Danza invisible

Había danzas invisibles, al amanecer de un tiempo de amor, donde el joven nostálgico, buscaba placeres de contrabando, sin aliento.

¿Amores de barra?

Aquella noche, para conquistar a la rubia platino, entré en el bar de la esquina, vestido de Hugo Boss. Al verla sentada en la barra, me armé de valor, la invité a una copa y después de la tercera ronda, salimos del garito abrazándonos, camino de su casa. Luego, en su habitación, estábamos recreándonos en el juego del placer, cuando se abrió la puerta y apareció su madre diciendo: “lo siento mucho, toma a tu bebé, esta niña es insufrible, no para de llorar”. Aún no sé cómo, la abuela colocó a la cría en mis brazos y la nena, acabo miccionando sobre mi camisa de 400 €.

Pero pese a todo, la noche fue un éxito, desde entonces tengo suegra, mujer e hija. Además, los Reyes Magos, siempre me traen espléndidas camisas.

En una época muy lejana

La diosa del amor, Ataecina, acogía en su templo, los encuentros secretos de la reina Aunia, con su caballero protector. La joven pareja de amantes, disfrutaba de este idilio prohibido, apasionadamente.

El rey de la Loma, al descubrir semejante perfidia, pidió al señor de las tinieblas que, ejerciera su nigromancia sobre los tres desleales. Entonces, el brujo, envió todo el poder de su hechicería contra Ataecina. Al ser la diosa destruida, un frío viento partió del Cerro Aznaitín, helando el corazón de Aunia, mientras la vida a su enamorado, se le escapaba como una hoja en el viento.

Aire

Estaba tumbado en la cama, cuando me transformé en gas. Era divertido fluir, ir de un lado a otro sin ser visto, ascendiendo gracias al aire caliente y descendiendo con el frío, por eso, al cruzarme con un chorro de viento helado de la calle, perdí el control, entré en pánico y no pude remontar, estrellándome en la acera.

Al despertarme, los médicos me habían escayolado entero, tenía cosida la boca y entonces pensé: “Definitivamente tengo que dejar las drogas, tomar alucinógenos mientras escucho Aire de Mecano, no es una buena combinación”

REINVENTANDO EL PRESENTE

Hoy amaneció más temprano que de costumbre, o al menos a mí me pareció tras noches de sueño intermitente en las que bien entrado el alba me sorprendía cubierta entre las sábanas. Bastaron meses de una indiferencia vestida de hastío pero con licencia por mi parte, para que hoy despertara con la premura de quien busca estrenar de nuevo la infancia. Y con ese regusto por la aventura que cada día nos asombraba, los pensamientos empiezan a fluir, mostrándome en fotogramas cientos de momentos ¿Te acuerdas de las tardes sempiternas en el valle donde me enseñaste a mirar frente al sol sin parpadear? ¿Recuerdas agarrados a las piedras saltarnos aquella valla y bañarnos en la alberca? Me reiterabas con esa cara de pícaro y hasta embustero, que no querías ser como la gente decente y que cualquier sentimentalismo nos entorpecía el camino a la libertad.

Contigo aprendí a ser algo mentirosa, descortés y hasta rebelde. Nuestro desacato a las normas no era entendido por muchos, pero ¿qué sabrán ellos?

(169 palabras) Nati Villar

Éramos unos niños, jugando a conjugar el verbo amar, cuando nos escapamos de la opresión pueblerina a la tierra prometida, donde ya se adivinaba el año 2000. Nos apropiamos de todas las revoluciones, corrimos delante de los grises; al grito de “libertad sin ira” derribamos fronteras. Y las noches de la “movida”, acababan al amanecer, buscando la llave del placer.

