Esta historia, como todas las de la vida, tiene un principio.
Miguel era un reputado psicólogo infantil y, a su gabinete en Baeza, acudían críos de todo el país. Además, cooperaba con varias asociaciones dedicadas al cuidado de la infancia, de un modo altruista.
Álvaro siempre había creído que, los niños con capacidades especiales, debían ser integrados desde pequeños en la sociedad, a través de la escuela. Por ello estudió Educación Especial en Sevilla y gracias a un amigo de la facultad, conoció el Centro de Estimulación Precoz del Cristo del Buen Fin, donde sin pensarlo comenzó a colaborar. Además, se hizo hermano de la cofradía y costalero de Nuestra Señora de Palma.
Los dos eran amigos desde la infancia y en la adolescencia, cuando compartían aula en el Instituto Santísima Trinidad, fueron pareja. Pero tras el COU, cada uno siguió su propio camino. Al regresar a Baeza, sus vidas confluyeron de nuevo: Miguel era el psicólogo del cole donde trabajaba Álvaro, lo que facilitó el renacimiento de su antiguo amor.
Una vez casados en el 2005, decidieron adoptar a un niño, de unos tres o cuatro años y que tuviera otras habilidades, de los que no suelen ser acogidos, por los padres que quieren, como retoño al querubín de la foto del gel infantil.
Cuando llegaron a recoger a su hijo, con una bolsa de deporte con ropa nueva, aún no habían decidido el nombre para el crío, si bien, su opción favorita era llamarle Andrés, como el patrón de Baeza. Pero al bajarse del coche, en la radio se escuchó “Entré dos Aguas de Paco de Lucia” y a Miguel aquello le sugirió un nombre:
“¡Esto es una señal! Se llamará Moisés”
A lo que Álvaro le preguntó:
“¿Por el agua?”
Mientras que, con una sonrisa, su esposo le daba la respuesta:
“Sí, claro y porqué los dos son adoptados”
A partir de ese momento, Moisés se convirtió en el centro de sus vidas. Era un niño guapo, inquieto y algo arisco, al que no le gustaban los besos. Parecía vivir en su mundo, disfrutando de sus dones. Los dos sabían de las necesidades de su hijo y eran conscientes que tenía que convivir con críos de su edad. Por eso, de inmediato lo llevaron al colegio, donde se hizo amigo de Miriam y Pedro. A los tres, les encantaba jugar juntos al fútbol en el parque.
Moisés, cuando Miguel tocaba el teclado, se quedaba sentado durante horas escuchándole. Le gustaban mucho las marchas: “Amarguras” y “la Madrugada”, interpretadas al piano. Por ello, le llevaron a la escuela de música de la Banda Filarmónica Ciudad de Baeza, donde aprendió a tocar con soltura la flauta travesera.
Una mañana de domingo cogió la flauta y tocó una melodía bellísima. Sus padres sorprendidos le preguntaron: ¿Qué marcha es esa? Y él contestó que, estaba escribiendo esa música con acordes costaleros, para la Virgen de la Paz.
La incorporación de Pedro y Miriam a la banda, sirvió de acicate para que Moisés se relacionara con los músicos de su edad. Y una noche de Lunes Santo, cuando regresaban de tocar en Cádiz, en el autobús, comenzaron a jugar a uno de esos juegos nada inocentes de juventud y Moisés acabó besando a la chica de sus sueños.
Y Pedro con algo de envidia le dijo a su amigo:
“¡Y eso que no te gusta el contacto físico!”
“Es verdad, pero es que me encantan las mujeres y si están buenas más”.
Con la rutina se mostraba más tranquilo y correr cuatro kilómetros diarios desde pequeño, le sentaba de maravilla. Una mañana, mientras lo hacía por las Montalvas, aceleró en la cuesta y sus compañeros se quedaron atrás, no podían seguirle, estaban asfixiados.
Miguel y Álvaro le habían dado todo el amor que, unos padres, le pueden dar a un hijo, por eso les dolía escuchar:
“¡Con lo guapo y listo que es…!”
“Sus padres son gais”
Gracias a su educación en la cultura del trabajo, la disciplina y la tolerancia, Moisés iba a estudiar una carrera de ingeniería, a cursar estudios superiores de música, pero sobre todo disfrutaba de un grupo de amigos fieles, leales y que le querían.
Sin duda uno de los motores de su vida, era su fe en Dios. Argumentaba su creencia desde un punto de vista científico, el equilibrio del universo se debía a una serie de fórmulas matemáticas, elaboradas por el Sumo Hacedor. Y la máxima expresión de esa armonía, sin duda, era la música.
Esa Semana Santa cumplió su gran sueño, el de ser costalero de la Virgen de la Paz, titular mariana de su hermandad de la Cena. Bajo el paso como un buen costalero, hizo una oración de cada paso, andando por derecho, con la verdad y el izquierdo por delante. Mientras, detrás del palio sonaba una marcha compuesta por él.
Aquel septiembre, cuando comenzó sus estudios universitarios, para amortiguar la desazón del inicio de una vida nueva, se fue a vivir con Miriam y Pedro. Una vez adaptados a la convivencia, entre los tres para abaratar costes, decidieron alquilar la habitación del piso de estudiantes, que estaba libre, a Almudena una chica. Esta también era alumna de la escuela de música; además de ser una morena guapa, con unos enormes ojos negros y algo gótica, en la que Moisés pronto se fijó. Cuando empezó a salir con ella, les dijo a sus dos amigos:
“Es una friki, pero a mí me gusta”.
Años después, en una tarde de sábado en la majestuosa Catedral de Baeza, Moisés, desde el altar mayor, cruzaba miradas cómplices con sus padres, que estaban sentados en la primera fila. En ese momento, cuando Almudena hizo su entrada triunfal, vestida con un impresionante traje de raso blanco, Álvaro y Miguel se sonrieron, estaban disfrutando el momento, mientras la niña de las arras les llamaba: ¡abuelitos!



















