Su amor fue mi Bandera.

Juan iba hablando a solas y se decía: soy un tipo con suerte, incluso aun siendo enfermo de Esclerosis Múltiple.

Tengo una mujer a la que amar, dos hijos maravillosos, unos padres protectores y buenos amigos.

Sin ellos no hubiera afrontado la enfermedad de un modo positivo y no sería profesor.

Además, la ciencia está mejorando los tratamientos, e incluso algún día dará con la cura.

Esos eran sus pensamientos, cuando sonó la campana del trono; entonces los cinco amigos, metieron el hombro bajo el varal y al tercero de martillo, nuestro Señor de la Salud, la Sangre de Cristo ascendió con suavidad.

El ser de nuevo hombre de trono en Baeza, era un gran esfuerzo para él y la recompensa a tanta lucha; por eso tenía la emoción a flor de piel.

Nuestro Señor de la Salud, la Sangre de Cristo

Entonces recordó a su madre, joven y sonriente; con su uniforme de Guardia Civil en la puerta del cuartelillo, poniéndole la teresiana[1]  en la cabeza y aconsejándole:

Tú de mayor maestro, como papá.

Su padre es un malagueño que cuenta la vida, con el gracejo y la socarronería, propia de los nacidos en el barrio del Perche.

¿Qué cómo conocí a tu madre?

Estaba yo, con mi cerveza, en la discoteca Piper’s de Torremolinos; vi entrar a una morena guapa, que le quedaban los vaqueros de escándalo y abandoné la calidez de mí Málaga, por el calor del “cuerpo de una benemérita”.

Pero a Juan hay una historia, que le gusta especialmente; la del “Cristo del Cuñado”.

Hijo:

La talla original del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas de Málaga, era atribuida a Pedro de Mena y esta imagen desapareció.

Entonces, para realizar la nueva imagen, los congregantes, confiaron en Francisco Palma Burgos.

El joven imaginero, que tenía apenas veinte años; gracias a su talento, con la ayuda del Espíritu Santo y utilizando a su cuñado de modelo para el cuerpo, ejecutó tan bella e inmejorable hechura.

Una vez finalizada, el imaginero y su cuñado, fueron a cobrar y a ver la obra.

Al llegar, les recibió el sacristán de Santo Domingo, de malos modos:

¿Qué quieren?

Veníamos a ver al párroco y a la Buena Muerte.

Ah sí, claro, al Cristo de Mena.

¿El Cristo de quién? (Un muy molesto Palma Burgos)

Pues tendré que avisar al cura.

Pues avíselo de una vez (El cuñado con una sonrisa irónica).

¿Y quién son ustedes? Para anunciarles.

(El tallista muy enfadado) Pues mire usted, le va a decir al sacerdote; que está aquí el mismísimo “Mena”, acompañado de su cuñado, para reclamar la deuda que tienen con Francisco Palma Burgos, por haber llevado a cabo la imagen de la Congregación.[2]

Al mirar delante del trono, regresó al presente, donde vio a su hija llevando el mismo incensario, con el que él y sus amigos, ofrecían de niños, sahumerios al Cristo de la Sangre.

Cuantas anécdotas vividas con ellos; no recordaba el día que los conoció, era toda una vida juntos, en el Colegio Antonio Machado o en la catequesis de San Andrés.

Al pensar que no estaría mal hacer una Cruz de Mayo, con su heredera; emergió del subconsciente la figura de su progenitor, dando de merendar a cinco mocosos y poniéndoles el video de la Legión, en el traslado del Cristo de la Buena Muerte de Málaga.

Y a esos críos revolucionados diciendo; no necesitamos trono, lo hacemos como ellos.

Ese año, en los primeros días de mayo, cuando Baeza vive su “Semana Santa infantil”, los baezanos se encontraron a cinco infantes descamisados, con el chapiri en la cabeza y absolutamente firmes, portando a su crucificado.

La gente, a su paso, no podían evitar acompañar su cántico:

«Nadie en el tercio sabía

quién era aquel legionario»

De nuevo, en la actualidad, la procesión, seguía su transcurrir y al divisarse la torre de las Escuelas, Andrés, que iba el primero en el varal, recordó en voz alta, el día en que Alcázar y él, llegaron al recreo del instituto Santísima Trinidad, diciendo:

Hay que llevar a la Buena Muerte de Baeza.

Buena Muerte de Baeza.

Aquel Martes Santo, la cruz de Cristo, reposó, con elegancia y sobriedad, sobre los hombros de los cinco.

Entonces Fátima afirmó; sí, y, fue en COU, cuando por fin nos dejaron vestir el hábito trinitario, de los hombres y mujeres de trono de Jesús de la Salud.

Se acercaban de nuevo al templo de San Andrés y Esperanza, su mujer, que había ido detrás de él, en silencio toda la estación de penitencia, le susurro al oído:

Niño, que huevos tienes, lo vas a hacer.

Entonces, como si estuviera viendo Andalucía Directo, pasaron por su cabeza los tiempos difíciles.

La selectividad había separado sus caminos, pero no sus vidas y unos años después, por amistad, estaban en Málaga el día del Amor Fraterno.

Juan iba a portar al Cristo protector de la Legión, hasta la Casa de hermandad de la Congregación de Mena, para su entronización.

Antes de dar comienzo el acto, en Santo Domingo, los cinco unidos rezaron a sus devociones baezanas. Luego el caballero legionario se quedó con su Esperanza, estaban recién casados.

Ella era enfermera, e iba a contarle a su marido que ya tenía trabajo, en un hospital de Almería, cerca de la Base de la Legión en Viator.

Además, esa mañana el Predictor, se había teñido con un leve color rosa.

Mientras se abrazaban, él comentó:

Tengo hormigueo en la pierna.

¿Estás muy cansado?

Un poco… más… de lo normal.

Tardas en entenderme y en contestar.

¿Qué me pasa?

Será el agotamiento (mentira piadosa) pero sería bueno, ver a un especialista.

Sea, por vosotras.

En la procesión se desplomó. No veía, tenía fiebre, rigidez, y la garganta inflamada.

Unas semanas después, los médicos confirmaron el diagnóstico, esperado y tan temido.

Juan tiene Esclerosis Múltiple.

Entonces Esperanza, enfermera del servicio de neurología, para mejorar sus vidas; estableció una rutina estricta: de toma de medicamentos, terapia, fisio, psicólogo y logopeda.

Ejercitar tanto cuerpo como mente; no era una opción, sino una obligación.

Mientras que una alimentación equilibrada, junto con el descanso, formaban la base para aguantar todo lo demás.

Él, cada mañana, se levantaba y saludaba marcialmente a su mujer:

A la orden de mi sargento.

Se iba a la ducha y cantaba:

«Nadie en el tercio sabía

quién era aquel legionario

tan audaz y temerario

que a la legión se alistó

Nadie sabía su historia»

En la última parada del trono, se le apareció su más tierna realidad, al quedar junto a Lola y Rafael, sus padres, que llevaban a su nieto con la túnica trinitaria, en el carrito.

Entonces él, tomó a su hijo en brazos y aprovechando que iba en el varal exterior, realizó la última tirada, con él en su brazo izquierdo.

Hijo.

Mi bandera sois vosotros:

«Cuanto más duro era el fuego

y la pelea más fiera

defendiendo a su Bandera

el legionario avanzó»


La Sangre

[1] Antigua gorra de faena de la Guardia Civil.

[2]Esta historia la escuché, en Bajo Palio; a un hermano de la Congregación de Mena.

De Purísima y Oro

Era Domingo de Pascua, y el Sol de la vida le despertó. la calle era algarabía, alboroto y jaleo, por el traslado del Niño Jesús Perdido; las campanillas de su pequeño baldaquino sonaban jubilosas, sus portadores cabrioleaban mientras cantaban:

Banderita tú eres roja

 Banderita tú eres gualda

 Llevas sangre, llevas oro

En el fondo de tu alma.[1]

Después de disfrutar de la procesión, se desayunó una bolsa de bizcochos del Niño[2] y un café con leche.

El Nino Jesús Perdido.

Para luego ataviarse, con su terno de tono beige claro, camisa blanca, pañuelo y corbata roja. Para ir con su novia a la Iglesia de San Andrés y en promesa, acompañar al Señor Resucitado.

