de aquello, el profesor enamorado de mi amor imposible y yo, creamos en la facultad, el club de los damnificados por la rubia, haciéndonos amigos.

Terminé la carrera, sentí la llamada de la docencia, doy clases en un instituto de Linares y para pasarlo bien, formo parte de un grupo de versiones de pop rock.

Durante todos estos años, siempre he pertenecido a a la junta de gobierno de la Santa Cena y fui costalero del Cristo en su primera salida. 

Ella seguía casada con aquel vejestorio, que farseando el número de discos que vendían sus grupos, se había hecho inmensamente rico.

Mientras sus cantantes como venganza poética, se acostaban con su mujer.

Trascurrieron los años y por fin ese Domingo de Ramos, procesionó por primera vez la Virgen de la Paz, de la que tuve la fortuna de ser su costalero.

Virgen de la Paz.

El Lunes Santo como siempre, me encontraba en la puerta de Santa Cruz, donde alguien se acercó diciendo:

-Sabía dónde encontrarte”.

-Ver desde aquí a “las Escuelas”, me recuerda a cierta muchacha que conocí.

-Ayer vi la procesión lo habéis conseguido, fue grandioso.

-Ha costado, pero ha merecido la pena.

-Con esas gafitas pareces un intelectual.

-Pues yo a ti, te encuentro tan guapa como siempre, más delgada y más gótica.

-Para no perder la costumbre vengo de negro.

– ¿Y la vida como te va?

-No me ves, llena de glamur (sonrió), con dos niños de azul marino y corbata, amarillos los dedos, gris el pulmón, con el BMV directa a la gimnasia, con los Gin Tonic ahogando la menopausia…

¡Y echándote de menos, con artrosis en el alma!  

Ese echándote de menos, fue una saeta directa a mí corazón, cuando sus ojos se clavaron en los míos al decirlo.

Con un nudo en la garganta, solo pude responder y eso que no te gustan los cantautores, pero te sabes entera la canción de Ismael Serrano.

A lo que lacónicamente contestó:

“No me gusta, es mi vida”.

Al paso de la procesión, la vi llorar, tenía ojeras amarillas y se cansaba al andar, por eso cogidos del brazo, acompañamos durante todo el recorrido a nuestro Cristo de la Misericordia.

Nos despedimos con un pico en el Café Central, sin saber que no nos volveríamos a ver más.

Murió poco después, en sus manos llevaba la cruz de madera de las “Escuelas”.

El día de su entierro mi grupo actuó en Jaén, sin darme cuenta comencé a cantar y todos me siguieron:

No puedo soportarlo, no puedo aguantar más,

Pero cuando me miras no sé cómo evitar

Esa mirada loca que me hace dudar,

No sé si soy yo mismo, no tengo voluntad,

No tengo voluntad.

Vete ya de mi vida, déjame en paz, tus ojos

De perdida no me dejan soñar.

Me habían avisado y no quise escuchar,

Ahora estoy atrapado, no sé cómo escapar.

Cada vez que lo intento te vuelven a brillar

Tus ojos de perdida, me vuelven a cazar,

Me vuelven a cazar.

Vete ya de mi vida, déjame en paz, tus ojos

De perdida no me dejan soñar.

Ojos de Perdida de los Secretos


[1] Esta es la denominación de Baeza en tiempos musulmanes.

Este grupo es de mi invención.

La Virgen del Rosell y la receta de una Cerveza.

La túnica parda, vestía dos metros de cuerpo, anchas espaldas y una buena “tripita cervecera”, disimulada por la corpulencia del protagonista, de esta historia.

Una barba negra y descuidada enmarcaba el rostro serio, donde en algunas ocasiones aparecía una amplia sonrisa.

Sus rasgos físicos, chocaban con el bajo tono de su voz.

Era una persona bonachona, si bien su sentido del humor traspasaba la “mala folla”[1], llegando a lo irritante cuando se excedía.

El Hermano Alfonso, imponía respeto a su paso, con su sola presencia y seguridad al andar.

El “Rey Católico”, después de lo acontecido con su yerno Felipe el “Hermoso”, no se fiaba de los Austrias.

Por lo que decidió vigilar la educación de su nieto Carlos, en la Corte de Flandes.

Nuestro franciscano encabezó el grupo de tutores, enviados por Fernando II de Aragón, para formar al pequeño, en las tradiciones hispánicas.

El tierno infante apodó a su tutor como “Fray Tete”, apelativo que acompañaría al religioso el resto de su vida.

Al fallecer el “Rey Católico” el joven príncipe de diecisiete años, recibió las coronas de Castilla y Aragón, por la inhabilitación de su madre Juana I.

Fernando en su juventud un gran amante, en la cincuentena, quiso mantener el ritmo amatorio con su lozana consorte, lo que seguramente le costó la vida.

En su testamento el abuelo pedía a su nieto, el cuidado de su segunda esposa, Úrsula Germana de Foix que, ya tenía veintinueve primaveras.

El adolescente, sucumbió ante la belleza madura de la desamparada viuda.

La alta temperatura de los apasionados cuerpos, en el frio invierno de Valladolid, fue el origen de que del romance naciera una Infanta de España, llamada Isabel.

Perdonen esta salida mía, por los “Cerros de Úbeda”.

