Juan iba hablando a solas y se decía: soy un tipo con suerte, incluso aun siendo enfermo de Esclerosis Múltiple.
Tengo una mujer a la que amar, dos hijos maravillosos, unos padres protectores y buenos amigos.
Sin ellos no hubiera afrontado la enfermedad de un modo positivo y no sería profesor.
Además, la ciencia está mejorando los tratamientos, e incluso algún día dará con la cura.
Esos eran sus pensamientos, cuando sonó la campana del trono; entonces los cinco amigos, metieron el hombro bajo el varal y al tercero de martillo, nuestro Señor de la Salud, la Sangre de Cristo ascendió con suavidad.
El ser de nuevo hombre de trono en Baeza, era un gran esfuerzo para él y la recompensa a tanta lucha; por eso tenía la emoción a flor de piel.

Entonces recordó a su madre, joven y sonriente; con su uniforme de Guardia Civil en la puerta del cuartelillo, poniéndole la teresiana[1] en la cabeza y aconsejándole:
Tú de mayor maestro, como papá.
Su padre es un malagueño que cuenta la vida, con el gracejo y la socarronería, propia de los nacidos en el barrio del Perche.
¿Qué cómo conocí a tu madre?
Estaba yo, con mi cerveza, en la discoteca Piper’s de Torremolinos; vi entrar a una morena guapa, que le quedaban los vaqueros de escándalo y abandoné la calidez de mí Málaga, por el calor del “cuerpo de una benemérita”.
Pero a Juan hay una historia, que le gusta especialmente; la del “Cristo del Cuñado”.
Hijo:
La talla original del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas de Málaga, era atribuida a Pedro de Mena y esta imagen desapareció.
Entonces, para realizar la nueva imagen, los congregantes, confiaron en Francisco Palma Burgos.
El joven imaginero, que tenía apenas veinte años; gracias a su talento, con la ayuda del Espíritu Santo y utilizando a su cuñado de modelo para el cuerpo, ejecutó tan bella e inmejorable hechura.
Una vez finalizada, el imaginero y su cuñado, fueron a cobrar y a ver la obra.
Al llegar, les recibió el sacristán de Santo Domingo, de malos modos:
¿Qué quieren?
Veníamos a ver al párroco y a la Buena Muerte.
Ah sí, claro, al Cristo de Mena.
¿El Cristo de quién? (Un muy molesto Palma Burgos)
Pues tendré que avisar al cura.
Pues avíselo de una vez (El cuñado con una sonrisa irónica).
¿Y quién son ustedes? Para anunciarles.
(El tallista muy enfadado) Pues mire usted, le va a decir al sacerdote; que está aquí el mismísimo “Mena”, acompañado de su cuñado, para reclamar la deuda que tienen con Francisco Palma Burgos, por haber llevado a cabo la imagen de la Congregación.[2]
Al mirar delante del trono, regresó al presente, donde vio a su hija llevando el mismo incensario, con el que él y sus amigos, ofrecían de niños, sahumerios al Cristo de la Sangre.
Cuantas anécdotas vividas con ellos; no recordaba el día que los conoció, era toda una vida juntos, en el Colegio Antonio Machado o en la catequesis de San Andrés.
Al pensar que no estaría mal hacer una Cruz de Mayo, con su heredera; emergió del subconsciente la figura de su progenitor, dando de merendar a cinco mocosos y poniéndoles el video de la Legión, en el traslado del Cristo de la Buena Muerte de Málaga.
Y a esos críos revolucionados diciendo; no necesitamos trono, lo hacemos como ellos.
Ese año, en los primeros días de mayo, cuando Baeza vive su “Semana Santa infantil”, los baezanos se encontraron a cinco infantes descamisados, con el chapiri en la cabeza y absolutamente firmes, portando a su crucificado.
La gente, a su paso, no podían evitar acompañar su cántico:
«Nadie en el tercio sabía
quién era aquel legionario»
De nuevo, en la actualidad, la procesión, seguía su transcurrir y al divisarse la torre de las Escuelas, Andrés, que iba el primero en el varal, recordó en voz alta, el día en que Alcázar y él, llegaron al recreo del instituto Santísima Trinidad, diciendo:
Hay que llevar a la Buena Muerte de Baeza.

Aquel Martes Santo, la cruz de Cristo, reposó, con elegancia y sobriedad, sobre los hombros de los cinco.
Entonces Fátima afirmó; sí, y, fue en COU, cuando por fin nos dejaron vestir el hábito trinitario, de los hombres y mujeres de trono de Jesús de la Salud.
Se acercaban de nuevo al templo de San Andrés y Esperanza, su mujer, que había ido detrás de él, en silencio toda la estación de penitencia, le susurro al oído:
Niño, que huevos tienes, lo vas a hacer.
Entonces, como si estuviera viendo Andalucía Directo, pasaron por su cabeza los tiempos difíciles.
La selectividad había separado sus caminos, pero no sus vidas y unos años después, por amistad, estaban en Málaga el día del Amor Fraterno.
Juan iba a portar al Cristo protector de la Legión, hasta la Casa de hermandad de la Congregación de Mena, para su entronización.

Antes de dar comienzo el acto, en Santo Domingo, los cinco unidos rezaron a sus devociones baezanas. Luego el caballero legionario se quedó con su Esperanza, estaban recién casados.
Ella era enfermera, e iba a contarle a su marido que ya tenía trabajo, en un hospital de Almería, cerca de la Base de la Legión en Viator.
Además, esa mañana el Predictor, se había teñido con un leve color rosa.
Mientras se abrazaban, él comentó:
Tengo hormigueo en la pierna.
¿Estás muy cansado?
Un poco… más… de lo normal.
Tardas en entenderme y en contestar.
¿Qué me pasa?
Será el agotamiento (mentira piadosa) pero sería bueno, ver a un especialista.
Sea, por vosotras.
En la procesión se desplomó. No veía, tenía fiebre, rigidez, y la garganta inflamada.
Unas semanas después, los médicos confirmaron el diagnóstico, esperado y tan temido.
Juan tiene Esclerosis Múltiple.
Entonces Esperanza, enfermera del servicio de neurología, para mejorar sus vidas; estableció una rutina estricta: de toma de medicamentos, terapia, fisio, psicólogo y logopeda.
Ejercitar tanto cuerpo como mente; no era una opción, sino una obligación.
Mientras que una alimentación equilibrada, junto con el descanso, formaban la base para aguantar todo lo demás.
Él, cada mañana, se levantaba y saludaba marcialmente a su mujer:
A la orden de mi sargento.
Se iba a la ducha y cantaba:
«Nadie en el tercio sabía
quién era aquel legionario
tan audaz y temerario
que a la legión se alistó
Nadie sabía su historia»
En la última parada del trono, se le apareció su más tierna realidad, al quedar junto a Lola y Rafael, sus padres, que llevaban a su nieto con la túnica trinitaria, en el carrito.
Entonces él, tomó a su hijo en brazos y aprovechando que iba en el varal exterior, realizó la última tirada, con él en su brazo izquierdo.
Hijo.
Mi bandera sois vosotros:
«Cuanto más duro era el fuego
y la pelea más fiera
defendiendo a su Bandera
el legionario avanzó»

[1] Antigua gorra de faena de la Guardia Civil.
[2]Esta historia la escuché, en Bajo Palio; a un hermano de la Congregación de Mena.



