Cuando regresó a casa, su padre ya preparaba la vieja Ford Transit, para viajar esa tarde, a la provincia de Ciudad Real. Mientras el resto de la familia le vestía a él, de Purísima y Oro; su madre le puso en el cuello el escapulario del Cristo Vivificado.

Su traje de luces, archivaba toda su historia como torero: el debut con picadores, su alternativa, la oreja en la Maestranza, el toro de Baeza o la cornada en Madrid.

Después de cada una de esas tardes, la prenda, tuvo que ser reconstruida por sus creadoras, las monjas de San Antonio; pero otra cosa, era rehacer el maltrecho ánimo del maestro.

Coso taurino de Baeza

El padre, mientras conducía camino de la plaza prefabricada, recordó cómo él, siendo niño, había soñado con la gloria del toro; cuando hacía novillos en la escuela del maestro Serrano, para irse de capea.

Ahora tenía que hacer de chófer, mozo de espadas y apoderado de su hijo; que no había vuelto a torear desde el Corpus en Baeza. Ese día, el número uno del escalafón, a última hora, se cayó del cartel.

Su chaval lo reemplazó y estuvo en figura.

El joven matador hacía poco que había superado la oposición de profesor de educación primaria. Y trabajaba de fontanero ayudando a su padre; para pagar el piso comprado junto a su novia.

Su vocación, solo retrasaba el resto de objetivos y sueños de su vida, pues tras tomar la alternativa, nada fue como habían imaginado.

Los ganaderos eran empresarios de las plazas y a su vez apoderados de toreros, entre unos pocos se lo guisaban y se lo comían. Los ayuntamientos cubrían el coste de las corridas, quedando las taquillas limpias para la empresa.

En ese tinglado, toreros independientes como él, no tenían cabida, se les contrataba para abaratar costes. Pagándoles una miseria, con la que no podían sufragar ni el salario de la cuadrilla.

Al llegar a su destino, descendió lentamente del vehículo, se tocó con la montera; mientras con mimo, su novia, le ajustaba el capote de paseo. Confeccionado en raso blanco y en el centro como los gallardetes de su hermandad, llevaba bordado en oro: J.H.S.[3]

Jesús Resucitado

Concluida esta ceremonia, su chica le dio un pico; deseó suerte al maestro y se fue a esperar a su pareja, al bar de la esquina.

Tras el paseíllo, la banda interpretó Amparito Roca.[4] Pero él, como siempre, siguió su procedimiento de concentración, rezando:

Tú nos hiciste, tuyos somos
Nuestro destino es vivir
Siendo felices contigo
Sin padecer ni morir.[5]

En ese momento llegó su padre. Venía de ver el ganado y los bichos estaban llenos de malas intenciones.

En su primero, con mucha voluntad, le había sacado una tanda de naturales; pero llevaba demasiado tiempo sin entrar a matar y eso se notaba. A la hora de la verdad, había fallado con el estoque.

Y allí estaba él, esperando a su segundo de rodillas, para recibir a puerta gayola, a un toro negro bragado, que miraba al cielo con un cuerno, mientras con el otro lo hacía al infierno.

El morlaco, de casi seiscientos kilos, salió como una locomotora, arremetiendo contra el torero, que fue a caer sobre la boca de riego, en el centro del albero.

Como pudo se levantó, para someter al animal, cuajando una buena faena. Esta vez, en la suerte suprema, cuadro el toro y a vuela pies entro a por todas; introduciendo entre las agujas del toro, el acero hasta la bola.

Los graderíos se cubrieron de pañuelos níveos y al presidente, siempre cicatero, no le quedó otra, tuvo que otorgarle los dos apéndices del animal. La vuelta al ruedo, fue una bonita despedida.

A la salida, su novia le recibió con un fuerte abrazo. Luego, a su lado, en la furgoneta, le enseñó un blog que decía:[6]

La bula papal «De Salute gregis Dominici», de 1567, dictada por Antonio Ghiselieri (Pío V), «excomulga y atomiza a los Príncipes cristianos que consintiesen las corridas de toros y a todas aquellas gentes que se solazasen con ellas, negando así mismo sepultura eclesiástica a los que muriesen a consecuencia de las mismas».

A lo que él, le respondió con templanza:

Se acabó, no quiero terminar como Bocanegra,[7] nos casamos y con nuestros sueldos de maestros a vivir.

No pienso seguir malgastando mi vida y el dinero de los míos, para que cuatro señoritos se hagan más ricos todavía, con vuestro sufrimiento, mientras yo me la juego.

De nuevo era el primer domingo, después de la primera luna llena de primavera, se celebraba el Misterio Pascual. Y por San Andrés; una joven depositó a los pies del renacido Hijo eterno del Padre, su ramo de novia que contenía, la flor de la Resurrección.[8]

Las monjas de San Antonio, le habían confeccionado su traje, en Purísima y Oro.


[1] Música de Francisco Alonso y letra de Enrique Paradas.

[2] La hermandad del Niño Jesús de Baeza, tiene como tradición regalara a sus hermanos, una bolsa de bizcochos en la Pascua. La imagen tiene el sobre nombre del “Niño del Bizcocho”

[3] «Jesús Salvador de los Hombres».

[4] Compuesto por Jaime Teixidor Dalmau, en 1925.

[5] La Muerte no es el final. Cesáreo Gabarain.

[6] El Papa que excomulgó a los toreros (lainformacion.com)

[7] Cuatro días después, el 20 de junio, acudió como espectador a una novillada en Baeza (Jaén). El cuarto toro, Hormigón de nombre, salió muy difícil y Bocanegra pidió permiso a la presidencia para bajar al ruedo a ayudar a los principiantes. Al hacer un quite, fue perseguido por el toro y, al no poder entrar en el burladero, resultó cogido, provocándole una cornada muy extensa, con grandes destrozos intestinales, de la que falleció al día siguiente. José (Luis Ramón Carrión. Real Academia de la Historia)

[8] La Kaempferia rotunda es conocida en América Latina como «resurrección»,

La cazuela baezana, de Semana Santa

En los últimos días del invierno, solo pienso en Baeza, sus procesiones y en compartir con mi gente una buena ligaílla.[1]

Pero en la cuaresma del 2020, el Covid-19, nos encerró a todos, no hubo Semana Santa en las calles, ni cazuela para comer en mi mesa.

En marzo del año siguiente, sin vacunas aún, la pandemia estaba descontrolada. No se podía viajar, de una comunidad autónoma a otra.

De nuevo, estaba sin vivir la Pasión de Cristo, según Baeza.

Pero en esta ocasión, este, no se quedaba sin comer Cazuela.

Decidí hacerla yo, con la ayuda de mis padres, en Valdemoro.

Lo más fácil y sensato, hubiera sido pedirle a mi amiga Esther, que me enviara todos los ingredientes por paquetería.

Foto de Carmina en la cocina, capturada en redes sociales.

Pero tiendo a transitar por el camino más complicado, cómo todo buen ser humano.

Tras recorrer supermercados, grandes superficies y herbolarios, sin encontrar los ingredientes, de pronto, recordé, que en la madrileña Plaza de Santa María de la Cabeza, hay una tienda de especias de calidad y venta a granel.

De modo, que nos hicimos setenta kilómetros, para comprar pimienta.

Y como dijo aquel:

¡Manda…!

El establecimiento, estaba cuidadosamente decorado, como todo lo moderno, con un aire retrospectivo, en grises y blancos, matizados de negro.

Con su excelente olor, despertó nuestro olfato; trasladándonos a un cuento de las Mil y Una Noches.

Los dependientes, a juego con el mobiliario, vestían: pantalones de pinzas, camisa inmaculada, con gemelos, chaleco cruzado de cuadros, pajarita, mandil de tendero, y casualmente iban calzados con zapatillas de deporte.

Nos atendió un vendedor, con cierto aire gay, que muy educado supo embaucar a mi madre, escuchándola atentamente.

Esta, sin hacer caso a la lista elaborada por su hijo, para dos kilos de garbanzos y uno de habas, fue pidiendo de cabeza:

Doscientos ochenta gramos de pimentón dulce de la Vera.

Cuarenta de picante.