Esto si es un enredo familiar, digno de los libros de historia y no los escándalos artificiales de los famosillos del presente.

¿Se imaginan que harían las teles actuales, con esta historia?

Tras todos estos hechos el veterano franciscano, fue liberado de sus obligaciones por el ya Emperador Carlos.

El fraile decidió regresar a su Baeza, donde descansar en el cenobio de su orden y gozar de los tranquilos paseos entre olivares.

Entrada Convento de San Francisco.

Elaborar su excelente cerveza, para degustarla junto a una rica y copiosa comida.

Pero todo no era felicidad, a menudo sufría dolorosos ataques de gota.

Entonces se trasladaba al Convento de San Buenaventura, para alimentar el alma con oración y en retiro espiritual.

Mientras el cuerpo era sanado con ayuno durante los primeros días, para después ser alimentado solo con frutos del huerto.

Siendo su única bebida, el agua del pozo.

Una vez recuperado visitaba el Santuario de la Yedra, donde rezaba con devoción al Cristo, tan relacionado con la orden franciscana.

Pidiéndole ayuda, para controlarse con el “pecadillo” de la gula.

Pero también para dar las gracias a la Virgen del Rosell, a la que siempre llevaba en una medalla junto a su corazón.

Al finalizar el Rosario, pensaba en la sorpresa de los vencedores de las Navas de Tolosa, al encontrarse en tierras reconquistadas al infiel, una ermita donde se veneraba a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. 

Pues cuenta la historia que:

“El joven hijo del Alcaide del Castillo de Rus, incluso después de quedar ciego, todo los días practicaba su principal afición, la caza, acompañado de sus sirvientes. 

Un día, entre unos rosales se le apareció la Virgen, para pedirle que cavara en ese lugar, donde encontraría una imagen de piedra de Ella.

El muchacho, recobro la vista y agradecido se convirtió al Cristianismo y mando edificar un templo en el lugar”.

El fraile se instaló definitivamente en San Buenaventura, donde con los utensilios traídos expresamente desde tierras flamencas, comenzó a experimentar con nuevas cervezas.

En este relato situó la historia en tiempos de Carlos I, donde se mezcla cerveza, cotilleos reales, el culto a la Virgen del Rosell, con la vida de un convento y una taberna.
Intento también sea un homenaje a los taberneros que, a lo largo de mi vida me han aguantado.
Por último, espero que el amigo Alfonso no deje de serlo.
Convento de San Buenaventura.

Cuando le visitó el también baezano Antonio Moreno de Barcelona, encargado por el Rey Fernando de ejercer como correo, entre la corte de Castilla y la de Gante.

En aquellas tierras lejanas, los dos hombres se hicieron amigos.

Esa tarde compartían una jarra de cerveza, elaborada por “Fray Tete”, muy al gusto del cartero, pues era sin duda una excelente preparación.

Pero este con mucho cuidado, para no provocar la ira de su camarada, le dijo:

“Esta cerveza es digna del mejor maestro flamenco, pero me parece demasiado recia, para una zona tan calurosa como nuestra tierra, por ello no es del gusto de nuestros paisanos”.

El fraile apesadumbrado visitó a la Virgen.

Esta se apiadó de él, iluminándolo con la receta de una cerveza, de buen sabor, más ligera y de menos graduación.

Pronto las instalaciones se quedaron pequeñas, no podían producir la cerveza suficiente, para el consumo del convento y las tabernas de la Loma.

El cartero propuso financiar y dirigir un negocio, donde los frailes elaborarían la bebida, y la familia Moreno, se encargaría de la venta por las cantinas de la comarca.

También se construiría una taberna, con una bodega donde refrescar la cerveza y en la cocina se elaborarían ricos guisos de carne de choto, andrajos y bacalao a la baezana.

El fraile aceptó la oferta, fijando el precio de la cerveza, según costes más beneficios.

A él, le correspondería el diez por ciento de las ganancias de la taberna y todos los platos que fuera capaz de comer, en cada visita.

A la cantina desde un primer momento, se la conoció como la Abadía de San Buenaventura.

Para la cerveza surgieron nombres, como la Cruz del Jabonero, lugar donde el Cristo de la Yedra, hacia una estación de penitencia, en el Vía Crucis de regreso desde Baeza a su santuario.

También se pensó en llamarla Franciscana en honor a los frailes, pero finalmente se impuso el nombre de Rosell, al ser la Señora su creadora.

Debido a la larga sequía, la Virgen fue trasladada en romería a San Pablo.

Virgen del Rosell.

El hermano Alfonso encabezaba a los peregrinos, que en los caseríos del camino eran agasajados con pasteles y vino dulce, mientras las alegres coplas se convertían en oraciones.

Los devotos llenaron la iglesia, quedando muchos fuera del templo.

Durante la misa se produjo un rumor en la calle, que se convirtió en alboroto, por fin estaba lloviendo.

En la plaza se comenzó a festejar bajo el chaparrón, con la cerveza adquirida en la Abadía, vecina de la parroquia.

Fray Tete poco dado a agasajar al prójimo, regalo diez barriles de su bebida, e igual número los frailes.

Cuando la Virgen del Rosell, regresó a la Yedra en acción de gracias, los hermanos Moreno aprovecharon para montar puestos de venta, a lo largo del recorrido.

