El músico.

Esta historia, como todas las de la vida, tiene un principio.

Miguel era un reputado psicólogo infantil y, a su gabinete en Baeza, acudían críos de todo el país. Además, cooperaba con varias asociaciones dedicadas al cuidado de la infancia, de un modo altruista.

Álvaro siempre había creído que, los niños con capacidades especiales, debían ser integrados desde pequeños en la sociedad, a través de la escuela. Por ello estudió Educación Especial en Sevilla y gracias a un amigo de la facultad, conoció el Centro de Estimulación Precoz del Cristo del Buen Fin, donde sin pensarlo comenzó a colaborar. Además, se hizo hermano de la cofradía y costalero de Nuestra Señora de Palma.

Los dos eran amigos desde la infancia y en la adolescencia, cuando compartían aula en el Instituto Santísima Trinidad, fueron pareja. Pero tras el COU, cada uno siguió su propio camino. Al regresar a Baeza, sus vidas confluyeron de nuevo: Miguel era el psicólogo del cole donde trabajaba Álvaro, lo que facilitó el renacimiento de su antiguo amor.

Una vez casados en el 2005, decidieron adoptar a un niño, de unos tres o cuatro años y que tuviera otras habilidades, de los que no suelen ser acogidos, por los padres que quieren, como retoño al querubín de la foto del gel infantil.

Cuando llegaron a recoger a su hijo, con una bolsa de deporte con ropa nueva, aún no habían decidido el nombre para el crío, si bien, su opción favorita era llamarle Andrés, como el patrón de Baeza. Pero al bajarse del coche, en la radio se escuchó “Entré dos Aguas de Paco de Lucia” y a Miguel aquello le sugirió un nombre:

“¡Esto es una señal! Se llamará Moisés”

A lo que Álvaro le preguntó:

“¿Por el agua?”

Mientras que, con una sonrisa, su esposo le daba la respuesta:

“Sí, claro y porqué los dos son adoptados”

A partir de ese momento, Moisés se convirtió en el centro de sus vidas. Era un niño guapo, inquieto y algo arisco, al que no le gustaban los besos. Parecía vivir en su mundo, disfrutando de sus dones. Los dos sabían de las necesidades de su hijo y eran conscientes que tenía que convivir con críos de su edad. Por eso, de inmediato lo llevaron al colegio, donde se hizo amigo de Miriam y Pedro. A los tres, les encantaba jugar juntos al fútbol en el parque.

Moisés, cuando Miguel tocaba el teclado, se quedaba sentado durante horas escuchándole. Le gustaban mucho las marchas: “Amarguras” y “la Madrugada”, interpretadas al piano. Por ello, le llevaron a la escuela de música de la Banda Filarmónica Ciudad de Baeza, donde aprendió a tocar con soltura la flauta travesera.

Una mañana de domingo cogió la flauta y tocó una melodía bellísima. Sus padres sorprendidos le preguntaron: ¿Qué marcha es esa? Y él contestó que, estaba escribiendo esa música con acordes costaleros, para la Virgen de la Paz.

La incorporación de Pedro y Miriam a la banda, sirvió de acicate para que Moisés se relacionara con los músicos de su edad. Y una noche de Lunes Santo, cuando regresaban de tocar en Cádiz, en el autobús, comenzaron a jugar a uno de esos juegos nada inocentes de juventud y Moisés acabó besando a la chica de sus sueños.

Y Pedro con algo de envidia le dijo a su amigo:

“¡Y eso que no te gusta el contacto físico!”

“Es verdad, pero es que me encantan las mujeres y si están buenas más”.

Con la rutina se mostraba más tranquilo y correr cuatro kilómetros diarios desde pequeño, le sentaba de maravilla. Una mañana, mientras lo hacía por las Montalvas, aceleró en la cuesta y sus compañeros se quedaron atrás, no podían seguirle, estaban asfixiados.

Miguel y Álvaro le habían dado todo el amor que, unos padres, le pueden dar a un hijo, por eso les dolía escuchar:

“¡Con lo guapo y listo que es…!”

“Sus padres son gais”

Gracias a su educación en la cultura del trabajo, la disciplina y la tolerancia, Moisés iba a estudiar una carrera de ingeniería, a cursar estudios superiores de música, pero sobre todo disfrutaba de un grupo de amigos fieles, leales y que le querían.

Sin duda uno de los motores de su vida, era su fe en Dios. Argumentaba su creencia desde un punto de vista científico, el equilibrio del universo se debía a una serie de fórmulas matemáticas, elaboradas por el Sumo Hacedor. Y la máxima expresión de esa armonía, sin duda, era la música.

Esa Semana Santa cumplió su gran sueño, el de ser costalero de la Virgen de la Paz, titular mariana de su hermandad de la Cena. Bajo el paso como un buen costalero, hizo una oración de cada paso, andando por derecho, con la verdad y el izquierdo por delante. Mientras, detrás del palio sonaba una marcha compuesta por él.

Aquel septiembre, cuando comenzó sus estudios universitarios, para amortiguar la desazón del inicio de una vida nueva, se fue a vivir con Miriam y Pedro. Una vez adaptados a la convivencia, entre los tres para abaratar costes, decidieron alquilar la habitación del piso de estudiantes, que estaba libre, a Almudena una chica. Esta también era alumna de la escuela de música; además de ser una morena guapa, con unos enormes ojos negros y algo gótica, en la que Moisés pronto se fijó. Cuando empezó a salir con ella, les dijo a sus dos amigos:

“Es una friki, pero a mí me gusta”.

Años después, en una tarde de sábado en la majestuosa Catedral de Baeza, Moisés, desde el altar mayor, cruzaba miradas cómplices con sus padres, que estaban sentados en la primera fila. En ese momento, cuando Almudena hizo su entrada triunfal, vestida con un impresionante traje de raso blanco, Álvaro y Miguel se sonrieron, estaban disfrutando el momento, mientras la niña de las arras les llamaba: ¡abuelitos!

¡Qué abuela!

Fátima, mientras saboreaba un Four Roses con cola light, en la cafetería de Martínez, vio como su hija Natalia entraba a misa, en la iglesia de San Pablo. Y pensó: “vive en su rutina, esta noche cena en el Palacio de Gallego”. Una vez acabada la copa, se fue a su casa, donde puso a todo trapo a “Queen”, mientras en el baño la gris abuelita, se transformaba en toda una roquera; con sus Levi’s ceñidos y una camiseta de Nacha Pop, muy ajustada. Al mirarse en el espejo dijo: “¡Sí, sigo teniendo un buen culito, tanto deporte ha valido la pena!”

Estaba terminando de arreglarse, cuando llegó su nieta Fina, para ir esa noche al tributo de José Pedro Jiménez a los maestros: Antonio Vega y Enrique Urquijo. Y como era pronto, decidieron calentar motores, tomándose una copita, de Jack Daniel’s Sinatra.