Ochenta de pimienta negra.

Sesenta de anís molido.

Cuarenta de jengibre.

Veinte de clavo.

Otros tantos de alcaravea, ajonjolí y piñones.

Todo fue bien envasado, en bolsitas de papel reciclado, con el anagrama de la franquicia, en tinta biológica.

De pronto una pareja vegana, se interesó por el modo de elaboración de la receta, y mis padres se pusieron a instruirlos en su elaboración, mientras que yo, salía corriendo a renovar el tique de la hora, del coche, aparcado en la zona azul.

Cuando regresé seguían charlando, además, habían comprado una riquísima Miel de la Alcarria.

El puyazo fue doloroso, por cien gramos de piñones, hay que firmar una hipoteca. Cuando todo parecía solucionado, surgió un nuevo contratiempo. No encontrábamos las habas secas.

La familia Campos, paisanos nuestros, que llevan generaciones vendiendo fruta, por los fríos mercadillos de la Comunidad de Madrid, nos encontraron las Vicia fabas. Además, nos hicieron precio de amigos (seis euros el kilo) y una cazuela de regalo.

A ellos, también le compramos:

Dos kilos de garbanzos.

Cuatro kilos de tomate (al freírlos se quedan en la mitad y menos).

Kilo y medio de calabaza.

Ocho berenjenas.

Pero como todo lo que es susceptible de empeorar, lo hace. Al llegar a casa, ¡horror! No había, Aove[2] baezano.

Entonces, se lo pedimos a mi hermana, pero la muy hereje el que tenía era de Toledo.

Mi padre se encerró en banda. Había que cocinar con aceite virgen extra de nuestra patria chica.

Esta vez, ¡sí! Hice lo más fácil, llamé a la Cooperativa del Alcázar y en dos días tuve el aceite en mi puerta, sin gastos de envío.

Por fin, con todos los avíos en la cocina, lo primero que hicimos, fue poner a remojo las “dichosas” habas y los garbanzos (estos en agua templada).

Foto de cocinando entre olivos. De redes sociales.

Luego rallamos los tomates, para freírlos a fuego lento, y sí, se quedaron en la mitad.

En el microondas calentamos un poco la calabaza, para quitarle la piel con facilidad y poder elaborar el puré, mientras cocíamos las berenjenas.

Al día siguiente, nos levantamos temprano, para ir cocinando en dos ollas exprés, durante cuarenta minutos, los garbanzos y las habas, que luego pasamos por el pasa-puré.

En un barreño grande, fuimos mezclando los ingredientes. Mis padres añadieron las especias, según su gusto, sin atenerse del todo a la receta.

            Esto necesita sal.

            Te has pasado, con el pimentón picante.

            Sí, lo que le falta es pimienta.

            ¿Y si le echamos azafrán?

            No hagas cosas raras.

            Pica un poco.

            Pues dejarlo que pique, a mí, me gusta así.

Mientras ellos dos, dirimían sus diferencias de criterio, yo seguía amasando y disfrutando de todos los aromas.

Foto cocinando entre olivos.

Después de dejarla reposar un par de horas, cuando la probamos, ya sabía a Cazuela.

¡Estaba buenísima! Un poco picante.

Entonces, con generosidad, echamos Aceite de Baeza a la sartén, lo dejamos calentar un poco y comenzamos a freír.

Pacientemente, con mimo, sin sofocar el fuego, la iba removiendo, acariciándola para que no se pegara.

De pronto la masa se cuajó, y al ser arrastrada por la cuchara de madera, dejaba el fondo de la sartén completamente limpio.

Estaba lista, y ahora había que seguir dos caminos:

El segundo era el de la congelación en moldes de aluminio.

Luego, para su consumo, se debe descongelar en el frigorífico, tras lo que se le añade el ajonjolí y los piñones, horneando sin precalentamiento, durante veinte minutos, a ciento sesenta grados, con calor arriba y abajo.

De este modo se elimina la humedad acumulada durante la elaboración y conservación.

Sobra decir, que el primero de los caminos, fue llevarla directamente al horno y darle su merecido final, acompañada de un buen vino.

Foto redes sociales.

Bueno os dejo, mis padres me están esperando, para cocinar la «Cazuela» del 2022.


[1] Diccionario Jaén-Español

ligaílla

1. (col.) Ligá 2.

¡a ver cuándo echamos una ligaílla, paisano!

2. Palo cortado. Vino generoso mezcla de amontillado y oloroso.

De aperitivo tomamos casi siempre una ligaílla con algo de queso.

Diccionario Jaén-Español. 2014.

[2] Aceite de Oliva Virgen Extra (denominar así al aceite, siempre me ha parecido una cursilada, del marketing, pero bueno Doctores tiene la Iglesia).

La Virgen de la Paz en el 11-M

De la lectura del libro “De Ninguna Parte”, de Julia Navarro (tranquilos, no voy a contar el final) surgió esté relato.

Uno de sus protagonistas, es un terrorista islámico y me recordó el Once de Marzo del 2004 en Madrid.

La noche anterior, me había quedado dormido escuchando en la radio, el Larguero de José Ramón de la Morena. En seguida llegaron las siete y media de la mañana. Perezoso, apure la cama durante cinco minutos más.

La Virgen de la Paz.

De repente, se sintió una deflagración en la lejanía, e inmediatamente, acabó de despertarme una nueva y más cercana explosión, seguida de una tercera.

En la radio, ya informaban de una bomba en la Estación de Atocha.

Entonces, con verdadera angustia pensé:

¡Han sido tres!

Los vecinos de la plaza, comenzaron a regresar a sus casas y una mujer contaba entre llantos:

“No hemos podido llegar a la estación, …

… Han puesto una bomba.

¡El tren!, … ¡Está reventado!”

Tras los primeros momentos de desconcierto, enseguida, los medios situaron las cuatro explosiones en el mapa de la Línea C-7 de Cercanías.

Alcalá de Henares.

Santa Eugenia.

El Pozo.

Atocha (en la Calle Téllez).

Me tomé el café, con la mirada fija en la tele, donde se veía el gran nudo ferroviario del Sur de Madrid, con sus millones de traviesas y los millares de raíles, que forman sus vías a lo largo de kilómetros.

Allí, había un tren sin techo; a su alrededor, personas en el suelo y en el centro del plano, el carrito de un bebé.

Por rutina me duché, cogí la mochila y me fui a trabajar. Era una mañana luminosa, en contraste con el caminar pesaroso de los madrileños.

El silencio de la ciudad, era todo un grito de dolor.

En el garaje, puse la luz verde de libre, salí a la calle, comencé a circular y al llegar a la Avenida de Entrevías la Policía Municipal, me desvié hacia la Ronda del Sur, donde me paró una chica, para ir al Bulevar del Pueblo Vallecas.

No hablamos pues la congoja lo impedía. Mientras circulábamos en paralelo a las vías, la tragedia estaba presente. El número de heridos y fallecidos crecía por minutos.

Entonces, comenzaron a llegar historias de nombres y rostros conocidos.

Mariano, había salido cinco minutos antes de casa y cogió el tren anterior.

Faustino, no había ido a trabajar, tenía que asistir a una reunión de padres, en el colegio de su hija.

Y entre los fallecidos estaban tu pescadera, el compañero de la escuela o la chica del autobús; con la que nunca te atreviste, a quedar.

Pero lo peor, fue cuando unos clientes, me pidieron ir al recinto ferial de Madrid.

Les pregunté si tenían relación con los atentados, pues en ese lugar se había situado la morgue y los taxistas estábamos dando servicio gratuito, a las víctimas y familiares.

Me contestaron que no, que iban a cerrar el stand de su empresa, en un congreso de odontología.

Cuando al salir de la M-40 cedimos el paso, a una procesión de negros furgones. En ellos viajaban los fallecidos; camino del IFEMA donde deberían ser reconocidos.

Luego, sin pensarlo, me dirigí a casa de mi hermana, donde el abrazo y la inocente sonrisa de mi sobrina María, por un momento, me hicieron abandonar la calle de la Melancolía.

De nuevo sonó el teléfono, eran mis padres, que viajaban en la Sepulvedana, camino de Madrid. 

Tras recogerlos, nos acercamos al Apeadero del Pozo; donde los vecinos, habían formado un altar con fotos, dibujos, cartas, velas y flores.