Convirtiendo su cerveza en la bebida predilecta de los baezanos, pero sobre todo de los franciscanos y bodegueros.

Nota:

En este relato de ficción cualquier parecido con la realidad, no es casualidad.


[1] La mala folla, es como se conoce el sentido del humor, característico de las tierras de Granada.

La Virgen del Alcázar y el niño del pozo.

A la caída de la tarde, se escuchaba el Rosario de las Carmelitas Descalzas.

En sus casas los vecinos del Convento de la Encarnación, respondían a cada misterio: con un Padre Nuestro, diez Avemarías y un Gloria al Padre.

Al finalizar la oración, mientras Fina y Antonia preparaban la cena, los niños cogían uvas, para comer con queso.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Andrés el albañil y su amigo Ginés el cantero, se dirigían al hogar del primero, para pasar una agradable velada familiar.

En la calle Imagen, se encontraron con Rosell, hermana de Fina y su marido camino de la cena.

Tras los saludos en la casa, el anfitrión mostró con orgullo, el fruto de la luna de agosto en su parra.

Pero un Ginés herido, no pudo por menos que decir:

“Claro que antes de cuidarla yo, no servía ni para brasas”.

Lo que unido a los efluvios del “torreño”[1], provoco las risas de todos.

Mientras las mujeres terminaban de preparar el ágape, los dos maestros mostraron a Fernando, el pozo del patio. Pues iban a construir otro en su domicilio, para dar agua a las bestias, el corral y la vivienda.

Al destapar la boca, le informaron de cómo era necesario revestir las paredes, para impedir los derrumbamientos, pero luego una vez llegado al banco de piedra, la perforación era más difícil, pero no requería de mampostería.

La anchura adecuada era de dos varas[2], para que una persona pudiera trabajar con comodidad, e ir poniendo en los escalones abiertos en ambas paredes, traviesas de madera, para subir y bajar mientras se perforaba.

Mientras pactaban el precio, soltaron la soga de la horca, que empezó a resbalar suavemente por la polea, hasta precipitarse el cubo contra la superficie del espejo.

Entonces Baltasar tiro con fuerza de la maroma, subiendo el recipiente lleno de agua, para lavarse antes de la cena.

Los seis adultos, degustaban las sabrosas viandas de la matanza, y un rico pan blanco de trigo candeal.

Andrés el hijo del albañil, al escapar de su compañero de juegos, dio un salto, para pasar por encima del brocal del Pozo, cayendo al interior. 

Inmediatamente se escuchó en la noche, el desgarrador grito de Fina, su madre.

Seguido del estruendo, de la colisión del chiquillo en el agua, desde una altura de 16 varas.

De inmediato la casa se llenó de vecinas, que comenzaron acompañar a la madre, en sus rogativas a Santa María del Alcázar.

Jerónimo a sus ocho años, acostumbrado a ayudar a su padre, abril los minados de los pozos, temblaba en un rincón del patio, por la caída de su amigo y protegido.

Baltasar sin pensarlo, se amarró la cuerda a la cintura y se introdujo en el pozo, siendo descendido por sus dos invitados, ayudados por el hijo de Ginés.

Los tres retenían la soga, dejándola pasar entre sus manos, abrasadas por el rozamiento, hasta hacer sangrar las del niño, desolladas por completó.

De pronto, la maroma se destensó, y todos esperaban impacientes, los tres tirones, para comenzar la ascensión.

La orden tardo en llegar, unos segundos eternos.

Los numerosos hombres que habían llegado, realizaron la maniobra de subida, con cuidado para evitar golpear al maestro albañil.

Este apareció increíblemente con su pequeño entero.

La joven madre, no paraba de abrazar y besar a su niño.

Todo el vecindario se encontraba en el patio, alegres por ver al simpático y un poco trasto de Andresito, entero entre ellos.

Pasados los primeros momentos, el pequeño comenzó a contar la historia de lo sucedido.

Salte y comencé a volar con rapidez, no veía nada, todo estaba oscuro, quería agarrarme a la pared, pero no llegaba, por lo que sentí mucho miedo, empecé a llorar y a llamar a mama.

Al chocar con el agua, del golpe me dolía todo el cuerpo, los huesos se querían salir de la carne.

Mis pulmones se llenaban de líquido y me ahogaba.

De pronto una mano me agarró de la espalda, sacándome fuera del agua y poniéndome sobre una madera.

Empecé a respirar, a no tener dolor, estaba seco y tenía hambre.

El fondo se llenó de luz y pude ver a una señora, muy guapa, con una corona de oro en la cabeza, vestida de blanco, que me estrechó en sus brazos, dándome un beso.

Yo me sentí feliz y contento.

La tarde de la festividad de la Ascensión, los vecinos, amigos y familiares acompañaron al pequeño Andrés y a sus padres a la Colegiata de Santa María del Alcázar, para dar gracias a la Señora, por salvar al niño.

Durante la celebración de la misa, Andrés le dio un codazo a Jerónimo, diciéndole:

“Mira que guapa es la Virgen, ella me saco del agua”.

Y le mando un beso.

NOTA: “Este relato tiene como origen, el milagro realizado por la Virgen del Alcázar, cuando salvo a un niño de ahogarse dentro de un pozo”


[1] De este modo es conocido popularmente, en la Comarca de la Loma, el vino recio de Torreperogil.