Una vez en el Central, tras desearle suerte al artista, se pidieron lo de costumbre, una Alhambra 1925. Las dos fans se situaron en primera fila, e hicieron los coros en todas las canciones:

“[…]

Del elixir

De juventud

Bebimos juntos

Prometiéndonos la vida

[…]”[i]

Hacia la mitad de la actuación, apareció una Natalia muy acelerada, diciendo: “Llego tarde, no preguntéis. Hoy manda tu gen mamá, quiero un copazo, he dejado en casa a mi marido y mañana será otro día… ¡Joder cada día canta mejor!”.

Y mientras se tomaban otra cerveza, las tres corearon:

“Aunque tú no lo sepas

Me he inventado tu nombre

Me drogué con promesas

Y he dormido en los coches

[…]”[ii]

Una vez finalizado el concierto, Natalia le solicitó a su madre que contará una historia de juventud. Entonces la matriarca del clan, a la que, se le había soltado ya la lengua, pidió una nueva ronda, se sentó en la mesa y comenzó a contar diciendo:

“ “[…]

Cuando era más joven me he visto esposada delante del juez

Cuando era más joven cambiaba de nombre en cada aduana

Cambiaba de casa, cambiaba de oficio, cambiaba de amor

    […]”[iii]

Para empezar que quede claro. La niña es como yo y la pena Natalia, es que tú salieras a mi madre. Eres una buena mujer, pero te gusta ser toda una “señora” de posibles; con rebeca de cachemir, falda por debajo de la rodilla, zapatos de medio tacón y collar de perlas. Por eso las dos, os casasteis con señores serios, pero sin un duro. ¡Unos mea pilas en busca de fortuna!

Sí, Fina, tu bisabuelo conocido cómo don León, era un falangista muerto de hambre que, abandonó el seminario para casarse y tuvo la suerte de hacer la guerra, sin pegar un tiro, pues estuvo destinado en Burgos llevando la agenda del Caudillo. Por eso cuando lo del Plan Jaén, mientras media provincia era estafada por las jerarquías del régimen franquista, mi padre, qué era muy listo y todo un corrupto, dobló la fortuna familiar.

Pero gracias a Dios, a ese hombre, sus hijos le salimos “rojos”.

El mayor, Andrés, siguiendo su vocación, ingresó en la Compañía de Jesús y en su parroquia de Madrid, se fundó Comisiones Obreras. Cuando venía a Baeza, llenaba las iglesias de jovencitas enamoradas de él. ¡Estaba tan guapo, vestido de cura ¡

A Fernando, mis padres, le enviaron a la Universidad de Pamplona a estudiar derecho, pero él se independizó y en segundo de carrera, se fue a compartir aula con Felipe González en Sevilla.

Yo con diez años, cuando las mujeres no podíamos vestirnos de penitentes, me puse la túnica de la Vera Cruz y salí de nazarena junto con mis hermanos.

Las señoritas de “buena familia”, hacían Filosofía y Letras. Eso fue lo que me permitió abandonar las clases de piano y el bastidor de bordado de la Sección Femenina de Baeza por conciertos de música yeyé, juergas flamencas y tertulias poéticas en Granada, donde además podía correr al alba, por el “Paseo de los Tristes”.

Fui sacando la carrera y me doctoré en filología inglesa, gracias a los apuntes del amigo Juan Eslava Galán. Cuando regresé a esta, mi ciudad, como profesora del instituto para deshonra del “paterfamilias», te traía a ti Natalia de “diploma”. Yo, había decidido ser una mujer emancipada y madre soltera.

La relación con mi padre, se quebró mucho antes, en aquel febrero del homenaje a Machado. La Guardia Civil tenía cortadas las carreteras, solo permitían la venida a Baeza, andando o en coche particular. Pero no pudieron evitar la llegada de tres mil personas, entre ellas Caballero Bonald, Raimon, Gabriel Celaya y Juana Ginzo. La actriz vinculada al PCE, pertenecía al cuadro de actores de Radio Madrid, era la protagonista de la exitosa radionovela, “Ama Rosa”. Todos vinieron con el deseo, de instalar en el cerro del Alcázar de un busto del poeta, realizado por Pablo Serrano.

A las doce de la mañana, con las calles tomadas por los “grises”, nos reunimos en la plaza del Pópulo. Pero la pasma cargó de inmediato, al grito de: “¡a por los barbudos!» Unos huían por los campos de olivos y otros para evitar los golpes de la Policía Armada, nos refugiamos en los portales del Paseo. Al salir del bar de los Pinetes, me detuvo el mismísimo “don Paco”, jefe de la Brigada Político Social de Granada. El muy cerdo, tenía una foto mía junto a un guapo comunista, que uso para acusarme de sedición y disturbios.

Cuando llegó mi padre, creí que me iba a sacar de los calabozos del Ayuntamiento, pero me dio dos hostias, mientras me sentenciaba del siguiente modo: “Púdrete en la cárcel con tus camaradas”. Me reconcilié con él, gracias a la traidora de mi hija que, se casó con el ahijado de don León.

Salí en libertad a los tres días. La multa de diez mil pesetas, la pagaron Andrés y Fernando. Los tres hermanos acabamos comiendo en el bar del Sales, para celebrar mi incorporación a la lucha clandestina”.

Nota: este es el enlace del artículo del que nació este relato. ‘¡A por los barbudos!’ (y II) | El Independiente de Granada


[i] Elixir de juventud de Antonio Vega.

[ii] Aunque tú no lo sepas de Enrique Urquijo.

[iii] Cuando era más joven de Joaquín Sabina.

Una carta de Navidad

Málaga, a 9 de diciembre 1922

Amada familia y novia:

Espero que cuando reciban esta carta, estén bien de salud.

Les escribo para confirmarles que me encuentro en un sanatorio malagueño, prácticamente restablecido de las heridas, quebrantos y padecimientos de la guerra. Durante estos tres largos años de negro tormento, ustedes, han sido el faro que ha iluminado mi existencia.

En esos momentos de amnesia profunda, uno de mis pocos recuerdos era el de padre, en la tertulia del Casino de Baeza hablando de democracia, justicia, igualdad y libertad. En su día, esos debates me hicieron ser un apasionado filántropo, estudiante de filosofía.

Madre, las oraciones que me enseño de niño, brotaban espontáneas, para rezar con fe a nuestro Señor Jesucristo. Hoy, tras asistir a misa, para agradecerle a la Virgen Inmaculada la vida, he comenzado la celebración de la Navidad, comiendo hojaldrinas como cuando era un chiquillo.

En los momentos del triste olvido, recuperaba la sonrisa, evocando la escena del día de Reyes, en el que mis dos hermanas siendo unas niñas pequeñas, se escondieron bajo el Belén, para beberse la copa de Quina Santa Catalina reservada al Rey Melchor.