Ya en casa, mi padre me pidió un portafolios transparente, donde guardó una cartulina, y se fue con ella a la calle.

No sé a qué hora regresó. Yo estaba leyendo en internet, las páginas en español de The Times y la BBC.

Por la mañana, al salir a la calle, nos dirigimos a la estación; el monumento había crecido mucho y en el centro, en el interior de un portafolios, destacaba ella, La Virgen de La Paz, titular mariana de la Cofradía de la Santa Cena de Baeza.

Durante los siguientes días, ese fue el lugar de peregrinación de los hombres y mujeres del Pozo, Entrevías, Madrid Sur, Palomeras, en una palabra, de Valle-kas.

Esa tarde, fue la manifestación del centro y al regreso, todos visitamos el aparcamiento de la Estación del Pozo, para seguir velando a nuestra gente, en calma, desasosiego y dolor.

De pronto, el silencio se interrumpió, con el desgarro de una gaita, de la que brotaban tristes melodías celtas.

Las velas del suelo apenas iluminaban, una noche sin luna ni estrellas. El cielo estaba cubierto de nubes, que en ocasiones se hacían presentes, cómo lágrimas en la lluvia.

En aquel momento me aislé, mire a mi Señora y comencé a dialogar con Ella.

Antes que el altar fuera desmontado, mi padre decidió recuperar la fotografía, para que no se perdiera.

El cuatro de abril, Domingo de Ramos, la Santa Cena salió en procesión, por aquellos años la Niña de la Catedral, quedaba sola en su templo.

Y yo, sobre mi puesto en la trabajadera del trono de Jesús del Amor, grapé el portafolios, con la imagen de la Virgen de la Paz.

Paso de Jesús del Amor.

Durante todo el trayecto, los dos recordamos lo vivido; en las horas siguientes a la mañana del 11-M.

La foto de Nuestra Señora de la Paz, Caridad y Madre de la Iglesia, de la Cofradía de la Santa Cena de Baeza, sigue en casa de mis padres, guardada en una vieja caja de caramelos, donde se protegen los recuerdos de toda una vida.

Paso Virgen de la Paz.

Lágrimas

Cuando era pequeña, Loli, esperaba con impaciencia la Semana Santa, para poder llevar la cruz de guía de la “Columna”, que era portada por los niños.

Antigua Cruz de Guía de la Columna, era portada por niños.

En la adolescencia colaboró en el bordado del manto, palio y saya de la Virgen de las Lágrimas.

Además, era catequista del Salvador, donde preparaba a los niños para su Primera Comunión.

Aquel Miércoles Santo, la cuadrilla de costaleros de la “Niña Dolorosa”, después de la procesión, se fueron de copas al Café Bar Central.

Esa noche Lola, una belleza a lo Ingrid Bergman, no le hizo caso a su guardia pretoriana, formada por Miguel su eterno enamorado y sus dos confidentes, Juan López y Juan Antonio Cuesta.

Mientras bailaba junto al piano del bar, sus ojos estaban fijos en Lucas, al que le dedicó toda su gracia e irradiante alegría.

Entonces este, todo un Humphrey Bogar, se acercó y la besó, todas las chicas se morían de envidia.

En ese instante a ella, le vino a la memoria la película Casa Blanca, donde Ilsa Lund que estaba enamorada de Rick, vivía con una persona más respetable, Paul Henreid.

Pero Lola, estaba a gusto entre los brazos de Lucas, era el amor de su vida y ellos no tendrían nunca, una escena de despedida entre la niebla del aeropuerto, cuando ella se fuera con el bueno de Miguel[1]

Ya en la mañana del Jueves Santo, se dirigieron a los Descalzos, donde “Lolita” y Lucas sonreían de la mano, viendo salir al Rescate.

Años después, Miguel se había convertido en Juez; Juan López tras abandonar el seminario era cabo de la Guardia Civil, y Juan Antonio Cuesta el sacerdote del Salvador.

Y en aquella madrugada fea, triste y dolorosa, los tres hombres se encontraron a los pies del Cristo de la Columna.

La Columna 2005.

Habían llegado a la iglesia, arrastrados por el peso del sufrimiento, sentándose uno junto al otro, para en silencio llorar su padecimiento.

Esa tarde de Miércoles Santo, Dolores, no había llegado al templo la primera, para acompañar a su Virgen de las Lágrimas.

Año 2006 El palío de la Virgen de las Lágrimas, estaba siendo bordado por sus hermanas.

A ella la vida la había marcado con surcos y arrugas, apagando la alegría de su mirada.

En sus manos retorcidas, no había uñas, se las había arrancado a mordiscos, dejando los dedos como muñones.

Su melena rubia y brillante, se había convertido en un deslucido estropajo, áspero y cano.

Esa elegante “Lolita” de la juventud, había dado paso a Dolores, que se ocultaba bajo la ropa sin formas, y tapaba hasta el cuello su dolor.

El cabo balbuceando, contó como al finalizar la procesión, su teniente le esperaba con cara de pocos amigos, para contarle que su Lola, había sido encontrada muerta, en la calle del Campanario.

Todo apuntaba al marido, que fue detenido mientras bebía en un bar.

Esposado en el coche patrulla, era todo chulería, mostrando su sonrisa más desafiante y arrogante.

Hasta que Juan, que iba sentado a su lado, sacó la Beretta de reglamento, se la metió dentro de la boca, quitó el seguro, separó el percutor, y comenzó a apretar suavemente el gatillo.

En ese momento, se mojó el asiento, aquel mal nacido había soltado los esfínteres, se había hecho sus necesidades encima, a causa del miedo.

Entonces la teniente, mientras conducía, le pidió a Juan:

Por favor no lo hagas, si lo matas te convertirás en la misma basura, que él.

En la sala de interrogatorios, ante Miguel que era el juez instructor y para desesperación de su abogado defensor, Lucas hizo alarde de todo su orgullo, mostrándose como el eminente psicólogo que era.

La maltrataba por el puro placer de hacerla sufrir, presionándola, quitándole cada deseo, separándola de los suyos, pues el dolor de la mente es insoportable y no deja huellas.

Sin duda, él, lo había hecho bien, reduciéndola a la nada, destruyendo su belleza, y acabando con su alegría.

Ella, esa tarde, al vestirse de penitente y darse un poco de maquillaje, había recuperado parte de su autoestima.

La túnica de penitencia, envolvía un saco de huesos, que apenas podían sostenerse de pie, pero la fe le daba fuerzas, para procesionar tras sus titulares.

Entonces fue cuando Lucas, sintió el deseo irrefrenable de hacer daño.

Por simple maldad, la amarró a la columna, desgarró su túnica blanca, y laceró su espalda a latigazos.

Mientras ella humilde, pero erguida, gracias a su reconquistada dignidad, aguantaba el dolor.

Su insumisión, fue una provocación, una incitación a la violencia y de un gancho de derechas en la mandíbula, la mató.

Luego en el coche la trasladó a la calle Campanario, para arrojarla al suelo, en la puerta de su casa de hermandad.

Al llegar la nueva mañana por los Descalzos, se escuchaban las cornetas y tambores, que anunciaban la salida del Señor Cautivo del Rescate.

Era Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno y su luz ya iluminaba el Salvador.

Donde Miguel intentaba borrar de su mente, una verdad sin remedio; la de ella, desfigurada en la sala de autopsias.

A la que dio aquel último beso, un último beso que nunca debió haber dado, a esos labios tan deseados en vida, pero en la hora suprema, fríos como el hielo y ásperos como lijas.  

El Sábado Santo, en la Plaza del Salvador, una desconsolada multitud esperaba la salida del féretro de Dolores, portado por su “guardia pretoriana”.

Iglesia del Salvador.

Al aparecer el gallardete del Cristo de la Columna y el de la Virgen de las Lágrimas la de rostro de “Niña Dolorosa”, se hizo el silencio.

Entonces la banda de su hermandad, a modo de réquiem interpretó “Cristo de los Faroles”.


[1] Para quien no lo haya hecho, es muy aconsejable ver Casablanca.

Amargura y Calvario del Emigrante.

La Luna llena iluminaba el Peñón de Gibraltar. A sus pies, las aguas separaban África de la tierra prometida, Europa.