[2] Una vara castellana son 835 mm.

La Semana Santa, Adán y Joaquín Sabina.

El Lunes y el Martes Santo, son un paréntesis de tranquilidad en Baeza. Con una sola procesión en cada jornada.

Es el momento de los últimos retoques, cuando con infinita delicadeza, se asientan en los cristos coronas y potencias. A la par que los vestidores, enmarcan las caras de las dolorosas, con bellos rostrillos de encaje.

Ocasión para gozar de esos pequeños detalles, de un acabado majestuoso.

En eso, andaba yo, en la Iglesia de Santa Cruz.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Cuando un amigo, prioste del Calvario, me pidió que cuidara del templo, mientras introducían los últimos enseres, desde una furgoneta.

El templo reflejaba los preparativos, de dos cofradías, las faldillas de los tronos estaban extendidas, cuidadosamente sobre los bancos. La taladradora y la caja de herramientas, en el suelo.

En soledad, comencé a reflexionar ante el paso de la Santa Cruz, alegoría de la victoria de Jesús, sobre el pecado original.

Foto: Ginés Vera Contreras.

Que tiene como lemas de la Pasión la lanza, los clavos, el vinagre y la esponja.

Y el crucifijo, nos habla de la muerte, del Mejor de los Nacidos.

En la tierra, como indicador de la tentación, el cráneo del primer varón.

De pronto surgió una voz diciendo:

“! Hola ¡”.

Quien hablaba era la calavera:

“Estoy aquí, sobre este Gólgota, de claveles rojos

Hace mucho tiempo mi hijo Set, fue en busca de un cuadro del paraíso, para que yo tras mi muerte, pudiera retornar al Edén.

Pero no se forzó mucho y trajo, una ramita de olivo.

 ¡Una, simple ramita de olivo!

Que plantó sobre mi cráneo.

De donde nació un árbol, con el que se crearon las vigas, del Primer Templo de Jerusalén.

Con esas vigas, posteriormente se hizo la cruz, en la que moriría Jesús, crucificado sobre mi tumba.

Al derramar su sangre sobre mí, nos limpió del pecado original.

¡Qué ejemplo, este Jesús ¡

¡Que tenaz ¡

Además de serio. Cumplidor hasta el final.”

No pude por menos que replicarle:

No como usted, que se saltó a la torera, la prohibición de Dios.

Adán: Tienes toda la razón.

De ello, me arrepentiré eternamente.

Y es que, tanto tiempo después, mira donde me ves.

Por culpa del Demonio, de Eva y una manzana.

Se tenía que fiar la muy tonta, estúpida y lela. Del primero que pasó.

Narrador: No se esconda detrás de ella.

Nadie le obligo.

Suena a homófobo y antiguo.

Adán: En lo de antiguo, tienes toda la razón.

Soy, el más antiguo del mundo.

Además, mal conservado. Pues solo me queda el cráneo.

Mientras la “Canina” de Sevilla, tiene el esqueleto entero.

Pero, ¿tienes algo en contra mía?

Te encuentro algo incisivo e irónico.

Narrador: Sí.

Claro.

Por su culpa, tenemos que madrugar, para ganarnos el pan, con el sudor de nuestra frente.

Adán: Peor fue lo mío.

Vosotros nunca estuvisteis en el paraíso, no podéis añorarlo.

Pero en el jardín, nunca me di cuenta, que:

[…]

“A Eva le gustaba estar morena.

Y se tumbaba cada tarde al sol.

Nadie vio nunca una sirena.

Tan desnuda en un balcón”

[…][1]

¡Estaba muy buena!

Narrador: ¡No me diga!

Y seguro que:

Vivian “…de scuoters [2] en un piso

abandonado de Moratalaz

[…]”[3].

Hombre, me cae usted algo mejor.

Eso es de una buenísima canción, del maestro Joaquín Sabina.

Pero, por su ancianidad, yo le hacía del Miserere.

Adán: Sabes, yo soy muy de Sabina, por el rollo canalla y perdedor.

Nos parecemos mucho.

Narrador: Cierto que iba de perdedor en sus comienzos, pero con su obra, no le veo como tal.

En cuanto a lo de canalla, ahora lo niega todo[4].

Pero seguro que Joaquín y su esposa, se habrían liado y la foto de bodas de ustedes dos, les hubiera servido para el último gramo[5].

Al levantarle Sabina la falda a la Luna[6], usted como el Sol, se metería a las siete en la cuna, del mar a roncar[7].

Él regresaría en su busca al año siguiente y al no encontrarla, le escribiría los siguientes versos:

[…]

Tu memoria vengué

A pedradas, contra los cristales

«Sé que no lo soñé»

Protestaba, mientras me esposaban los municipales

En mi declaración alegué

Que llevaba tres copas

Y empecé esta canción

en el cuarto donde aquella vez

te quitaba la ropa

[…][8]

Adán: ¡No, no, no!

Mi señora era un poco insensata, pero muy decente.

Narrador: Vale, lo que uste diga.

Pero, de todos modos, Joaquín habría invitado al Demonio, a unas birras (pasando de meterse algo más fuerte[9], pues recuerden, esto es un relato de Semana Santa).