Querida Milagros, durante algún tiempo, al mirar tu fotografía no te reconocía, pero yo sentía que te amaba y ese cariño, me hizo rescatar los recuerdos perdidos.

Pese a todo el dolor vivido, no me arrepiento de haber ingresado en el ejército, al ser reclutado, podría haber pagado y que otro hubiera ocupado mi lugar, pero entonces no tendría la conciencia tranquila.

Cuando desembarcamos en el Rif, nuestro protectorado de Marruecos resulto ser un terreno baldío, sin riqueza alguna, una cordillera llena de barrancos en medio del desierto. Donde vivían multitud de tribus que hasta entonces se peleaban entre ellas, por ese miserable páramo de tierra en el norte de África, y que se unieron para luchar contra la «España invasora».

Estábamos en una guerra inútil, dirigidos por un general incompetente, amigo íntimo del rey. Bajo su mando había jefes corruptos y oficiales jóvenes, deseosos de ascender por méritos de campaña. Todos ellos nos condujeron a la boca del lobo, al ganar territorio sin asegurar la retaguardia, quedamos rodeados por el enemigo a más de cien kilómetros de Melilla, sin escapatoria, ni posibilidad de recibir refuerzos.

En el mes de julio, nuestros compañeros caían bajo el sol del desierto, con hambre, sed y piojos, a mano de franco tiradores moros qué, al disparar, decían:

¡Una bala!

¡Un tiro!

¡Blanco!

¡Y español muerto!

Aquello se convirtió en una carnicería, los oficiales huyeron, dejando a la tropa desamparada en Anual, donde 10000 hombres buenos encontraron la muerte, sin poder regresar sanos y salvos al anhelado hogar, del que fueron arrancados.

En esas condiciones comencé a caminar sin rumbo, junto a mi compañero Emilio, estábamos malheridos y teníamos la mirada fija, en los buitres que sobrevolaban el campo de batalla, donde yacían nuestros compañeros. Los supervivientes transitaban errantes por ese infierno, con el juicio perdido.

Al llegar a un barranco, nos comenzaron acribillar de nuevo, todo parecía acabado, pues estábamos desarmados. Hasta que apareció el Regimiento de Caballería Almansa y sus componentes dieron sus vidas heroicamente, por salvar las nuestras.

Estaba muy cansado, no sentía mi cuerpo lleno de heridas, pero me dolía el alma, tenía hambre y una sed insufrible, cuando logré llegar a Melilla, donde comencé a beber agua convulsivamente, entonces entre en estado de shock.

Semanas después desperté en una clínica, con la memoria perdida. Al principio veía rostros de personas, sin saber quién eran, pero que estaba seguro de conocer. Luego comencé a presenciar escenas de mi propia vida, como si fueran de otra persona. Un día, al contemplar la cara de Milagros en la foto de mi cartera, el rompe cabezas, se empezó a unir.

Una vez recuperada la memoria, aparecieron la nube negra, la pena y el dolor, al tener conciencia de todo lo vivido, no tenía fuerzas para salir de la cama, miraba por la ventana sin ver.  Hasta que una mañana, a principio de noviembre, vino a despedirse Emilio y me dijo llorando:

“Amigo, para esto haberte muerto en Anual, yo con la pierna amputada, esta Navidad la paso en mi casa de Sabiote”.

En ese momento, comencé a contemplar la belleza del cielo azul de Málaga, a sentir la templanza de su otoño y le contesté:

De acuerdo nos vemos la víspera de Reyes en Úbeda que, es terreno neutral.

Desde entonces, paso a paso, comencé a recuperar la alegría de vivir y las fuerzas necesarias para escribir, diciéndoles que este año, por fin, pasaremos las navidades juntos y en familia. Pues dentro de unos días recibiré el alta médica, junto con la licencia del Ejército. En ese momento comenzaré a vivir la vida que, siempre, quise tener.

Atentamente, se despide de ustedes Manuel.

Posdata:

Madre para la Misa del Gallo, sáqueme el abrigo de cuando tenía catorce años, estoy igual de delgado y no quiero que huela a alcanfor.

Médico y fraile

Cuentan que la Madre de Dios se apareció a San Pedro Nolasco, solicitándole la libertad de los cristianos cautivos de los moros. El religioso, aconsejado por San Raimundo de Peñafort y con el mecenazgo del Rey Jaime I de Aragón, instituyó con tal misión la Orden de Nuestra Señora de la Merced y Redención de Cautivos. Siglos después, los hermanos mercedarios, estaban celebrando, con júbilo, esa aparición mariana y su fundación, en una procesión de mañana.

Donde Fray Martín, agradecía a Nuestra Señora que Ella, le hubiera concedido el don de sanar. Él, siendo un jovencísimo novicio, fue instruido en la fitoterapia, aprendiendo que plantas eran beneficiosas para la salud y como cultivarlas. Disfrutaba en la botica, elaborando fórmulas, remedios, ungüentos, potingues y ordenando los fármacos con esmero. En los momentos en que el “Ora et labora” se lo permitía, se perdía en la biblioteca para estudiar los tratados del filósofo y cirujano, Claudio Galeno Nicon de Pérgamo.

Por ello, la orden decidió mandarle a “La Escuela Médica Salernitana” en Italia. Allí, en los días de la Peste Negra, él, como religioso, no tenía duda: aquello podía ser “un castigo divino”.

Pero como científico, aprendió de un acreditado “mege y físico [1]” judío-aragonés, que la enfermedad era propagada por las purgas que parasitaban a las ratas, siendo la única manera de combatirla, la caza y quema de los roedores. Además, se debían extremar las medidas de higiene, encalando las casas e hirviendo las ropas para su limpieza. Gracias al seguimiento de estos consejos, comenzó a disminuir la incidencia de la pandemia.

Una vez finalizada su formación, andando de peregrino por Oriente Medio, camino de Tierra Santa, estudió las avanzadas técnicas quirúrgicas de los árabes. Y viajando a Granada, para negociar el rescate de los católicos, esclavizados en el reino Nazarí, pudo aprender de los profesores de la madraza [2].

El resto de los religiosos del claustro mercedario, guardaban con sigilo y en secreto los libros del fraile galeno, esos que podían acabar con su dueño en la hoguera de la inquisición. Era el mejor médico de Castilla y no dudaba, en acudir a la llamada de los hermanos del hospital de San Antonio Abad, para paliar los efectos del “fuego sacro”. Mientras, en el sanatorio de la Encarnación, trataba la rotura de huesos o dislocaciones de las articulaciones, inmovilizándolas con vendas impregnadas en una masa de yeso y huevo.

Al paso de la procesión, los baezanos contaban que fray Martín, la tarde anterior, había pinchado una catarata, con un punzón, deslizándola hacia un lado, para dejar el centro del ojo sin opacidad. Luego, lo limpió con agua de manzanilla; le puso un ungüento de manteca de cerdo y lo cubrió con una compresa. Mientras, oraba con su paciente, a los santos fundadores de la Merced, para que la bordadora recobrara la vista.