La insignificante patera, avanzaba temerosa hacia la esperanza, en la fría madrugada.

En la vieja furgoneta, la temperatura era agradable, pese a los boquetes en su suelo.

Miguel, en las vigilias de voluntariado, con más pasión que gusto, cantaba por Valderrama:

“Cuando abandone mi tierra

Tendré mis ojos llorando

Porque es lo que yo más quiero

Y atrás me lo iré dejando”.

Esa copla, “El Emigrante”, pertenecía a la memoria de su infancia. Era el himno de los españoles en el exilio francés, al que tras la Guerra Civil, llegó Enrique, su padre, para ser un refugiado en el Campo de Concentración de Saint-Cyprien.

De donde escapó, para combatir por la independencia y libertad, de una patria ajena, como miembro de la resistencia gala.

Los combatientes de la Novena División [1], fueron los primeros en entrar en los Campos Elíseos.

A los pies del Arco de la Victoria, algunos de esos curtidos guerreros, asistieron a la misa celebrada por Andrés, el sacerdote baezano.

Una vez finalizada la guerra, Enrique se instaló en Colliure, donde estaba enterrado su profesor de francés y para estar cerca de su patria.

“Adiós mi España querida

Dentro de mi alma te llevo metida

Y aunque soy un emigrante

Jamás en la vida yo podré olvidarte”.

Mientras cicatrizaban las heridas del alma, alegremente le cantaba a una malagueña:

“Debajo de esas dos cejas

Qué bonitos ojos tienes

Ellos me quieren mirar

Pero si tú no los dejas

Pero si tú no los dejas,

Ni siquiera parpadear

Malagueña salerosa”.

De ese amor, nació Miguel, un niño criado en la añoranza de España.

Iglesia de Santa Cruz.

La familia, con el corazón helado y pese a los aires difíciles, cada 22 de febrero depositaban un clavel rojo, en la tumba del poeta.

La vida de ese niño pasó, dejo de ser profesor de Literatura Castellana, se jubiló y se instaló en la Costa del Sol, en la frontera de Cádiz con Málaga.

Donde los mayores ingleses, visten ridículas camisetas de fútbol.

Allí conoció a María, una joven enfermera baezana, que antes de ejercer en la sanidad pública, había decidido donar un poco de su tiempo a la Cruz Roja.

Los días pasaban y mientras él conducía la vieja furgoneta, ella hablaba sin parar de su próximo viaje a Baeza, en Semana Santa seria costalera de la Virgen de la Amargura.

Para Miguel, esos días festivos eran simplemente de asueto, los aprovecharía para leer en soledad.

En la parte trasera del vehículo, llevaban mantas de abrigo, medicamentos y termos con caldo caliente.

Como todas las noches, en el radio casete sonaba:

“Mi corazón de emigrante

Lo llevo pa’ tierra extraña

Será como un estandarte

Con la alegría de España”

Cuando en el teléfono de ella, sonó “Mi Amargura” (de Víctor Manuel Ferrer Castillo).

Al colgar dijo:

“A la playa de Bolonia”

Y comenzó a rezar a los titulares de su Cofradía del Calvario, para que los ocupantes de las pateras, llegaran sanos y salvos.

Cristo del Calvario.

En la orilla, una veterana Guardia Civil, acurrucaba entre sus brazos a un adolescente, para darle calor con su cuerpo.

La imagen, recordaba angustiosamente a la Piedad de Miguel Ángel.

María tumbó con cuidado al muchacho, sobre un sudario térmico, le quitó la ropa mojada, y lo cubrió con una manta.

Su respiración cada vez era más lenta, no tenía casi pulso, y su temperatura era inferior a los 35º C.

Tenía hipotermia.

En ese momento Miguel, comenzó las compresiones en el pecho, mientras ella le abría las vías respiratorias, y le efectuaba la respiración de rescate.

La agente del Instituto Armado, le frotaba las piernas con la esperanza de darle calor.

Tras unos momentos, de interminable incertidumbre, el joven empezó a reaccionar.

Entonces le tomo una vía, para ponerle suero, y le dio oxígeno caliente.

Por la mañana se encontraban contentos, el niño estaba fuera de peligro, le habían salvado la vida.

Durante el desayuno, ella invitó a su compañero a pasar la Semana Santa en Baeza.

En su estancia, en la casa de los padres de María, Miguel, acabo convirtiéndose en el abuelo.

Allí estaba caminando por las calles, en las que había jugado su padre, el niño, que siendo hombre, nunca regresó.

Este era su mundo, su origen, la Ciudad de la nostalgia.

La tarde del Jueves Santo, acompañó a su “nieta” a la Iglesia de Santa Cruz, donde disfrutó del compañerismo, aprendió a fajarse y admiró la forma en que se elabora un costal.

Virgen de la Amargura.

Antes de la salida, María tomó un rojo clavel del trono del Calvario y se lo entregó a Miguel.

Entonces este salió del templo, caminó paso a paso y en soledad llego a la estatua de Machado, para depositar en su libro, el rojo clavel.

Luego, sentado junto a Don Antonio, mientras pasaba la Virgen de la Amargura, le habló al Maestro de este modo:

Cuánto, he añorado “estos días azules y este sol de la infancia”.

Estatua de D. Antonio Machado en tiempos del covid.

[1] División del Ejercito Aliado, compuesto exclusivamente por españoles.

Turistas en el espacio temporal.

Soy funcionario, del Ministerio del Tiempo[1].

Y cierto, saltar sin descanso por la historia, es una locura, no se sabe cuándo es pasado, presente o futuro.

Sí, pero también, tiene sus cosas buenas.

Puedes ver a los Rolling Stones en el Calderón, y Conocer a Sophia Loren en el rodaje del Cid, mientras le vendes unos rifles a Charlton Heston.

O disfrutar tantas veces como desees, de la faena del “Maestro Antoñete” a Cantinero.

Gracias a esta afición mía por la tauromaquia, mi compañera Irene[2], me bautizó como “el Niño de Biatia[3]”.

Un día, al regreso de la Guerra de África, donde protegí la vida de un joven oficial español, (que viviría durante cuarenta años en el Pardo), “Pacíno[4] me dijo:

“Salvador[5] te espera en su despacho”.

Nada más entrar mi jefe me soltó:

“Tiene que ir a agosto 1936”.

En guardarropía mi compadre “Mariscal”, al verme vestido de falangista, me sonrió diciendo:

“Con lo que te gustan las zapatillas de deporte, siempre te toca calzarte botas militares.

Pero ¡Joder!, “Niño”, no pongas esa cara de asco, que vas a tener la suerte de ser el canguro de Lorca.

Y no se te ocurra cambiar la historia, por mucho que admires a tus compañeros de viaje”.

Al llegar a Granada, me dirigí a la Huerta de San Vicente, donde me encontré a Federico, con su impecable terno blanco y sombrero de paja.

“Pase, Niño, le esperaba más Joven”.

Siento defraudar a un gran poeta como usted, señor García Lorca.

“Pues nada, hechas las presentaciones, ahora que se acerca la nave, hemos de partir ligeros de equipaje …

A por:”

¡Don Antonio Machado!

“Acertó usted, vamos a Colliure”.

El anciano poeta, nos recibió, sentado en la orilla de la mar, y al ver a su discípulo, brotó de su boca:

Mataron a Federico

cuando la luz asomaba”.

“Maestro, estoy aquí para viajar al futuro, donde mostrarle su legado”

En mí presente, Lorca disfrutó de “Camarón de la Isla” cantando su Leyenda del Tiempo y Machado, escuchando “Cantares” de Joan Manuel Serrat.

Mientras que esperábamos a “Mariscal”, para ser conducidos a una puerta, donde se leía:

1999.

Jueves y Viernes Santo.

Baeza.

Procesión General.

Retransmisión RTVE.

Entonces en tono sarcástico, le dije a mi compañero, paisano y pese a todo amigo.

Aquí no puedes viajar.

Ya lo hiciste y casi se encuentran, tú yo de entonces con el actual.

“¡Coño!

¡Qué lío!

Es más complicado que el Principio de Incertidumbre: donde la realidad es alterada por el observador, con tan solo mirarla.