Después, se habrían ido los dos pájaros, a uno de esos locales de carretera, con luces de colores. Donde trabajaba la Magdalena, antes de ser santa. Pagándole el doble de lo que pidiera, por sus favores.[10]

La insípida manzana, se habría quedado en el árbol.

Adán:  Bueno, lo cierto, es que no nos parecemos en nada.

Pero a uno, le pasa como al Pirata Cojo, que:

[…]

“Con un poco de imaginación

Partiré de viaje enseguida

A vivir otras vidas,

A probarme otros nombres,

A colarme en el traje y la piel

De todos los hombres

Que nunca seré:”

[…][11]

Me hubiera gustado llevar otra vida.

Y, ya que pequé, haberlo hecho a lo grande.

Pero, sobre todo es que me encanta el Himno del Centenario.

[…]

“Mira si soy colchonero

Que paso por Concha Espina

Como pasa un forastero”.

[…]

Narrador: ¿Es usted del Atlético de Madrid?

Hombre lo de:

[…][12]

“Qué manera de palmar,

Qué manera de vencer,

Qué manera de vivir,

Qué manera de subir y bajar de las nubes,”

[…][13]

Se lo compro.

Pero no le veo, el lunes por la mañana, después de haber descendido a segunda, dando la cara y con bravura, culpando de todos sus males a los madridistas.

Adán: No, si del Madrid tenías que ser.

Pues mi Caín, me recuerda a Juanito, tenían el mismo pronto.

Narrador: Cierto es que, Don Juan Gómez “Juanito”, tenía mal pronto (este si era el verdadero 7 de España) que murió en la ruina según dicen, por ayudar a los suyos.

Su hijo, en cambio, se cargó a su hermano por envidia y rencor.

Además, el futbolista, “solo” le dio un pisotón a Matthäus y escupió a Stielike, excompañero del Madrid.

Los dos madridista, se juntaron cuatro meses después, en Fuengirola y firmaron la paz definitiva.

Su Abel, debía de ser un poco resabido, consentido, y perfectito.

Digo yo, que todo eso, no justifica el hecho de matarlo

Adán: ¡Por Dios que familia!

Y es que aquí tan solo, se me había olvidado.

Pero podrías hacerme un favor.

Pedirle a la hermandad que me jubilen.

Solo pido una vitrina cómoda, con vistas a una reproducción del cuadro del “Paraíso de Tintoretto”.

Narrador: De acuerdo, yo se lo comentaré.

Adán:  Gracias y ¿esto es un Pacto entre Caballeros?[14].

Narrador: Claro que si, además yo siempre cumplo.

En ese momento entraron los cofrades, para seguir con su trabajo.

Y me fui, sin comentar nada, con la certeza de haber mentido como un bellaco.

Desde entonces, cada vez que veo la calavera, siento como una mirada vacía, se me clava reclamando mi compromiso.

Por eso, para cumplir con mi palabra y por no ser capaz de escribir una canción como un “Pacto entre caballeros”[15], hice este relato.

Si al leerlo piensan que fue real, contribuyan con el sueño del pobre Adán, y háganle una vitrina con vistas al Edén.

Todo el que dese escuchar las canciones de este relato, las encontrara en la playlist de Spotify Semana Santa, Adán y Joaquín Sabina


[1] Canción: Eva tomando el sol. Álbum: El hombre del traje gris.

[2] Scuoters: Ocupas.

[3] Canción: Eva tomando el sol. Álbum: El hombre del traje gris.

[4] Canción: Lo niego todo. Álbum: Lo niego todo.

[5] Canción: Peor para el sol. Álbum: Física y química.

[6] Canción: Peor para el sol. Álbum: Física y química.

[7] Canción: Peor para el sol. Álbum: Física y química.

[8] Canción: Y nos dieron las diez. Álbum: Física y química.

[9] Canción: Un pacto entre caballeros. Álbum: Hotel, dulce hotel.

[10] Canción: Una canción para la Magdalena. Álbum 19 y 500 noches.

[11] Canción: La del pirata cojo. Álbum: Física y química.

[12] Canción: Motivo de un Sentimiento. Álbum:

[13] Canción: Motivo de un Sentimiento. Álbum:

[14] Un pacto entre caballeros. Álbum: Hotel, dulce hotel.

[15] Un pacto entre caballeros. Álbum: Hotel, dulce hotel.

El ultimo mercedario de Baeza.

Jesús y la Virgen María, habían dejado vacante el retablo del altar mayor de la iglesia. Que, los fieles habían abandonado, para encontrar acomodo espiritual en otros templos.

No había mantas en los catres de las celdas, para protegerse del “maretazo”[1].

Mientras se desayunaba gachas de harina, con leche, azúcar y algo de canela, nadie leía la vida de los Santos: Pedro Nolasco, Ramon Nonato o Pedro de Armengol.

El prior, recorrió el desguarnecido convento, para llegar al oratorio del Señor de las Necesidades, al que se encomendó en sus rezos.

Salió, cerró la puerta, y al ver sobre esta, el escudo de la Orden, lloro con amargura.

¡A partir de ese momento el cenobio, sería un tejar!

Desde el principio de la Calle de la Merced, miro hacia atrás, aferrándose a seis siglos de historia.

Iniciada por San Pedro Pascual, en Baeza, al fundar la primera casa de la congregación, junto a la Ermita de San Bartolomé, en el Camino de Jaén.