Esa mañana, el galeno, se hacía acompañar en el rezo del Santo Rosario, por el Conde de la Loma, que en su juventud fue un hercúleo guerrero, pero al que la inactividad, el buen comer y mejor beber, le habían convertido en un obeso.

Desesperado, acudió al hermano Martín, para poner fin a su desorden. Este, al verle, encontró una solución. Coserle la boca, alimentarle con líquidos y hacerle pasear. Tras unos meses de dieta de choque, el paciente comenzó a comer: fruta, verduras, hortalizas, legumbres, frutos secos, carnes blancas, pescado y corría a diario por las Montalvas. Una vez terminada la cura de adelgazamiento, no había vuelto a probar el alcohol, la ternera roja y el cerdo embutido. Al mismo tiempo seguía haciendo ejercicio, para no engordar de nuevo.

El noble, agradecido por el resultado conseguido, concedió al religioso los dineros necesarios, para la construcción de la portería del nuevo convento de la orden, junto a la Puerta de Úbeda, y su decoración con una pintura del Cristo de las Necesidades, ya que el viejo claustro de la congregación, en el camino de Jaén, donde en su día estuvo la Ermita de San Bartolomé, se encontraba en la ruina más absoluta.

Esa noche, tras el rezo de completas, y ya en su celda, Martín, con paciencia, realizó una muela en hueso de cerdo. El molar, sería implantado en la boca del prior, fijándolo a las piezas sanas, con hilo de oro. También, tenía que preparar un empaste de resina y sal de alumbre, para cubrirle una caries.

En el pasillo, el roce de las sandalias en el suelo anunciaba Maitines, cuando aún, no había salido el sol. Al finalizar la primera oración del día, el hermano archivero, le dijo:

 “Martín, te espero después de Laudes.”

Cuando llegó a la biblioteca, el librero le entregó, un manuscrito de la enciclopedia de Albucasis, el mejor médico de la historia, hasta ese momento y que había nacido en Medina Azahara. Mientras, le decía:

“Los otros veintinueve, los traeremos poco a poco, para no despertar sospechas. Escóndelo bien, tan solo tú, sabes de su importancia y lo que nos podía pasar si nos descubrieran.”

Martín, pasó el resto de sus días estudiando sus libros de medicina y ocultándolos bajo el manto de la Señora de la Merced.


[1] Denominación de los médicos en Aragón en el siglo XV.

[2] La Madraza de Granada, era una universidad donde se enseñaba matemáticas, medicina y derecho.

¡A paso mudá!

Una historia de la antigüedad

Puede parecer que haga siglos de esta historia, pero tan solo han pasado veinte años. Por entonces, la información meteorológica; se daba al final del telediario o en la última página de los periódicos, junto a los crucigramas. No existían web o aplicaciones, cómo “el tiempo punto es”.

En esos días, la única manera de predecir la lluvia en Baeza; era consultar al cerro Az-Naitín. Si este tenía por montera una nube, llovía seguro. Aquel Domingo de Ramos, tras examinar nuestro oráculo local y con mucha incertidumbre, comenzó nuestra estación de penitencia.

A la voz de: ¡nos vamos! Sin darnos cuenta, los costaleros estábamos fajados, bajo las trabajaderas y el trono de Jesús del Amor en su Última Cena, en la calle. Justo, en el momento de la salida, aumentaron las nubes que, al llegar a la plaza del Pópulo, cubrían por completo el cielo de negro. Fue entonces, cuando se eliminó del recorrido el tramo más duro; el ascenso por las calles Platería, Iglesia y Puerta a los Descalzos, para luego descender por San Francisco.

Luis Curiel, nuestro capataz, nos dirigió directamente a la tribuna, situada en el Prado de la Cárcel, frente al ayuntamiento. Donde apareció un rayito de sol, nos íbamos a librar del agua. Y realizamos nuestro paso ante el estrado de autoridades, “roneando”, al más puro estilo santa cenero. Entonces, antes de finalizar el trance, surgió una voz diciendo:

“A tambor y paso mudá, hasta el Paseo. Está lloviendo”

Sin bajar el trono, nos cuadramos, nos dimos ánimos y nuestra adrenalina, comenzó a descontrolarse.

En la puerta del Mercantil, Luis nos iba arriar, pero entonces otro insensato, marco el siguiente objetivo:

“A Sementales”

En ese momento, la responsabilidad y el sentimiento cofrade nos unió, para hacernos caminar con coraje.

En la calle Compañía, sin nadie decirlo, sabíamos que íbamos a parar en la Catedral, cuando Curiel, martillo en mano dijera:

¡Ahí quedó!

Y subimos la cuesta de San Felipe Neri y la plaza de Santa María, dejando a tras algunos penitentes.

Al llegar, a la lonja del primero de nuestros templos; las cornetas y trompetas empezaron acompañar a los tambores y bajo la lluvia sonó una marcha. No fue nada sensato, pero en ese instante, mandaba el corazón; esa marcha era para nosotros. Nos habíamos ganado el derecho, a “ronear[1]”, durante cuatro minutos. Pues éramos, somos y siempre seremos: costaleros de la Santa Cena de Baeza.

Una vez dentro del templo, tras posar el paso en el suelo; abandonamos con un sabor agridulce las trabajaderas; con la satisfacción del trabajo, bien hecho. Pero, con la pena causada por la lluvia. Mientras que nuestros hermanos, nos dedicaban un cariñoso y sentido aplauso. Una vez finalizada, la estación de penitencia de Jesús del Amor, llego el rezo de la Salve a la Virgen de la Paz, la Señora, aún se quedaba en la soledad del templo.

Entonces, fue cuando me di cuenta, el agua había pasado de las esparteñas a los calcetines y de estos a mis pantalones, para empapar el paquete de tabaco, guardado en el bolsillo. Con lo que me apetecía un cigarro. 

Hoy aquel día tan duro, es uno de los mejores recuerdos, de mi paso bajo los tronos.

Fuimos, en el más amplio sentido de la palabra, una cuadrilla de hermanos costaleros.

¡Gracias, compañeros!

Ginés Vera Contreras


[1] En la jerga cofrade: caminar presumido de algunos costaleros bajó los pasos.

El viajero

En el año 1917, en el industrial Liverpool, vino al mundo en el seno de una familia metodista Liam, quién, siendo un adolescente, se trasladó a vivir al literario Dublín. Allí, para disgusto de sus padres, que hubieran deseado un abogado, aprendió castellano y estudió historia. Después de la universidad, sobrevivió en Londres dando clases de español, mientras escribía un libro sobre los místicos: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Durante la Segunda Guerra Mundial, hizo amistad con Francisco, un viejo baezano capellán de su compañía. A los dos les gustaba leer a los escritores del 98 y los poetas del 27. Una vez concluida la contienda militar, cuando el sacerdote bautizó a su amigo como católico, le regaló las obras completas del “Padre Maestro” San Juan de Ávila, el Apóstol de Andalucía

El camino

Cuando las playas españolas se llenaban de suecas en bikini, Liam, el último viajero romántico, andaba camino del Paseo de los Tristes de Granada, para recitar el Romancero Gitano, a los pies de la Alhambra. Luego sus pasos, le llevaron ante el mausoleo barroco de San Juan de la Cruz en Úbeda. A él, de niño un estricto puritano y en su vejez un católico converso, le emocionaba la exuberancia del arte religioso andaluz. Además, le sorprendía cómo los ibéricos pecaban sin preocupación, al poder confesarse y arrepentirse para ser perdonados.