Hoy, nuestros cuerpos han sucumbido a la fuerza de la gravedad, todo acaba cayendo por su propio peso con el paso del tiempo. Pero cada poro de nuestra piel, se sigue erizando al rozarnos, con un deseo más pausado, pero apasionado. Juntos hemos aprendido a conjugar el verbo amar, por eso no puedo entender, el porqué de mi indiferencia, esa qué, sin tú saberlo, te estaba dejando ir. (114 palabras) Ginés Vera

Pero la rutina tan defendida por inexpertos profesionales como medio de cordura, sigilosamente desató nuestro compromiso, nosotros no necesitábamos alianzas ante nadie y mucho menos ante nosotros ¿Por qué lo hicimos? Ahora en la distancia que el tiempo en su oficio de erudito es capaz de sorprendernos, me da de bruces con la realidad, al menos la mía, no sé, si también la tuya. Qué pronto la memoria ejerció un olvido ruin, ¿por qué lo toleramos? Necesito saturarte con cientos de preguntas, pues desde que empecé a jugar con la poesía y con sus aliadas palabras, el Dios Epimeteo me persigue en una reflexión anclada en el pasado, me agarro a él como medio de solucionar un presente o un futuro que en cambio el Dios Prometeo me tiene vetado. Y en esta recreación que nos hace factible el día a día te propongo o más bien te hago una proposición, ¿qué tal si viajamos a un tiempo desconocido?

(158 palabras) Nati Villar

En el que, vivamos sin red, como lo hemos hecho siempre, retomemos la vida cada día, con el impulso del ayer, desayunando fresas con cava en la cama, viendo amanecer. Escapemos de las exigencias de los hijos, como lo hicimos en su día del dominio de nuestros padres. Viajemos por el mundo, sin rumbo fijo. Tomemos como propias las reivindicaciones de los jóvenes y si ellos no las tienen, creemos nuevas revoluciones. Escribamos sobre las arrugas de nuestra piel, nuevas historias de cálida ternura, con amor apasionado.

No podemos ser unos abuelitos al uso, cuyo único objetivo, es llevar a sus nietos vestidos de azul marino y corbata al colegio; para luego pasar la mañana en el parque, jugando a la petanca. Acomodándonos en la sala de espera del centro de salud, para hacer tiempo, mientras llega lo inevitable.

Quiero beberme cada sorbo de vida y haciendo camino al andar, regresar a mi única patria, tú. (156 palabras) Ginés Vera  

La Cenicienta

Estaba llena de magulladuras. La ceja no le paraba de sangrar y la costilla rota; le dolía hasta el cielo del paladar. Cuando se levantó de la cama, sonrió maliciosamente al ver colgando de una lámpara al principito azul, con su miembro viril erecto, como el de todos los ahorcados.

En el cuarto de baño, mientras su maltrecho cuerpo desnudo se reflejaba en el espejo, pensó: “Cenicienta, eres toda una heroína, como las de Netflix, que te pasas los días matando narcos, mafiosos o terroristas y quizá debería ser el momento de tener la dulce vida de una princesa Disney”.

Entonces gritó: “¡Joder, ni de coña!”

LA MEMORIA HELADA

Caminaba con el diagnóstico en la mano, pensando: “este dictamen es una putada, pero tengo que disfrutar de la vida, antes de perder todos mis recuerdos”. Cuando al pasar por la librería Machado, decidió entrar, tenía que comprar “El corazón helado” de Almudena Grandes, para volver a leer la historia de amor entre Raquel Fernández y Álvaro Carrión. Además, vio un bonito cuaderno con tapas de hule, donde narrar para ella misma, los mejores momentos de su vida. Con él, se sentó en la pastelería de la calle Argensola, donde se puso a escribir, mientras disfrutaba de una torrija, con café. (Ginés) Aquella primera página en blanco se presentaba como un mar inmenso en el que el miedo a navegar debía quedar atrás, había que tomar al fin los remos con firmeza y determinación, tenía que desnudar aquel secreto que tanto tiempo le acompañó, llegar a él a través de la única embarcación que conocía, las letras, aquellas que años atrás vistieron tantos pliegos conformando sentidas cartas de amor olvidadas en cajas de cartón. En ese momento una mezcolanza de pensamientos luchaban por salir, y en tropel comenzaron a recorrer páginas y páginas, ya nada le detenía, la cordura y el respeto por lo establecido que habían apresado sus sentimientos durante tanto tiempo, rompían cadenas. ¿Quién detiene un frío invierno? ¿Quién le pone barreras al mar? Ella lo hizo. Este cuaderno rompería con lo establecido. De pronto, levantó la vista y miró a través de la ventana, anochecía y allí estaba él. (Nati) Entonces salió de la pastelería y cuando lo alcanzó, se besaron pecaminosamente. Tras el lujurioso saludo, Álvaro sugirió ir al piso de la Ciudad Pegaso, donde se encontraban a escondidas. Pero ella, decidió apostarlo todo diciendo: «tengo Alzheimer, hemos cumplido los cuarenta y no quiero esconder nuestro amor, porque seas el nieto de Julio, mi examante. Si lo deseas podemos vivir juntos, en la plaza de los Guardias de Corps, una casa donde no estuvo tu abuelo». Tras abrir la puerta, él la tomó en brazos y le dijo con ternura: “Raquel, cuando no sepas quiénes somos, yo seré el guardián de nuestra memoria” (Ginés)