Tras la batalla de las Navas de Tolosa, el Valle del Alto Guadalquivir, fue frontera del Reino Nazarí de Granada, hasta la reconquista de este.

Donde los seguidores de Mahoma, atacaban las tierras cristianas, tomando rehenes para convertirlos en esclavos o exigir un rescate por ellos.

Los mercedarios de la raya, cumplían con los votos de castidad, pobreza y obediencia.

Añadiendo uno más, el de liberar a los católicos cautivos, a costa de su propia vida, si ello fuera necesario.

Por eso se erigió un nuevo convento, adosado a la muralla, junto a la Puerta de Úbeda.

El prior, sumergido en sus pensamientos, llego a la altura del grandioso templo, obra de Andrés de Vandelvira, del que los franciscanos estaban siendo expropiados, para convertirlo en almacén de harina.

Haciéndose esta pregunta:

¿Cómo sería aquella Baeza?

Cuando San Juan de la Cruz, fundó el Colegio de San Basilio. El baezano San Juan de Ávila, apóstol de Andalucía, fue el impulsor de la Universidad de la Santísima Trinidad.  Y la Orden de Jesús, formaba aquí, a los misioneros del Nuevo Mundo.

Pero hacía tiempo que, los nobles, no financiaban la construcción de templos o palacios.

La Invasión Napoleónica, había destruido la artesanía y el comercio.  La economía, se sostenía a duras penas, gracias al monocultivo del olivo.

Sin vida artística, cultural o religiosa, solo quedaban los restos, de un antiguo vergel, que ya solo era un páramo, con sus habitantes inflamados por un excelso y efímero pasado.

El abab, comenzó a recordar historias, de cuando la Virgen de la Cabeza, primera patrona de Baeza, recibía culto en la Merced. Y el Domingo de Resurrección, tenía lugar su procesión de gloria.

A la que asistían los ganaderos, antes de partir en busca de buenos pastos, para sus animales.

La hermandad, se costeaba mediante un rebaño de ganado, el de mejor lana del Santo Reino. Al ser la cuota de entrada, de los nuevos hermanos, una oveja.

En 1583, el cortejo de la Virgen no pudo salir, debido a los tumultos producidos, por el consumo desmedido de vino, en la mañana de Pascua.

Cuando el mercedario llego a las afueras, al convento de Santo Domingo, la casa de los peligrosos y arrogantes inquisidores, pensó que mal de muchos, consuelo de tontos:

Los Dominicos además de sufrir la incautación, veían como estaba siendo suprimido, el Tribunal de la Santa Inquisición.

Mendizábal, el ministro liberal, alegaba: que, con su ley de desamortización, toda propiedad improductiva, en “manos muertas”, se convertiría en lucrativa, al ser enajenada y vendida a unos nuevos dueños.

El fraile estaba de acuerdo, con la parcelación de las tierras de la iglesia, para ser traspasadas a las familias arrendatarias, que las habían trabajado, generación, tras generación.

Mientras los templos, conventos, hospitales y colegios, hubieran seguido siendo propiedad, de las instituciones religiosas.

Los intereses especulativos y su fiel compañera, la corrupción, fueron la causa del robo, del patrimonio de la Iglesia.

Al ser las tierras, subastadas en grandes fincas, que solo podían ser adquiridas por los terratenientes, y estos no compraron hasta ver su precio devaluado, a la nada.

Como sucedió con la Hacienda de la Laguna, en la pedanía baezana del Puente del Obispo, donde los Jesuitas habían convertido un terreno baldío, en un inmejorable olivar.

Tras la expulsión de la Orden de Jesús de España, por Carlos III, paso a ser propiedad de la Casa de Alba, enemigos acérrimos de la Compañía.

Paradojas de la vida, estos también estaban siendo desamortizados, llegando la finca, a dominio del Marquesado de Viana.

En la España de la primera mitad del siglo XIX, ya no había cristianos cautivos, por los que pagar un rescate.

Por ello el prior, había sido destinado a la casa conventual, de la Plaza de Puerta Real, cercana al sevillano Colegio de San Laureano. Donde comenzaría su nueva faceta, de maestro.

Asimismo, asistiría espiritualmente a los presos, de la célebre prisión de la calle de la Sierpes.

Donde estuvo Cervantes preso, cuando era recaudador de la Hacienda Real. Por unos asientos en los libros, “algo creativos”. Poco después se demostraría su falta de culpa.

Pero sirviéndole para documentarse de primera mano, para una de sus Novelas Ejemplares «Rinconete y Cortadillo» .

Al llegar a la carretera de Ibros, el mercedario, se incorporó a una caravana de carros, que transportaba aceite para la Villa y Corte, compartiendo camino con ellos hasta Bailen.

Mientras el fraile miraba por última vez Baeza, el jefe de los arrieros, le ofreció el vino recio de su bota, el caldo de Torreperogil, aligero la lengua del religioso, que hablo del siguiente modo:

La lucha, con la Cofradía del “Paso”, por el traslado de sus titulares a la Iglesia de San Pablo, de nada había servido, al sentenciar la justicia eclesiástica, a favor de la hermandad.

Al ser el cenobio de la Merced una quimera del pasado, en ruinas, y sin hermanos suficientes para su cuidado.