El caminante recibió la aurora, adivinando en el horizonte su destino, la majestuosa torre de la Catedral de Baeza. Por el camino de San Antonio, el sol emergía sobre las sierras. El Guadalquivir transcurría entre los campos, como una sierpe plateada. La blanca trama, con destellos amarillos, florecía en los olivares, y en las parras, unas hojillas verdes anunciaban su fruto. Mientras que en las lomas la brisa jugaba con las espigas de trigo.

Baeza

Al entrar en la ciudad de su mentor, le recibió una fuente neoclásica, con pilar, pileta, caño y el escudo de la localidad. En ese lugar conocido como el Arca del Agua, el caminante se sentó y para remojar sus pies, se quitó las botas con las que había desembarcado en Normandía y que aún seguían en buen uso.

Mientras se calzaba, se sintió observado por el Guardia Civil que, con capote, tricornio y mostacho, custodiaba la puerta de la Casa Cuartel. Su mirada era un aviso: “en este lugar reina la ley y el orden”. Contiguo a las dependencias de la institución benemérita, se encontraba el campo de fútbol. “Ese deporte de caballeros, practicado por innobles bravucones; inventado por los ingleses y al que jugaba bien todo el mundo, menos los británicos”.

Al finalizar la Reconquista, la hidalguía abandonó el barrio del Alcázar, para instalarse a vivir junto a la Iglesia de San Pablo, que daba nombre a la calle noble de la ciudad. Esta contaba con sus grandes casas señoriales o palacios como el de los Sánchez Valenzuela, que había sido convertido en casino, y donde las gentes de un pasado efímero se animaban ante el azar prohibido, la vida de un torero o las hazañas de un bandolero.

Siguiendo por la misma acera del templo, se encontraba el Hotel Comercio, durante muchos años único lugar de alojamiento de la población y donde se hospedó Don Antonio Machado, para vivir a solas la ausencia de Leonor. En una habitación contigua a la que fue del poeta, Liam se acicalaba cuidadosamente: los zapatos lustrados, camisa blanca almidonada, traje, corbata y panamá blanco en la cabeza. Era un día grande para los españoles que vestían siempre adecuadamente, incluso los más desfavorecidos.

En otras poblaciones de la península, al sitio de encuentro vecinal, donde se celebraban las fiestas, el mercado y las ejecuciones, se le conocía como plaza mayor. Pero los baezanos, a este sitio, le denominaban “El Paseo”. Una gran superficie rectangular, rodeada de soportales y con la fuente de la Estrella en su zona central.

Ese mediodía, en la parte superior, bajo la torre de los Aliatares, las gentes esperaban expectantes la procesión del “Paso”, en la que se evocaba el encuentro de la Virgen María, con la Santa Mujer Verónica, San Juan y Jesucristo, en la calle de la Amargura. Al contemplar tal espectáculo, Liam, quedo ensimismado por la belleza de las tallas y el arte que había en esa forma de explicar la Pasión, tan lejana del triste puritanismo protestante.

Una vez finalizada la ceremonia, entró a un bar conocido como los Pinetes. Para comer, cumpliendo con la vigilia, pidió una ensalada de tomate, cebollita y habitas tiernas, junto a un riquísimo Bacalao a la Baezana. Para refrescarse bebió Cerveza el Alcázar, que de gusto con cierto remordimiento, pues le parecía estar infringiendo el precepto.

La tarde la pasó descubriendo lugares, como la Fuente de los Leones, presidida por la dama Imilce esposa de Aníbal Barca. Entrando en la Universidad Santísima Trinidad, donde fue profesor, su venerado Juan de Ávila. Y viendo en el pórtico del Palacio de Jabalquinto, la talla lujuriosa, de algunas mujeres desnudas.

La noche era una certeza, cuando al subir por la Cuesta de San Felipe Neri, se encontró con el antiguo Consistorio, la fuente de Santa María y la impresionante fábrica de piedra renacentista del Seminario. Mientras que, de la majestuosa Catedral, estaba saliendo la Procesión General. Los tronos desfilaban según riguroso orden de Pasión, precediendo al inmenso catafalco plateado, sobre el que descansaba la imagen de Cristo Yacente, era el entierro del Señor. El silencio y el respeto se hacía notar en el ambiente, mientras sonaban marchas fúnebres, interpretadas por la banda de música

Caía la madrugada cuando Liam, regresaba de ver encerrarse la última cofradía, caminando cansado con las manos en los bolsillos y suelto el nudo de la corbata. En fin, un poco derrumbado, cuando pensó:

“Francisco me ha hecho un nuevo favor, este no es un mal lugar para vivir”.

La Virgen del Rossell y el ballestero.

En Baeza, encontraron entre los restos de un incendio, a un imaginero muerto y junto a él, la hechura intacta, de un crucificado con la epidermis oscurecida por el humo. La imagen fue alojada en el Santuario de la Yedra para su veneración; en el mismo sitio, donde milagrosamente la Virgen del Rossell, devolvió la vista a un musulmán ciego.

En la pila bautismal de esa ermita, recibió el Santo Sacramento Bartolomé, que con siete años era tambor de órdenes y a los dieciséis juró: “No ceder ni perdonar al enemigo”; al entrar a formar parte de la “Compañía de los Doscientos Ballesteros del Señor Santiago”. Era un hidalgo baezano, de los de baja estopa; valiente, pendenciero y temeroso de Dios, que, al ser expulsado de la orden militar, por agredir a un superior; se unió como mercenario a las huestes del Rey Fernando II de Aragón.

En el sitio de Málaga fue destinado al campamento del río Guadalimar, donde los hermanos de la trinidad habían convertido un viejo caserón en la capilla de San Pablo, para atender las necesidades espirituales del ejército cristiano. Una tarde, el antiguo ballestero se dirigió al templo para aliviar sus yerros y el sacerdote le recomendó viajar a Roma, pues tal era la gravedad de sus pecados, que debía ser el Papa quien le diera la absolución.

Sumido en sus remordimientos, partió a su misión y al llegar a la playa, el miedo se apoderó de él, sin saber nadar, debía patrullar la costa en una jábega [1], para vigilar que los nazaríes del Reino de Granada no rompieran el cerco y abastecieran a sus hermanos del alcázar de Gibralfaro. No había nubes, ni corría viento; pero de pronto el Mediterráneo se encolerizó y surgió de sus aguas un crucificado negro, que le habló del siguiente modo:

“Dedica tu vida a Dios y la Virgen te guiará”.