Por eso debes de tener cuidado, ella estaba allí.”

¿Te refieres a mi mujer?

“Tú no la pongas ni un ojo, que puedes regresar a un presente distinto.

Pero que tontería, aquella joven guapa e inteligente, no se fijaría en un decrépito cincuentón cómo tú”.

Gracias por lo de decrépito, pero tranquilo, me gusta mi vida con ella.

Al llegar a otro tiempo, por la Puerta del Perdón, el maestro comentó:

“No parece la ciudad moruna, todo está muy cuidado”

Los dos poetas, caminaban del brazo, cuando Machado le preguntó a Lorca:

“¿Usted, y el Joven…?”

“Pues No.

¿Ve usted a esa muchachilla?

Será su mujer, pero ellos en este presente, aún no se conocen.

Y yo bebo los vientos, por su compañero Julián Martínez[6], que estaría muy guapo vestido de Curro Jiménez, sobre una yegua blanca en estos callejones.”

En una Plaza de Santa María, repleta de personas, cámaras, focos y grúas de TV[7], don Antonio se dio cuenta de la falta de jóvenes.

Entonces sacando mi lado más “bambolla”[8], le mostré a los chicos y chicas, fajándose, vestidos de penitentes, o con el uniforme de músico.

Imagen de las redes sociales. Viernes Santo 1999 Baeza, La1 TVE.

Él, lacónicamente sentenció:

“Esta ciudad siempre tan beata”.

Mientras un Lorca emocionado, pregonaba del siguiente modo:

“En las flores de los tronos estalla la primavera, como en los rojos labios de una mujer de mantilla.

Nada es más bello, que el dulce y delicado rostro, de una dolorosa con gesto sereno.

Esa virgen joven, casi niña, es la exaltación de la vida.”

“No se confunda Federico, los baezanos como todos los andaluces, han hecho de la muerte de Cristo, un espectáculo, alejándose de la Palabra de Jesús Pescador”

“Sí, es sin duda, una oda a la Cruz, donde Dios se inmoló por amor a los hombres, para mostrarles que el camino de la resurrección, era la fe.

¡Ay! Profesor. Que el creyente es usted”.

En esas estaban, cuando le conté al viejo poeta que: el edificio del Seminario de San Felipe Neri, había sido comprado por la Junta, para instalar la sede de la Universidad Internacional de Andalucía Antonio Machado.

Entonces para disimular su recato, me indagó del siguiente modo:

“Niño”, ¿qué le pasa?

Nada, que acabo de ver a mi futura mujer.

Luego al paso de la Santa Cena, reconoció la música de su Saeta, interpretada por la agrupación musical de la Buena Muerte de Linares, e inconscientemente comenzó a silbar.

“Lo ve, Machado, cuando eres popular, el poema deja de ser tuyo, y es lo que quiere el lector”

“Cierto Federico, y lo acepto, pero no comparto el simbolismo que le han dado”

Acabada la jornada, el poeta cansado, nos pidió regresar a la playa de Colliure, en la que solo habían pasado unos minutos.

Allí se despidieron, les esperaba su triste destino, que yo no podía, ni debía cambiar.

Entonces Lorca dijo:

«Don Antonio, estos días azules y este sol de la infancia«

A lo que el abatido profesor de francés, respondió:

“Sí…

…  Estos días azules y este sol de la infancia”

Tras enterrar al cansado Maestro ligero de equipaje, acompañé a Federico a Granada.

Porque fue en Granada, donde esa noche, la parca vestida de falangista, apretó el gatillo.

Murió el hombre, y nació “La Leyenda del Tiempo”.

Al regresar al presente, hallé la calidez del alma, en el cuerpo de mi mujer.

Y le susurré al oído: ¡Te vi!

Machado. (Luis Cruz)

[1] Este relato es un homenaje a la serie.

[2] Cayetana Guillén Cuervo, interpreta a Irene Larra.

[3] Nombre de Baeza en la época visigoda.

[4] Hugo Silva es Pacino.

[5] Salvador el jefe del Ministerio, Jaime Blanch.

[6] Personaje de Rodolfo Sancho en el Ministerio del tiempo, es el hijo de Sancho Gracia (Curro Jiménez).

[7] El Jueves Santo de 1999, La2 de TVE retrasmitió media Procesión General de Baeza, con los pasos que habían hechos sus propios desfile, hasta esa misma tarde. El resto fueron retrasmitidos por La1 el Viernes Santo.

Se puede ver en YouTube.

[8] Ser bambolla, es mostrarse orgulloso por ser Baeza. 

El Inquisidor de Baeza.

(1)

Los hidalgos, de la Muy Noble Ciudad de Baeza, estaban vinculados a la Hermandad de la Soledad de Santo Domingo[1], titular de la Capilla de San Jacinto.

Estos altivos cofrades, todos cristianos viejos, no dudaban en pleitear, para mantener los privilegios de su institución.

Por ello, denunciaron a la Hermandad de las Angustias, para aclarar la fecha fundacional de ambas.

Foto del Santo Entierro del año 2006.

La congregación beneficiada por la sentencia, tendría prioridad de paso por las calles, hecho de suma importancia, al coincidir sus estaciones de penitencia, en la tarde del Viernes Santo[2].

Pero mientras llegaba el veredicto, sus quinientos nobles, realizaban su procesión por donde les venía en gana.

Otro hecho para la controversia, era que las dos hermandades, tenían como imagen titular, al Señor Yacente.

En los días previos a la Semana Santa, los sirvientes preparaban los tronos, para la manifestación pública de fe, de sus señores.

El primero en forma de carrete, contaba con cuatro candelabros, que iluminaban el suave rostro de Cristo exánime en la Cruz.

Mientras en el segundo, sobre una mesa de caoba en forma de catafalco, reposaba el cuerpo sin vida del Señor, acariciado por un fino paño de pureza.

En el tercero de los pasos, la Madre se encontraba erguida, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha y con las manos cruzadas, bajo el pecho, donde los Siete Dolores en forma de cuchillos, atravesaban su corazón.

Durante el cortejo, las andas eran portadas por los gremios de tundidores, tejedores, labradores y hortelanos, fundadores de la hermandad.

Estos fueron apartados del gobierno de la congregación, cuando los quinientos nobles de la ciudad, decidieron hacerse los amos y señores de la institución.

(2)

Virgen de los Dolores año 2006.

Tras un día de trabajo en la Casa de la Cruz Verde, el Inquisidor Mayor de Baeza, regresaba al Convento de Santo Domingo, donde la orden mostraba todo su poderío.

Pero antes le gustaba entrar, al vecino oratorio de San Jacinto, donde los nobles charlaban, mientras sus lacayos limpiaban. Y a su llegada todos callaban, una sola palabra podía delatarles.

Pues el fraile, un psicópata con manía persecutoria, mantenía el siguiente razonamiento:

Baeza, con la única imprenta de Jaén, era tierra de herejía, lugar de “Alumbrados”.

Donde Juan de Ávila, hijo de judíos conversos, daba clase en su universidad, institución defensora de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Enfrentándose de este modo con los Dominicos, para los que solo Jesucristo había nacido Limpio de Pecado.

Con estos antecedentes, no era de extrañar, que el “sumiso poetilla de tres al cuarto”, Juan de la Cruz en obediencia debida a Teresa de Jesús, encontrara en este lugar de pecadores, acomodo para sus místicos del Carmelo.

Los otros Descalzos, los Trinitarios, saltándose su voto de pobreza absoluta, se estaban construyendo un convento majestuoso.

Y los Jesuitas, para edificar el nuevo centro de la “Compañía”, habían tirado parte del Alcázar, alegando insalubridad en la Puerta del Cañuelo.

Consiguiendo lo que ni su “Católica majestad” la Reina Isabel, pudo hacer, acabar con el recinto amurallado de Baeza.

Por último, estaban las “beatas”, dos mil mujerzuelas autónomas, que vivían fuera de la iglesia, sin tutela masculina.

Este era el lugar, donde se formaban, muchos de los encargados de llevar la palabra del Hijo del Hombre, al Nuevo Mundo.

Por eso los Dominicos, tenían que mostrarse firmes, velando por los limpios de corazón y manteniendo la fe”.

(3)

Foto de las Angustias.