Pero el prior, rememoraba con cariño, los ensayos de la Ceremonia del Encuentro, conocida como “El Paso”, realizados en el claustro del convento.

El abad, le conto al arriero, devoto del Cristo de la Expiración, como en los doscientos años que, la cofradía había estado suprimida, su imagen titular, había sido conservada, con mimo por los mercedarios.

Alentando a la Congregación de la Esclavitud de Nuestra Señora de las Mercedes, para que realizara septenarios, al impresionante Crucificado.

Al que, por su boca, se le escapa la vida:

“Todo, ya está hecho”.

Y se entrega serenamente, a la voluntad del Padre Eterno.

Que maestría, la del autor, tan incomparable hechura, solo podía ser de un grande. Seguramente el imaginero Sebastián de Solís.

De este modo continuaron su camino, compartiendo vino, vituallas, charla y por una vez, el escuchado en confesión, fue el religioso.

El carretero, se comprometió a visitar, al Ultimo fraile Mercedario de Baeza, en sus viajes a Sevilla, para darle nuevas de su amada y siempre añorada Biatia[2].

Nota: En este relato invento la figura del prior y el arriero, para transitar por la historia, del Convento de la Merced de Baeza.

A demás de intentar explicar, la desafortunada política de desamortización de Mendizábal. Mas en la manera de llevarla a acabo que, en su planteamiento inicial.

Pues España, necesitaba un impulso económico que, llego ciento cincuenta años después.

Álbum de fotos.

Cristo de la Expiración.
Nazareno del Paso.
Virgen de la Cabeza.

[1] Nieblas habituales y muy duraderas en el invierno baezano.

[2] Nombre dado por los romanos a Baeza.

La Vieja Guardia de la Custodia.

El Cabildo Catedralicio y el Consistorio, tenían un problema, trasladar desde el taller del maestro Gaspar Núñez de Castro, en Antequera, la Custodia Procesional que este, estaba realizando para la Catedral, pues debía ser montada y finalizada en Baeza.

Foto Ginés Vera

Los caminos eran inseguros y más las serranías, en la España de la Guerra de Sucesión.  Siendo “vozpópuli”, entre los bandoleros de Andalucía, el desplazamiento de 240.000 reales en plata.

En primer lugar, se habilitó una residencia taller, para el orfebre y sus colaboradores, cercana a la Plaza de Santa María. 

El canónigo baezano Diego de Cozar, gran mecenas de la empresa, consiguió para los arrieros la protección del Santo Sacramento, con esta vinculación se aseguraba un mayor cuidado, de los muleros y carreteros con la obra a transportad. 

Sobre el ambiente pesaba el malefició de las custodias piramidales, del Primero de los Templos de la Ciudad, al ser robada la primera en 1628 y la segunda destruida, en el incendio de la Catedral en 1691.

Para la seguridad se confió, en los veteranos componentes de los Tercios Viejos, disueltos en 1704, diestros en el manejo de la espada, la pica y el arcabuz. Miembros de la Orden de los Doscientos Ballesteros del Señor Santiago de Baeza, hábiles en el manejo de la ballesta, de la que recibían su nombre.

Con una pequeña caballería, formada por doce hidalgos, escogidos entre los Veinticuatro Principales de la ciudad y sus familias. 

Comandados por el viejo capitán Agustín Aguayo de Burgalés. Junto con el que todos, habían combatido en Europa, por su Rey y por “la Única Fe Verdadera”. 

En los largos días de sol, a finales de primavera, el calor era asfixiante, en Jaén, Córdoba y Málaga. Cuando un rosario de carretas, portando aceite de oliva y paños de lana, partieron hacia Montilla. Para regresar cargadas de vino oloroso de la tierra. Menos las cuatro cullo destino era Antequera.

Para no despertar sospechas el pequeño ejército, se fue trasladando en grupos de cuatro, a las serranas tierras antequeranas.

El orfebre Gaspar Núñez junto con su hermano Jerónimo y el fiel Gaspar de Correa, habían preparado con mimo el traslado. 

Guardando en cajas las setenta y dos columnas; la mitad que ocuparían la parte interior de la obra, eran salomónicas, mientras las exteriores eran corintias.

Junto con los treinta y seis relieves para el basamento, con imágenes tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento. A demás de los Doce Apóstoles, ángeles, querubines y jarroncillos.

El cuidado se acentuó en el embalaje de la Inmaculada Concepción, al ser la Ciudad Universitaria del Santo Reino, fiel defensora de ella. Y en el Viril de oro, lugar donde se acomoda la Sagrada Forma, durante la procesión del Corpus Cristi.

Al igual destacaba la protección dada, a San Miguel Arcángel y a la magnífica alegoría de la Fe, recreada como coronación de la pirámide.

En Baeza durante los cuatro próximos años, se realizarían trabajos de filigrana, fundición, cincelado y montaje, necesarios para su finalización.

En dos carretas se fijaron con sogas y clavos los cajones. Los espacios entre los arcones y su interior se rellenaron con lana. Para impedir posibles daños, por el movimiento y el rozamiento.

En las otras dos se transportaba los alimentos y los avíos del cocinero, el armamento de reserva, con la tienda del galeno encargado, del cuidado de los miembros de la caravana. 