Una vez en tierra, Bartolomé se dirigió a la pequeña capilla que los baezanos tenían en la Trinidad, depositando una rosa blanca junto al cuadro de la Virgen del Rossell; la flor, de inmediato, se tornó roja, por los asesinatos cometidos por aquel hombre, que comenzó a quedarse ciego, mientras una voz reconfortante le decía:

“El día que tu corazón sea limpio, esta rosa, nuevamente será blanca y saldrás de las tinieblas”

Tras estos acontecidos comenzó a vivir en una choza, junto al convento de la Trinidad, donde asistía al rezo de laudes, tercia, nona, vísperas y completas. En sus oraciones de primero de agosto, auguró una detonación bajo la torre de Gibralfaro y que la victoria cristiana llegaría en la jornada del día dieciocho. En Málaga no hubo capitulaciones; fue tomada rendida y asegurada. Cuando Isabel y Fernando entraron triunfantes en ella, los supervivientes de la belicosa población musulmana, habían sido hechos esclavos.

Al finalizar la guerra, en las calles malacitanas, había un gran número de huérfanos cristianos. El ciego comenzó ayudar a estos niños, convirtiendo los alrededores de su chamizo, en un asentamiento de muchachos.

Todas las mañanas el antiguo ballestero, visitaba devotamente a la Virgen del Rossell, e inexorablemente cada día la rosa blanca, seguía siendo roja. Pero cómo agradecimiento a sus visitas, Ella, le mostraba cómo formar a esos niños en un oficio y en cómo iniciarles en el Magisterio del Señor Jesucristo. 

De este modo, comenzaron a cultivar viñas, hicieron uvas pasas y un excelente vino dulce, que los frailes utilizaban en misa. Un día el ciego se armó de valor, para subirse de nuevo a una barca y enseñar a sus discípulos a pescar; capturaron tal número de sardinas, chanquetes y caballas, que pudieron secar los peces más grandes al sol, colgándolos de perchas.

Durante el asedio, hubo una familia musulmana que colaboró con los cristianos, entregando la ciudad; por ello pudieron quedarse a vivir en Málaga, disfrutando de sus riquezas. Y al convertirse a la fe cristiana, llegó el momento de catequizar a sus mujeres; entonces los frailes pensaron en Bartolomé, que ya era sacerdote, como guía espiritual para ellas, pues un invidente no podía ser hechizado por su hermosura. 

Pero antes debía contar con el favor de la soberana de Castilla, madrina de esas damas, que al verle le interrogó del siguiente modo:

–        Cuando los Bandos de Baeza, ¿con quién estuvo?

–        Yo, señora, siempre fiel a Dios y a su Católica Majestad.

–        Pues sea, como se dé su transformación, le confío a estas nuevas cristianas.

–        Señora, no tenga duda, cumpliré con mi deber con Nuestra Santa Madre, su hijo Jesucristo y con usted.

Pasaron los años y en el convento de San Francisco; donde la Congregación de Ánimas, se veneraba a un crucificado. Un viejo sacerdote sin vista, cuidado por los frailes, rezaba en una celda a la Imagen de su Virgen del Rossell, cuando la rosa roja que había a los pies de la Señora se convirtió en blanca y el ballestero, soldado, cura y confesor recobró la vista.

Nota:

Quien haya leído hasta aquí y conozca la Semana Santa de Málaga, se habrá dado cuenta de la influencia de leyendas en el texto, como las de Zamarrilla, Animas de Ciegos, el Arcabucero y el Cristo de la Sangre.

Y cómo no, de las de la Virgen del Rossell y el Cristo de la Yedra de Baeza.


[1] Embarcación de pesca, típicamente Malagueña.

El balcón de la feria

Cuando alguien me llama “bambolla”, yo siempre le digo: que sí, que tengo el honor de sentirme baezano. Aunque, cuentan de mis primeras vacaciones en Baeza; que me las pasé llorando, aburrido y deseando regresar a Madrid.

Pero de eso yo, no tengo memoria; mis primeros recuerdos de feria, son los de un montón de niños, al cuidado de mi tía Alfonsa. Ella, nos dejaba jugar hasta que nos dormíamos de cansancio; mientras los mayores se iban a un lugar misterioso, llamado Caseta Municipal.

El día de la Virgen las mujeres amanecían en la peluquería y los hombres echando la ligá en el bar del Salí. Al mediodía, para celebrar el santo de mi prima Alcázar, comíamos todos juntos; en alguna ocasión la sobremesa acabó a tartazos y con los peinados de nuestras madres, llenos de merengue.

Por entonces, venir a Baeza en el Renault 8 de mi padre, suponía cinco horas; después de pasar Despeñaperros y Matacabras; en España, no había sociedad protectora de animales.

Cuando me vestí de almirante, para acompañar a la Virgen; el resto de niños parecían mis hijos, en Madrid hacíamos la comunión con diez años y aquí con siete, les sacaba más de una cabeza a todos.

El verano de octavo de EGB, llegué a la feria de Baeza, con cuatro cates para septiembre, me la pasé estudiando, menos mal que mis padres, me levantaron el castigo y pude ver el concierto de Víctor Manuel y Ana Belén, en la piscina. La verdad es que disfruté de canciones como: “el Abuelo, en la Planta Catorce, el Cobarde y Quien Puso Más”; pero mis amigos y yo, solo tuvimos ojos para Ana.

La vida continuó, entre Madrid y el Arroyo de la Miel; siempre añorando la tierra prometida; y el 8 del 8 del 88, una fecha fácil de recordar, compramos el piso en Baeza.

A partir de entonces, la feria empezaba en mi casa, la madrugada en que llegaban los feriantes y comenzaban a dar martillazos, para montar los cacharritos antes de que apretara el calor. Éramos espectadores, de cómo ese poblado efímero, iba creciendo sin prisa, pero sin pausa: con las sillas voladoras, el tren de la bruja; hasta que de pronto, el aroma a garrapiñadas del puesto de turrones de Los Baezanos, nos hacía salivar. Entonces mi padre me decía:

“Niño, haz algo por tu madre, baja y cómprale una bolsita de garrapiñadas”.

“Papá, no ves que está cerrado”.

Al final acababa bajando, para comprar fruta escarchada, mazapán, turrón y como no, garrapiñadas, que nos duraban hasta antes de Navidad.

Mi balcón, era la mejor caseta de feria; un formidable mirador, bajo el que todo el mundo pasaba; era divertido, observar sin ser visto, me sentía cómo “James Stewart en la Ventana Indiscreta”. Pero sin “Grace Kelly” a mi lado.