Volvió a poner la vista en el último fragmento del cuaderno y con sabor agridulce fue consciente de que esta misma situación la había recreado una veintena de veces en su psique. Ni él se encontraba allí, ni ella había tenido la valentía de buscarlo aún, pero este cuaderno sería el enlace a estas almas condenadas a encontrarse. El destino o lo que quisiera llamarse ese ente ejecutor que algunos llamaban Cupido, le había clavado unas flechas en dirección equivocada, sumiéndola en un amor prohibido, de dolor, pero real. La dueña del local se acercó sigilosamente y le invitó a levantarse, era momento del cierre. Introdujo el cuaderno y el diagnóstico en el bolso y mientras lo agarraba por las asas un pensamiento fugaz le dibujó una sonrisa en el rostro. (Nati) Eran las doce de la noche y Álvaro estaba en un atasco, canturreando el himno del centenario de su Atleti, mientras los vikingos salían eufóricos del Bernabéu, tras otra épica remontada. Entonces leyó en la pantalla del navegador del coche: “te espero en mí casa”. Al dejar atrás el embotellamiento, condujo saltándose los semáforos en rojo, impulsado por el deseo de encontrarse con Raquel, pero el miedo comenzó a apoderarse de él, según subía las escaleras del bloque de ella y en el descansillo, mientras se abría la puerta, comenzó a tener sudores fríos. (Ginés) Allí, en la penumbra, su figura aparecía difuminada por la tenue luz que emitía la lamparita del recibidor, una silueta que a pesar del paso de los años ante Álvaro se presentaba como la más bella estampa, aquella que en el silencio de la noche se impregnaba de una melodía y un aroma tan delicioso que llegaba a ser arrebatadora, tanto que aquel discreto espacio fue testigo durante minutos de los más sentidos besos y las más dulces caricias, el lenguaje corporal no daba paso al lenguaje verbal. Al fin no existían prejuicios, normas ni creencias preconcebidas, solo dotes de pasión. Y en un espacio de aliento entre aquellos cuerpos, Raquel acertó a extraer del bolso el cuaderno que posó sobre la mesita de noche que quedaba al lado de Álvaro, acción que acompañó de un suave susurro “cariño, esta es nuestra verdadera historia, cuando Almudena Grandes la escribió, creyó que éramos meros actores, no intuyó que a veces la realidad nos muestra historias más complejas y bellas que la propia ficción”. (Nati)

AUTORES Natividad Villar y Ginés Vera.

La plancha

Desde hacía meses, el cauce del río separaba ambos ejércitos. Las dos orillas estaban cubiertas de cuerpos sin vida. En las trincheras, la humedad pudría los pies de la tropa y los ataques con bombas químicas destrozaban los pulmones de la infantería.

Uno de los bandos tenía su cuartel general en un antiguo palacio. La sala de mando poseía chimenea, mapas, radio, teléfono y mueble bar con botellas de Whisky Macallan. En el patio, los soldados charlaban amigablemente mientras combatían el frío, fumando y bebiendo orujo al calor de una hoguera. En una de esas tertulias, esperaban órdenes los dos hermanos. Cuando vieron venir a su teniente, ya sabían que esa noche «pasaban». Debían cruzar las líneas para obtener información del enemigo.

La luna llena, les convertía en un objetivo fácil, mientras corrían sobre la nieve. Cuando de pronto, comenzó el fuego cruzado de ametralladora. La distracción había funcionado y con tranquilidad, llegaron hasta la otra orilla remando. Después de esconder la barca, pusieron rumbo a su destino, durante el camino, iban quitándole a los muertos, el chocolate del rancho y el dinero del país, para darle más credibilidad a su tapadera.