Los trabajos que habían comenzado de madrugada, fueron terminados antes del alba. Iniciando la marcha con la intención de no cruzar las poblaciones del camino, para no despertar la curiosidad de sus vecinos.

Al medio día pararon a comer, en un paraje con agua para los animales, por la noche llegaron al lugar fijado para acampar, sin sobresaltos. Se dispuso que ocho hombres, formaran cada turno de guardia, recorriendo el perímetro a una distancia de quince pasos. 

Dejaron las tierras malagueñas sin contratiempo, pero en las cordobesas, comenzaron a ser seguidos en la lejanía, por tres jinetes, lo que no era una buena noticia.

A los pies de Sierra Morena, junto al Guadalquivir, cerca del camino de Andújar al Cabezo, no había salido el sol, cuando la avanzada que precedía a la expedición, dio la alerta, había movimiento de bandoleros.

El capitán dio la orden de juntar los cuatro carros en el centro y de proteger debajo de ellos a los orfebres. Los infantes clavaron la rodilla izquierda en el suelo, sobre la derecha el brazo firmemente apoyado, sujetando con las dos manos la lanza fijada al suelo.

Hombres bravos y fieros en la batalla, fieles al camarada de su lado, sus vidas dependían, de resistir con dureza las envestidas. 

En esta ocasión, su grito de guerra era por:

“! El Sagrario del Santo Sacramento ¡”.

A su espalda los arcabuceros, con el arma cargada en las manos, en los pies una segunda preparada y detrás otra fila de tiradores, para que el fuego no cesara. Todos llevaban en la cintura, la característica ballesta baezana, para disparar sus saetas.

En el último circulo se encontraba la caballería y junto a ellos, los carreteros con sus facas en la cintura. Inhiesto sobre un carro, el capitán Aguayo, con seguridad y firmeza impartía las órdenes.

Estaban rodeados, por una jauría hambrienta de plata. Gente echada al monte, anárquica, sin orden, habituados a los asaltos de galeras y arrieros. Unidos en esta ocasión, por la llamada del portentoso botín.

El fuego de los bandoleros, hirió algún piquero sin mucha gravedad, al que inmediatamente sustituía un compañero, de la segunda fila, con valor y orden. 

Sus únicas protecciones eran su eterna camisa blanca, el jubón de cuero viejo y en la cabeza el chambergo negro.

Cuando los bribones, estuvieron a tiro, el viejo Aguayo dio la orden de fuego, causando gran mortandad en el enemigo. Si bien muchos de ellos llegaban hasta las picas, sin conseguir romper la línea, al ser clavados en las pértigas de defensa.

La vieja guardia se mostraba firmé, los asaltantes con gran número de bajas, se retiraron, uniéndose a su retaguardia, escondida entre los olivares. 

Estuvieron largo tiempo sin atacar, estrechando el cerco, la tensión se parpaba, el calor era sofocante y la falta de agua, comenzó hacer mella en los defensores.

Nuevamente los salteadores se lanzaron al ataque, los disparos de los protectores, no mantenían alejados a los bandidos, que nuevamente se precipitaban sobre las garrochas, un muro inexpugnable.

Las fuerzas se habían equilibrado, cuando la caballería contra ataco, tras ellos sin cuartel los carreteros, remataban con el acero de Albacete, a los bandoleros que quedaban con vida. 

Las bajas en las filas baezanas eran escasas, algunos heridos sin consideración que, acompañados por el medico fueron trasladados, hasta la cercana Andújar.

El resto de la expedición, a las seis de la tarde, puso rumbó hacia Bailén, desde donde el objetivo final, quedaba tan solo a una jornada de marcha forzada.

A la mañana con paso ligero reanudaron la marcha, solo pararon para dar de beber y comer a las bestias. A media tarde tras pasar Ibros, las gentes de los caminos se agrupaban para recibirles.

Entraron a Baeza por el convento de Santo Domingo, donde el suelo estaba cubierto de romero. Al paso por la Puerta de Toledo fueron aclamados por los vecinos. 

Por San Francisco y las Barreras llegaron a la Puerta del Cañuelo, junto a la cruz donde los ballesteros, realizaban el juramento. Allí giraron hacia Santa Cruz.

Siendo recibidos por el Cabildo Catedralicio y el Consistorio, en la Plaza de Santa María engalanada como el día del Corpus. Los carros fueron situados bajo la lonja de la Catedral, donde se había hecho un altar, para celebrar una misa de acción de gracias.

Posteriormente los orfebres fueron conducidos, al taller residencia. Donde las autoridades quedaron impresionadas, ante tanta belleza.

Quedaban cuatro años para procesionar la Custodia de la Catedral de Baeza.

La calle de la casa taller donde se finalizó, es conocida desde entonces como la del Santo Sacramento.

Nota:

El mecenas de la obra Diego de Cozar, el maestro Gaspar Núñez y sus colaboradores, son los personajes reales de este relato.

Al igual que lo es la descripción de la Custodia de Baeza y sus datos técnicos.

También lo es la circunstancias en las que, desaparecieron las dos anteriores.

Al igual que la existencia de la Orden Militar de los Doscientos Ballesteros. 

Todos los datos, componentes y el traslado, es de mi invención. Si bien el marco histórico es el correspondiente a la época, en que sucedió.

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