La tarde de la inauguración, mi comedor se llenaba de gente, para disfrutar de los gigantes y cabezudos. Mientras tanto, en la acera, los adolescentes, jugaban a ser mayores. Para muchos era la primera salida sin sus padres; ellas ataviadas con sus trajes de gitanillas, roneaban zalameras delante de ellos; vestidos para la ocasión con deportivas, bermudas y Lacoste.

El resto de noches, a las nueve, con puntualidad británica, sonaba el bocinazo de los coches de choque, entonces se rompía la tranquilidad; la avenida de Puche Pardo, se llenaba de carritos de bebé, empujados por matrimonios jóvenes y de nietos vigilados por sus abuelos. Cuando estos tomaban asiento en Callejas para cenar; la gente de mediana edad, comenzaba a pasear por los puestos de los paseíllos; hasta el momento de disfrutar en las casetas tradicionales: de jamón con queso, chorizos, ochíos con morcilla y de un vino fino fresquito; viendo bailar sevillanas.

Los jóvenes mientras estábamos en los pubs de la Trinidad: Burladero, Bahía, Bolero y Sintra, hasta la hora del concierto, en la estación de autobuses de la Cristalera.

Allí pudimos ver a Danza Invisible, Dinamita para los Pollos, la Unión y 091, entre otros; si bien el lugar, no gozaba de la mejor acústica del mundo.

Al finalizar el espectáculo, mi calle se llenaba de vida, todos íbamos camino de las casetas de marcha; donde podíamos continuar la juerga. En ese momento, solo me quedaba una opción, seguir la fiesta y aguantar hasta el chocolate con churros; el jaleo no dejaba dormir en casa. Pero mi madre se acostaba y tranquilamente se ponía a escuchar la música; se sabe todas las canciones de la época.

Desde hace años mi calle, ya no es el ferial; pero cada mañana, desde mi balcón, disfruto de mi tierra prometida.

Ginés Vera Contreras

El donante

Jacob, ya estaba desvelado cuando a las seis de la mañana, sonó la marcha “Reo de Muerte” en su despertador y su mujer al oírla gritó:

“¡Qué alguien calle esas malditas trompetas!”

Él la besó y con infinita paciencia, le pidió:

Raquel, cariño levántate”.

¡Porfa! ¡Cinco minutos más! Y se durmió.

Entonces, Jacob introdujo la cápsula de “Fortaleza Platinium”, en la “Piccolo macchinetta del caffé” y la cafeinómana se incorporó susurrante:

¡Gracias, eres mi George Clooney!

Entonces, después del tiempo para la ternura; se pusieron sobre sus monos de triatletas, el chándal de “Baeza, Ciudad Patrimonio de La Humanidad”, para bajar a desayunar. En el comedor del hotel, les esperaba el abuelo Isaac y hasta el segundo café (cuarto para Raquel) no llegaron José y Benjamín; los muchachos comían como las doce tribus de Israel Juntas: fruta, cereales, tostadas, algo de pasta y un trozo de pastel. Solo era cuestión de matar el hambre, la carga de hidratos de carbono la habían hecho el día anterior.

En la furgoneta todo estaba colocado en perfecto orden, primero los neoprenos de la natación, después las bicis con sus cascos y al final las zapatillas para la carrera a pie. Los cuatro triatletas, al ver aquel despliegue de medios, que con tanto cariño había realizado Isaac; se lo agradecieron con un abrazó.

Antes de la salida, Raquel dirigió una pequeña oración familiar al Cristo del Rescate y a Nuestra Señora de la Trinidad; acabado el rezo, guardó en su pecho, junto al corazón, la estampa de sus dos devociones; mientras su hijo pequeño bromeaba diciéndole:

“Mamá, con tanto peso, no me extraña que te quedes en las cuestas”.

Ella le dio una colleja, que sobre paso lo cariñoso y le reprendió:

“¡Mira qué eres ganso!”

Pero lo que más le dolió a Benjamín, fueron las risas de los demás.

Para ellos, acostumbrados a la piscina climatizada, del balneario de San Andrés, en Canena; nadar durante ochocientos metros en un lago con: el agua helada, rocas, peces y vegetación; fue un verdadero calvario; pero cubrieron el expediente con dignidad.

La primera transición fue rápida, gracias al abuelo qué les recogió los neoprenos; mientras ellos se calzaban las calas de sus bicis y se ajustaban los cascos; además, Isaac, que era un “máquina” les había sorprendido de nuevo, los bidones del avituallamiento, estaban llenos de café calentito.

Los dos hermanos comenzaron a darse relevos, dejando atrás a sus progenitores; descendían a tumba abierta y al entrar en una curva, las ruedas traseras derraparon; José impactó contra los guardarraíles, mientras Benjamín volaba por encima de ellos, cayendo por un barranco. Raquel frenó, se bajó de la bici, eran sus hijos, el mayor sangraba en la cuneta, al pequeño no se le veía y su marido se desmayaba. Mientras ella ayudaba a Benjamín a subir a la ambulancia, los sanitarios estabilizaban a José y los espectadores reanimaban a Isaac.

Inmediatamente, comenzó el traslado en ambulancia de los accidentados, les seguía un monovolumen donde la madre comenzó a llorar, en los brazos de su marido. En el lugar de la transición a la carrera a pie, el abuelo impaciente porque su familia no llegaba; fue recogido por el vehículo de la organización, donde viajaban su nuera e hijo.

A Benjamín las pruebas le descartaban lesiones de consideración y en cuanto le dieron algunos puntos de sutura, recibió el alta médica. Pero José estaba en coma inducido, necesitaba un trasplante de hígado. Ella ya lo sabía, lo había presentido, su hijo estaba grave, por eso no fueron necesarias palabras, Jacob y el abuelo la acompañaron a la capilla.

De pronto entró en el oratorio, el hermano pequeño, completamente eufórico y vociferando:

“¡Somos compatibles, yo puedo donar, mi hermano vivirá!”.

Justo después, de firmar los consentimientos, donante y receptor entraban en el quirófano.

Un año después Raquel, se levantó, miro desde su ventana el cielo estrellado, una gran luna llena se retiraba por poniente, era la mañana del Jueves Santo en Baeza.

Al escuchar en el despertador, de su marido, la marcha “¡A la Gloria!» pensó, hoy va a ser un buen día. En la cocina los dos hermanos, se alimentaban con el apetito propio de la juventud, mientras el abuelo, que se comía una tostada con aceite, los miraba con felicidad.

Después de desayunar se vistieron sus túnicas de penitencia, ellos eran hombres de trono del Cristo Cautivo de Baeza; ella pertenecía a las mujeres portadoras de Nuestra Señora, desde que siendo Raquel casi una niña, la Virgen de la Trinidad, salió llevada a varales por primera vez.