Al llegar a una población, su primer objetivo era confirmar la existencia, o no, de puntos de vigilancia en los campanarios, desde ellos un buen francotirador podía causar estragos. De modo que, visitaban la iglesia y recogían esa información, sin muchos problemas, la gente, no solía desconfiar de dos curas. En algunos pueblos, su llegada, era esperada con impaciencia por los fieles. Tras celebrar la Misa, paseaban por la población, simpatizando con los paisanos.

La vida en la retaguardia enemiga, era tranquila, el menor de los hermanos, pudo comprar para su novia, una plancha eléctrica en un colmado. En las tabernas los parroquianos bebían vino y hablaban de la guerra, sin saber que, estaban siendo escuchados por dos espías.

Conseguida la información necesaria, sobre los puntos estratégicos, movimiento de tropas, armamento y suministros, junto con la fecha de posibles ataques, decidieron regresar. Una vez cruzado el río les quedaba poco, para estar a salvo. Cuando una bengala iluminó el cielo y sobre sus cabezas, pasaron los disparos de un franco tirador. El benjamín vio que, había dejado atrás su maleta, con la plancha. Se levantó instintivamente, para recuperarla y al tercer paso, recibió el impacto de una bala amiga. De inmediato el mayor, se deslizó por el fango para llegar hasta su hermano, había prometido a sus padres protegerle, y no dejaría que muriera, esa maldita noche. Arrastrándose lograron llegar hasta un barracón, donde un médico, consiguió salvarle la vida.

Tras el conflicto, la frontera entre aquellos dos países, siguió siendo el río. Décadas después, sus orillas eran un lugar apacible, con un museo de la guerra, donde una anciana, con lágrimas en los ojos, le susurró a su marido al oído:

“Muchas gracias por la plancha, pero el nuevo centro de planchado, lo vas a aprender a usar.”

Y los dos, se sonrieron con ternura.

Me han dicho que…

Él y su compadre, habían quedado para comer, en un bar del paseo marítimo, caballa caletera con piriñaca, regada con manzanilla sanluqueña. Tras los postres, en la tercera copa, recordaron que era día de precepto en el Carranza.

Cómo siempre, tocó sufrir, primera jugada, falta de Fali y paradón de Conan. En el Minuto quince, Soldado la mandó a Tarifa.

Al final uno cero y de milagro.

Para celebrarlo se fueron de fiesta, no siempre le gana el Cádiz al Sevilla y al pasar por Casa Manteca, se encontraron recitando a unos poetas de Jaén, algo intensos que, añoraban su mar de olivos.

Al llegar a su casa del barrio de la Viña, subió a la azotea, para ver el sol dorado sobre el azul de la bahía, y con gran emoción comenzó a cantar:

Me han dicho que el amarillo

está maldito pa’ los artistas,

y ese color, sin embargo,

es gloria bendita para los cadistas.

[…]

Entonces en el silencio del amanecer, desde las casas de la calle de la Palma, le corearon: 

Por eso viva mi Cádiz,

vivan los cadistas,

vivan sus cojones

Y al final, una voz grito:

“Dios tenga en su gloria al maestro, Manolito Santander ¡el más grande chirigotero!

María Santísima de las Penas, nos proteja a todos.

Pero Mágico González, lo tuyo era el regate, y no el cante”

Las Ruinas de San Francisco, el Linux Crucis y el Cristo de la Demanda

Después de un título tan largo, este relato podría comenzar el día en que, Andrés de Vandelvira diseñó el Convento de San Francisco de Baeza. Pero esto no es una novela histórica, tan de moda últimamente.

Bueno, si Netflix me lo pidiera, podría escribir tres mil páginas, en dos meses. 

“¡Qué creído!”

Bueno, tardaría algo más.

Pero la vida del arquitecto, la de sus mecenas, los Benavides y la historia de Baeza, darían para la primera temporada.

La segunda podría basarse en el infortunio del edificio, dañado por el terremoto de Lisboa; usado por los gabachos como cuadra tras la desamortización de Mendizábal. En aquel entonces fue almacén de harina, y en el franquismo sirvió de teatro. Todo ello supuso su ruina.

¿Y en la transición qué?