Aquella Semana Santa, llegaría el Visitador General de la Orden de Santo Domingo, en la Provincia de Córdoba, para supervisar la vida conventual de la congregación, y la labor de la Inquisición en Baeza.

Para mostrarle su eficacia, el fraile se puso a trabajar, deteniendo a un infeliz por afirmar que: el Santo Sacramento del Bautismo, no limpiaba del Pecado Original a los moriscos.

Una blasfemia no era un delito, para montar un gran Acto de Fe, con todo su ritual.

De lectura pública de sentencia, en la Cruz Verde. Entrega de los reos a la Justicia Real. Su traslado en procesión. Y para finalizar, una buena hoguera en la Plaza del Mercado, con las autoridades en el Barcón del Consejo.

Pero sí lo era, el delito cometido por el sacerdote de San Pablo, que solicitó a un joven muchacho favores de índole sexual, durante la confesión.

El mancebo declaró haber consentido. Lo que suponía condena por sodomía, para los dos.

Además en San Jacinto, había descubierto a una dama, que decía tener limpieza de sangre, siendo hija, como resulto ser, de una judía conversa, de gran belleza.

La madre mediante brujería, se había desposado con un anciano noble aragonés.

Al morir este, la viuda caso a su hija recién sangrada, con un Principal de Baeza, que acabo pecando con su suegra, lo que aprovecharon estas brujas, para iniciarle en actividades satánicas y judaizantes.

En su palacio, había una capilla satánica, donde una talla de Cristo al ser coronada de espinas, vertía por su frente gotas reales de sangre.

El Viernes Santo, mientras el inquisidor y el visitador, acompañaban a la Cofradía de San Jacinto, el fraile aprovecho para informar a su superior, de todos estos procedimientos, quedando el General de la provincia, muy satisfecho por todo ello.

Pero, sobre todo al conocer la fortuna, del joven noble que acabaría en la hoguera, debido a su fogosidad y como era preceptivo, sus riquezas en manos de los Dominicos.

De pronto, la procesión se interrumpió. El Regimiento de la Ciudad, estaba intentando poner orden entre los cofrades de “las Angustias” y los hermanos de la Soledad de Santo Domingo, enfrentados por ver quien pasaba primero, por la Puerta de Toledo.


[1] Actualmente Santo Entierro.

[2] Entonces los recorridos no estaban prefijados.

tresreyes@magos.oriente

Al atardecer, el Sol mostraba sus rojos más ardientes, al reflejarse sobre las copas de los árboles.  Después, llegó la noche, y la Luna llena bañó de plata el Valle del Alto Guadalquivir, el Gran Olivar del Mundo.

Anochece en los Campos de Baeza.

Los Tres Magos de Oriente sobrevolaban ese bosque, levantado por la mano del jornalero, mientras contemplaban la línea del cielo de Jaén, y se deleitaban con la impresionante Catedral de Andrés de Vandelvira.

Al llegar a su destino en el Castillo de Santa Helena, descendieron para recorrer las calles, villas, pueblos y ciudades, del Santo Reino, donde eran esperados por los niños, de cero a ciento veinte años. Eso sí, bien abrigados.

En ese momento, Carmen viajaba en un helicóptero medicalizado. Unas horas antes, mientras su madre se vestía para asistir a la Cabalgata de Reyes en Baeza, ella entrenaba su saque de tenis en el patio de su casa.

De pronto, se produjó un gran estruendo.

E Irene, la progenitora, pensó:

“¡Sí!

¡Esta! ya la ha liado”.

Su hija había roto un cristal cortándose la muñeca, por donde sangraba escandalosamente.

La madre, con un paño limpio de cocina, taponó la herida, a la vez que llamaba al 112.

En cinco minutos, los sanitarios de urgencias estaban reduciendo la hemorragia.

Una vez estabilizada, la joven aprendiz de tenista fue conducida en ambulancia a la Residencia de San Juan de la Cruz en Úbeda.

La situación era crítica, había que reimplantar la mano. Por ello, los médicos, decidieron el traslado de la paciente, al Hospital Materno Infantil de Málaga.

Los padres, tras despedirse de su retoño, partieron hacia la capital de la Costa del Sol.

Como la paciente viajaba tranquila, el enfermero encendió su móvil, entró en la aplicación de Canal Sur, y allí pudieron ver en Andalucía Directo, a los Tres Reyes Magos, llegando a todos los lugares de la provincia romana de la Bética.

Carmen comenzó a llorar, muy disgustada, al recordar que no les había entregado su carta. Sonriéndole, la joven galena que viajaba a su cargo, le preguntó por su Mago favorito.

Ella, mientras se secaba las lágrimas con su brazo sano, le contestó que Gaspar.

En aquel instante, la facultativa, abrió la aplicación de correo electrónico, y le pidió la dirección a su paciente.

Esta rápidamente respondió:

vamoscarmen@magos.oriente

Entonces la doctora, se dio cuenta que aquel ¡Vamos Carmen!, tenía su origen en el grito de ánimo de Nadal: ¡Vamos Rafa!

Y mientras, la facultativa escribía:

“Urgente, retraso por accidente”

Dijo:

“Pues ahora solo nos falta la petición”

Entonces Carmen (mirando su mano izquierda) comenzó diciendo:

“¡Queridos Reyes!:

Me están llevando en helicóptero, a un hospital de Málaga.

Sólo quiero quedar bien, para jugar al tenis.

Y si pudiera ser, la corneta, junto con el uniforme de la banda de la Expiración.

Un beso fuerte.”

Entonces llegó el momento de teclear:

 gaspartresreyes@magos.oriente

 Y dar a enviar.

Cristo de la Expiración de Baeza.

En el helipuerto, mientras ella era conducida a una nueva ambulancia, médica y enfermero le gritaron:

¡Vamos Carmen!, tú puedes.

El Rey Gaspar, en la puerta del ayuntamiento de Baeza, leía un mensaje en el teléfono.

Al finalizar comunicó a sus dos compañeros:

“Tenemos un problema.

Una baezana había sufrido un accidente. Médicamente la situación estaba controlada, de todas maneras, una ayuda en la recuperación no vendría nada mal.”

Por lo que mandaron a sus ayudantes, en busca de la uniformidad de infantería de marina, que vestía la Banda de la Expiración.

Mientras, saludaban a los niños. Antes de ser recibidos por la Corporación Municipal en Pleno, el paje de Gaspar, informó a su majestad:

“Señor, lo tenemos todo, pero la guerrera está sin confeccionar. Necesitamos una sastra o a un costurero.”

Pero hoy, y a estas horas, ¿a ver dónde los encontramos?

Entonces Melchor sugirió:

“Pues donde vivan personas mayores, que sepan coser.”

En la mañana del seis de enero, los residentes de San Ignacio en Baeza, se despertaron felices, contentos, algo resacosos y tomando paracetamol.

Ayuntamiento de Baeza.

Todos contaban el mismo sueño, en el que comían turrones, alfajores, mantecados y roscos de buen paladar, regados generosamente con anís, o vinillo dulce, y Donde el toque de una guitarra, acompañaba a los cantaores de bulerías, fandangos, coplas y villancicos.

Mientras, con unas medidas apuntadas en una cuartilla, dibujaron en papel un patrón.

Fijaron la hechura al paño azul mediante alfileres, para marcar sobre la tela con un jaboncillo blanco, el recorrido a seguir por las tijeras.

Estas, guiadas por la experta cortadora, hicieron surgir: las mangas, solapa, espalda, delantera y bolsillos de una elegante chaqueta marinera.

Según iban brotando las piezas, le unían la entretela y el forro de seda roja, con un sobre hilado en hebra de algodón.

Para continuar las artesanas, la pespuntearon a mano, luego puntada tras puntada, construyeron el armazón, al que con unas hombreras le dieron cuerpo.

Algún hombre, mientras recordaba sus historias de la mili, se unió a la elaboración de la prenda, maldiciendo, cuando al coser torpemente los botones, galones y emblemas de la Merced, se pinchó los dedos, desprovistos de dedal.

Al mediodía, tras las largas horas de quirófano y alguna más en la sala de reanimación, Carmen llegó a su habitación, donde le esperaban sus padres.