Al llegar la procesión a la tribuna, desde el suelo, una mujer vestida de penitente, se arrancó con una saeta a Nuestro Padre Jesús del Rescate, le mostraba su gratitud por cuidar de su familia. Al finalizar la desgarrada oración, depositó a los pies del Señor; un casco de ciclista, tenía manchas de sangre y estaba partido, gracias a él, Benjamín se había salvado y le había dado la vida voluntariamente a su hermano.   

 Corpus Christi

«En las viñas, las uvas, se tornaban de rojo.

Sangre de Cristo.

Sobre los trigales, el sol doraba las espigas.

Pan de Vida.«

La víspera del Corpus, los baezanos, asistían a misa en la Catedral.

Luego, en la Plaza de Santa María, al caer la noche, el Consistorio, junto con el Consejo Catedralicio, organizaban los festejos: toros, juegos, música, baile y vino.

Pero quienes ponían los dineros, eran doña Berenguela, marquesa de las Tres Fuentes, y su hermana Alcázar.

Esa tarde, ambas paseaban junto a su amiga sor Ángeles, visitando los altares, alfombras y monumentos, construidos en honor del Santísimo. Arte efímero, que desaparecería tras la procesión, del día siguiente.

Entonces, vieron venir corriendo hacia ellas, a Juan de Ávila, que salía de la nueva universidad; y Berenguela, sonriendo, dijo a sus dos acompañantes:

“Este, como siempre, viene a por dinero”.

“Sí, pero por ser un hombre justo y sabio; se puede contribuir a sus causas” dijo Alcázar.

Mientras la monja, destacaba su condición de hombre santo:

“Tiene oídos, para escuchar la palabra del Señor, y ojos para ver en el corazón de los hombres”.

“Dios sea con vosotras, hijas mías”

“Que se le ofrece reverendísimo”

“Tengo un problema, querida marquesa; como bien sabéis, encargué unos trajes de angelitos y apóstoles, para vestir a los niños en la procesión de mañana”.

A lo que doña Berenguela contesto:

“Y no tiene recursos para pagar, tal dispendio. Pues no se apure, yo me hago cargo”

Entonces, el padre Ávila, agradecido, ofreció los trajes de San Juan y San Andrés, a los hijos de sus dos bienhechoras.

Las dos hermanas aceptaron, encantadas.

Mientras, sor Ángeles sonreía. Ella también pensaba, aflojar la bolsa de sus amigas.

Luego del encuentro, ellas siguieron su camino, cogidas del brazo, y en su charla la marquesa afirmó:

“Solo, la mucha plata, nos da a las mujeres respeto e independencia”.

Las tres, eran amigas desde la infancia.

Berenguela, quedó huérfana de madre, siendo muy pequeña y al cuidado de doña Josefa, su abuela paterna que, además; se encargaba del cuidado de la hacienda; pues su hijo era un borracho pendenciero.

La mujer preocupada, por la soledad de su nieta, buscó dos niñas de su edad, para que le hicieran compañía y jugaran con ella.

La primera en llegar, fue Alcázar; fruto de la relación del marqués y su amante; con la que vivía, en el cortijo de caza del señorío, en Sierra Morena.

Poco después llego Ángeles, que había sido comprada, como esclava en un mercado de Sevilla.

Pero doña Josefa, que era una mujer de armas tomar, pronto comenzó a darle a las chiquillas, la formación, que su marido no le dejó darle a su hijo.

Lo primero que les enseñó, fue a recitar estos versos:

“Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:”[1]

Como mujeres de su época, aprendieron a bordar y a coser; pero también fueron instruidas en matemáticas, latín o geografía.

Sin descuidar nunca, sus obligaciones cristianas.

La abuela, que sobrevivió a su hijo; casó a su nieta Berenguela, con un noble baezano; interesado en dar soporte económico a su blasón y escudo.

A su otra nieta, Alcázar, la doto con casas y tierras; para unirla a un joven hidalgo, con mucho don y poco din; miembro de los Doscientos Ballesteros del Señor Santiago.[2]

Ángeles, siendo una adolescente, recibió también su caudal y la libertad, pero decidió permanecer junto a doña Josefa, hasta el día de la muerte de esta.

Entonces entregó su fortuna, a una orden religiosa y tomó los hábitos en un convento de Sevilla.

Donde fue tan libre, como el resto de sus hermanas; podía colaborar y ayudar a la hermandad de los “Negritos”.

Los hermanos de esta cofradía, debían ser negros libres, además tenían que contribuir con un pago de 12 ducados y seis gallinas anuales.

Pero sor Ángeles, sobre todo auxilió, a las ancianas de su raza; que eran liberadas por sus señores, cuando se convertían en una carga económica.

Entonces, cuando no servían ni para rameras, fallecían sobre el fango de las calles.

La monja con trabajo, dedicación y empeño consiguió una casa, donde darles acogida, en sus últimos días.

Mientras Berenguela y Alcázar, vieron a sus maridos partir a Flandes, para luchar ¡por Dios y el Rey!

Allí, en los tercios, una noche fría de enero, los dos hombres murieron de frío, dentro de una poza; sin más abrigo que su camisa blanca y un jergón de cuero.

Desde ese día, la marquesa dedicó su vida a convertir sus tierras y las de su hijo, en un auténtico vergel.

Parceló las fincas, hasta entonces en manos muertas; para arrendárselas a los jornaleros.

Construyó una almazara, donde sus aparceros llevaban la aceituna, para elaborar un excelente aceite, que se vendía en la corte.

Invirtió en ganado lanar, fibra con la que se elaboraban, los famosos paños baezanos.

Convenció a su hermana, para que construyera un telar, donde manufacturar la lana, que ella le vendía a buen precio.

Pero, además, Alcázar adquirió un horno, donde elaboraba unos panes de masa de aceite, recubierto de pimentón dulce molido y con sal gorda, muy del gusto de los baezanos.

Las dos mujeres, con el dinero que ganaban, comenzaron a financiar a otras, para que abrieran tabernas, puestos de venta en el mercado o talleres de costura y bordado.

La Marquesa y su hermana, seguían recitando el poema, que les enseño doña Josefa.

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?[3]

Por ello, y para que tuvieran una vida ordenada de trabajo y oración; dieron la dote de entrada, en el Recogimiento de Santa Ana: a viudas, esposas repudiadas, jóvenes mancilladas o muchachas que arrendaban su cuerpo.

La madre superiora sor Dolores, superada por la edad, pidió al convento de su orden en Sevilla, el traslado de Ángeles a la casa de Baeza.

La “hermana negra”, pronto comenzó a dirigir el recogimiento de Santa Ana, debido a su inteligencia y gran fe.

Esa mañana del Corpus, mientras veían pasar la procesión, por la puerta del palacio de la Marquesa; las tres mujeres pensaban; cuanto difícil era ganarse el respeto y ser libre, si eras mujer en las Españas de los Austrias.


[1] Juana Inés de la Cruz.

[2] Antigua orden militar de Baeza.

[3] No es un error, es una licencia, Sor Juana Inés y San Juan de Ávila no fueron contemporáneos.

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