El puente de la “Constitución Inmaculada”, Juanjo lo había pasado en Baeza, viendo a sus padres, y de fiesta con los amigos.
El domingo por la tarde en el atasco de vuelta, recordó cuando se escapaba del instituto, para preparar la procesión, en la que vestía la túnica blanca, y el peto negro, con las tres cruces en el pecho.
Luego, comenzó a pensar en cómo repartir, entre los paisanos del barrio, la Lotería de Navidad de su hermandad.

Para acabar organizando su vida, la de un estudiante de “teleco”, en la Politécnica de Vallecas.
En primero de carrera, había cambiado su destartalado Renault 5, por una flamante Citroën C-15 que llenaba de productos de la tierra: aceite, morcilla, chorizo, aceitunas, ochíos, magdalenas, empanadillas y en esta época del año con mantecados.
Los compañeros que con él vivían, le dejaban vender los productos en la vivienda, a cambio de un generoso pago en especie.
Los lunes por la mañana el piso, era un no parar de gente, que acudía a comprar.
La Policía comenzó a vigilar la casa, con tantas visitas, podía haber menudeo de droga.
Desde entonces los agentes de la cercana comisaría, se convirtieron en sus mejores clientes, a los que en Navidad castigaba con este discurso:
“Miren señores “maderos”, esta lotería es de mi cofradía, que ha incorporado a Nuestra Señora de la Amargura, como titular mariana.

Hay que pagar al imaginero, su trono, hacerle la candelería, varales, palio, y un manto bordado.
A demás necesitamos una banda de música, que toque Amarguras.
Y este aceite, es puro oro verde líquido, zumito de aceituna, prensado en frio, en una buena tostada ¡que rico está!
Los policías sin darse cuenta, le habían comprado una garrafa de aceite y un décimo de lotería con recargo.
Mientras uno le decía:
“Chico con esa labia, ponte a vender, o métete a político”.
Comiendo se dio cuenta que quedaban once días para el sorteo, y que tenía médico esa tarde.
Por el camino, fue entrando en los bares de confianza, para dejarles algunos decimos.

Luego en la sala de espera, les ofreció la suerte a los jubilados.
Al salir de la consulta, se topó con la baezana de sus sueños, acompañada de su madre, cofrades del Calvario.
La progenitora le compro dos décimos, mientras su hija Alcázar y él, quedaban en los pub de las Cuatro Fuentes.
De pronto una explosión les tiro al suelo.
Se incorporaron los tres.
Vivian, y no estaban heridas.
Tan solo tenían un intenso pitido en los oídos.
Las imágenes pasaban a cámara lenta.
La gente entraba ensangrentada y pidiendo ayuda, para los heridos de la calle.
En el triángulo de acera, entre la avenida de la Albufera, la de Peña Prieta y la M-30, todo era un caos, donde la gente estaba muerta o mutilada.
La muchedumbre salía del metro horrorizada.
Los niños de los cercanos colegios, asustados se abrazaban a sus familiares.
Ante toda aquella desgracia, destacaba la figura de un hombre, que arrodillado, lloraba sin consuelo.
ETA había detonado una bomba, al paso de una furgoneta blanca, que quedo reventada.
Pronto llegaron los bomberos, el SAMUR, la Policía Nacional y Municipal, junto con las unidades móviles de televisión.
Cuando los tres reaccionaron, él dijo:
“Pararme a venderos la lotería, me ha salvado la vida”.
Se abrazaron, lloraron y pasaron la tarde juntos, en la casa de ellas.
El miércoles por la tarde, se encontraron en el Estadio del Rayo, donde una larga riada de gente se extendía hasta el Alto del Arenal.
En la arteria principal de Vallekas, se encontraba todo el barrio, cien mil gritos de silencio, por los seis compañeros de la Armada asesinados, junto con los cuarenta y cuatro heridos.
Los terroristas, que decían querer la libertad de su pueblo, habían atentado en un lugar destacado de la lucha por la libertad, cuando hacerlo suponía la cárcel, o el campo de concentración.
Por eso los vecinos pensaban de los etarras, que no eran un ejército de liberación, sino todo lo contrario, una mafia, que vivía del comercio del miedo.
“Aquel jueves al regresar a clase, su amigo estaba raro, ausente, como ido.
Su padre un conductor civil de la Armada, tenía turno la tarde del atentado.
Pero se lo había cambiado a un compañero, para hacer por la mañana un viaje a Salamanca, al conductor asesinado, no le gustaba viajar fuera de Madrid.
Por eso, su padre estaba vivo[1]”.
Aquella Navidad en Baeza, Juanjo le pidió salir a Alcázar, en la Iglesia de Santa Cruz, ante su Virgen de la Amargura y el Cristo del Calvario.

Veinticinco años después, ante un monumento, en la calle Peña Prieta de Madrid, su hijo pequeño pregunto:
“¿Que era ETA?
¿Por qué lloráis?
“Hijo, este es el Monte Calvario, donde asesinaron a seis inocentes.
Y los de ETA fueron los criminales que los mataron, eran como el Mal Ladrón Herodes, Caifás, Pilatos y Barrabás.”
[1] Por esos días yo trabajaba en una tienda en Vallecas, y el día siguiente al atentado, mi compañero, me conto esta historia, la de su padre, por eso está en cursiva.


