A todos les sorprendió la fugaz llegada del paje del Rey Gaspar, para entregar a Carmen, dos paquetes envueltos en papel de regalo. Los dejó en la habitación, y sin decir ni media, desapareció.

En uno, había una equipación de Rafa Nadal con raqueta incluida, y en el otro, un uniforme de buen paño y hechura inmejorable, junto a una corneta.

Al verlos la madre dijo:

“La raqueta te la daré si no rompes más cristales, y la corneta, si te vas al medio del campo a tocar, allí junto a la Virgen de la Salud”

Pasaron unos meses, y, llegados los días de la cuaresma, en la Residencia de San Ignacio los ancianos residentes soñaron que confeccionaban ropas elegantes.

Puerta de la Iglesia de San Pabló.

Al llegar el Viernes Santo, por San Pablo se vio a tres ancianos, de porte muy distinguido, vistiendo traje de excelente confección, abrigo con pañuelo de seda al cuello y sombrero.

Eran los Reyes Magos, escuchando a la pequeña Carmen interpretar “Bulería de San Román”, tras su Cristo de la Expiración. La banda, sonó clásica, limpia y emocionante.

Mientras, los tres sonreían. Habían acertado con las zapatillas negras de Rafa Nadal. Eran las que más conjuntaban con el uniforme, casi parecían zapatos.

Ratoncillos y Garrapiñadas. (un cuento de Navidad).

Los dos hermanos, conocidos en Baeza como los “Píos”, habían fallecido recientemente.

Benito el mayor, casado con Agustina, dejó tres niños y una niña. Mientras que Toribio y Alfonsa, eran padres de una parejita.

Los dos murieron en la casa paterna, donde vivían las dos familias.

Las viudas, debieron seguir pagando el alquiler a sus suegros.

Los unos a los otros se ayudaban, para sobreponerse al dolor y a las dificultades, como el clan familiar que eran.

Las dos crías se unieron como hermanas.

Alfonsa salió adelante, con la elaboración de dulces, para su venta en las ferias. Y Agustina, haciendo los asientos de anea de las sillas.

Nuestro Señor de la Oración en el Huerto.

La turronera afrontó su destino, no quedaba otra, tomando como ejemplo al Señor en el Huerto de los Olivos, que en su Oración acepto el Cáliz de su destino.  

Agustina, pedía al Cristo de la Vera Cruz, un cirineo que aligerara la carga de la vida. Y Él, envió a cuatro niños, que contar sus años no sabían, pero sí que el sudor, es una corona grave, de sal para el labrador[1].

El Nazareno de la Vera Cruz de Baeza y su Cirineo.

Cuando la confitera llego a casa, un resto de miguitas, conducía directamente a la alacena, donde guardaba los avíos para hacer los turrones, caramelos, y demás golosinas.

En seguida pensó en su sobrina, Paquita había abierto la alacena, y los seis ratoncillos, se habían comido las almendras y garrapiñadas, con las que pagar la cena de Noche Buena.

La sillera se dirigió a la cocina, donde trabajaban los niños junto a la chimenea, para castigar a su hija, que no pensaba nada bueno.

Pero Alfonsa como siempre, apaciguó los ánimos al decir:

“Déjalos, son niños con hambre, y es Navidad”.

“Además, el turrón ¡ésta tan rico!”.

La mujer cansada como estaba, se abrigó con un viejo chal.

En la calle, las pequeñas gotas de agua del maretazo[2] baezano, atravesaban el cuerpo como agujas de hielo.

Y comenzó su camino, tirando de su viejo carrito de madera.

El estraperlista de Úbeda, supo aprovecharse de la necesidad ajena, para ganarse unas pesetas de más.

Una vez compradas almendras y azúcar, dejó atrás al miserable usurero, contando el dinero.

El camino de vuelta, lo hizo de noche y para no pensar en el hambre o el frio, fue cantando villancicos.

Al llegar, vio como en el hogar ardía un buen fuego, su cuñada lo había mantenido encendido.

Entonces se calentó, y antes de elaborar las ricas exquisiteces, para que su estómago no sufriera demasiado, mató el apetito comiendo un poco de tocino salado, con pan duro. 

En ello estaba, cuando aparecieron las dos niñas, para ayudarle y hacerle compañía.

Al finalizar, mientras probaban una garrapiñada caliente, Miqui, su hija, le contó que su prima Paqui, sabía donde se guardaban todas las cosas de la casa.

Y que ellas, habían ido a comerse una almendra, pero que los niños al descubrirlas, acabaron con todo.

Por eso Pio y Agustín, estaban con dolor de tripa.

Mientras se iban a la cama, Alfonsa acarició a sus niñas, diciéndoles:

“Pues como yo no venda las garrapiñadas, y Agustina no cobre las sillas del Cine Liceo, esta Noche Buena no tenemos cena”.

Horas antes de amanecer, todo el mundo en la casa, ya estaba listo para el trabajo.

Las primas, ante de asistir al taller de costura, de María Ligero, donde estaban de aprendizas, se quedaron en casa lavando, planchando, limpiando y cocinando.

Miqui, se dio cuenta que, de nuevo había jaleo, cuando Paquita muy seria, le dijo:

“¡Prima cállate!”.

“¡Ven conmigo!”

El muro del patio, tenía un agujero cubierto con un tablero, por donde entraron al corral de Ginés el “Cantero”, para hacer presa sobre un enorme conejo.

Cuando llegó Antonio el mayor de los primos, le tocó la ingrata misión de matar el animal.

Al regreso del trabajo las madres se encontraron, con un lebrillo de conejo a la baezana para cenar.

Agustina, todo un carácter, como su tocaya la de Aragón, interrogó a los tres primos, sobre la procedencia del animar.

A lo que Antonio muy serio, y con voz grave le respondió:

Madre, estaba en nuestro patio y lo hemos cogido para cenar”

Y ella, hizo la siguiente afirmación:

“Hijo, eres el hombre de la casa y con la palabra de un hombre me basta”

Al otro lado del muro, Antonia le decía a su marido:

“El conejo de la cena no está”.

“¿Ahora, que hacemos?”.

Y él, tranquilamente contestó:

“Pues matar otros dos”.

Su mujer le dijo muy indignada:

“¡¡HABER SI TAPAS ESE COLADERO EN EL MURO!!

¡¡ QUE ERES GINÉS EL CANTERO!!”.

La sillera, al escuchar a su vecina, sonrió con malicia, (no se soportaban, puedo dar fe de ello, eran mis abuelas).

Mientras cenaban, Pepe, con la boca llena comento:

“¡Que grandes son las patas!”.

“¡Parecen Jamones!”.

Tras la cena elaborada con tanto esmero, por las dos “mocosas”, comieron de postre naranjas con azúcar y canela.

Luego fue el momento de cantar villancicos, beber “palomilla”[3] y degustar las ricas garrapiñadas.

Ginés salió de su casa en la calle Moraga, acompañado de su familia, para dirigirse a la Misa del Gallo en San Andrés, junto con su hermano Juan y su cuñada Nieves.

Torre de la Iglesia de San Andrés.

Al girar, hacia la calle Capilla, notaron la algarabía infantil, en la casa donde vivían la sillera y la turronera.

Y decidieron felicitar las pascuas, a las vecinas.

Mientras los hombres se tomaban un Machaquito[4], Jerónimo el pequeño cantero, solo tenía ojos para Paquita, y su madre, no se los quitaba a los restos de conejo. 

Pasaron los años y en el Arroyo de la Miel, una familia unida, celebraba la Noche Buena.

Tras la cena, en el momento del jolgorio, Ginés cogió una botella de Málaga Virgen, se sentó junto a su hijo mayor, Paqui, la mujer de este y su nieto (el que escribe).

Llenó las copas, de vino dulce y hablo del siguiente modo:

“Rubia a ver cuando guisas conejo”.

“Pero habrá que buscar uno tan grande, como el de la Calle Capilla”.

Yo, no comprendía nada, y entre risas me contaron esta historia, mientras mi abuela Antonia, ponía cara de pocos amigos.


[1] Del Niño Yuntero, de Miguel Hernández.

[2] Niebla típica de Baeza.

[3] Anís dulce con agua.

[4] Anís cordobés, algo fuerte el seco, casi orujo.

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