Pues tampoco tuvo suerte, las obras de consolidación de sus restos son todo un atentado al buen gusto. La hermosura de lo mucho que del templo queda, se apuntaló con unos pilares de hormigón y unas vigas de hierro, cosa de los modernos de la época.

En la tercera temporada, viajaríamos al futuro, para descubrir en el subsuelo del oratorio, un embalaje de madera de cedro y en su interior, la talla de un Ecce Homo, con capa, cetro y coronado de espinas, en el momento de ser presentado al pueblo. Esta imagen era conocida popularmente en el siglo XVII, como el Señor de la Demanda, pues se situaba a la entrada de la capilla de la Hermandad de la Humildad, para solicitar limosna a sus devotos.

Además, entre los enseres allí escondidos, aparecería una cajita de plata con un Linux Crucis y una carta en cuyo texto se podría leer:

“La hermandad de la Santa Vera Cruz, contó desde antiguo con capilla propia, en este Convento de San Francisco de la muy noble ciudad de Baeza. Y en los días nefastos para nuestra patria, de la invasión francesa, sus congregantes, se vieron obligados a esconder en esta cripta, la más valiosa de sus posesiones, un fragmento de madera de la Cruz de Cristo, cuya historia es la siguiente:

José de Arimatea, tras descender a nuestro Señor del madero y darle sepultura, se dirigió al Gólgota, donde tomó las tres cruces del Calvario y las escondió en una cueva de su propiedad, para que no sufrieran daño. Pero antes, cortó una astillita del madero, como recuerdo para Simón. El Apóstol fue enterrado con ella y sobre la tumba del primer Papa, el Emperador Constantino, mandó construir la primera basílica del Vaticano, quedando el enterramiento bajo el Baldaquino de San Pedro, cuando se edificó la actual basílica.

El 5 de mayo 1527 las tropas de Carlos I de España y V de Alemania tomaron al asalto Roma. El Pontífice, que se había aliado con Francia, fue derrotado por el ejército hispano germano. Los vencedores no disponían de fondos para pagar a sus tropas, por lo que sus soldados saquearon la Ciudad Eterna, respetando, tan solo, las propiedades de las órdenes religiosas españolas.

La Guardia Suiza de un modo heroico, salvó la vida de Clemente VII, al hacerle escapar a través del corredor que une la Basílica de San Pedro, con el Castillo de Sant Ángelo. De todos modos, el pontífice pagó un generoso rescate por su vida.

En medio de esta locura, todo presagiaba que el panteón del primer Obispo de Roma, iba a ser arrasado. Pero un fraile franciscano lo evitó y tomo el Linux Crucis que había sobre la tumba, para protegerlo hasta el día de su muerte, en el Convento de San Buenaventura de Baeza, en que confío su custodia a la Cofradía de la Santa Vera Cruz».

Espero que a partir de esta pequeña trasgresión histórica mía, no comiencen aparecer teorías conspirativas como sucedió con el código Da Vinci, pero por sí acaso lo del “Saco de Roma”, es una parte de nuestra historia bastante oculta, algo que parece no querer contarse. Pero es que “Carlitos I” era capaz de eso y de más. Dejó a su madre encerrada en un convento, diciendo que estaba loca, para que no le molestara. Y tuvo una hija que a su vez era su tía, al acostarse con su abuela.

“¿Con la reina Isabel?”

No, que la cosa tiene truco.

Él tenía 17 años cuando llego a España y la viuda de su abuelo, la desconsolada Germana de Foix con 26, se refugió en los brazos del rey adolescente. Ella, que había sido iniciada en el sexo, por un amante excelente, como era su muy católica majestad Fernando de Aragón, le transfirió todos sus conocimientos al joven Carlos. De esa ardiente lujuria, nació una niña llamada Isabel de Castilla, hija de la Majestad del Emperador.

En la última carta a su nieto Carlos, Fernando el Católico le encomienda que no abandone a su viuda, «pues no le queda, después de Dios, otro remedio, sino solo vos…»

Para que te fíes y le pidas a tu nieto que cuide de tu viuda.

Y en la cuarta temporada, se podría hacer un bucle y contar, entre otras cosas, la historia de la cantárida que, estuvo a punto de dar al traste con España.

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