Viajaba con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, de un viejo vagón de tercera clase con los asientos corridos de madera. El humo de la locomotora entraba manchando a los viajeros de carbonilla. El horizonte era la noche más oscura, sin luna, ni estrellas. A su alrededor, se oían las voces de los viajeros que, retornaban a casa por Navidad.
Estas fiestas carecían de significado religioso para él. Dios le había dado la espalda en ultramar, donde el calor y la humedad pegaban el uniforme al cuerpo. Las lluvias convertían los caminos en barrizales y el barro llegaba hasta las rodillas. La espesura de la jungla hacía necesario abrirse paso a machetazos. Las picaduras de los mosquitos eran tan mortíferas como los disparos de los emboscados. Tac, tac, un nuevo compañero había caído.

Era una guerra para defender los últimos reductos del imperio. Donde la carne de cañón, la formaban quienes no podían pagar la soldada, para librarse. Mientras los niños de “familia bien” cuando salían de la academia militar, tenían el objetivo de ascender en el escalafón, por méritos en la batalla, sin importarles para ello sacrificar a la tropa, si conseguían laureadas, medallas o condecoraciones. “Honor o muerte”.
Él, había sobrevivido gracias a su prudencia, exponiéndose lo justo. No quería una estatua en Madrid, ni una calle en su Ciudad por jugarse la vida al destruir un puesto de franco tiradores, como Eloy Gonzalo. Muerto en un hospital militar sin medios, ni higiene. Olvidado por todos los que, al fallecer le dieron condecoraciones, honores y le hicieron un monumento.
Su regreso sano y salvo fue consecuencia de su incorporación, a un destino en Capitanía General gracias a contar con el título de bachiller, después de haber combatido en primera fila durante el primer año.
En su puesto en la plana mayor, vio como la guerra era por el control del comercio de la caña de azúcar. Deseado por los Norte Americanos, españoles peninsulares y españoles de Cuba. La burguesía hispana e indianos cargaban barcos en el puerto de Barcelona, de manufacturas para vender en África. Donde esas naves eran ocupadas por mano de obra esclava, para trabajar en las plantaciones produciendo el energético y valioso edulcorante, para llenar los mercantes, con dirección a todo el mundo.
Esta guerra la había perdido España, por el apoyo de Estados Unidos a los independentistas. Además de por la ineptitud del almirante, al sacar la flota a mar abierto para combatir en inferioridad de condiciones, perdiendo la protección de la bahía, donde los barcos enemigos debían entrar en fila de a uno, quedando sin ventaja de número.
Con el día aparecieron los olivares trayendo recuerdos de la niñez. Tiempos de catecismo, oración y amor a Dios inculcado por su madre. Además, su progenitora con sus ricos guisos le despertó su pasión por el buen comer. Su padre le había hecho amar la música, la literatura y en general, la cultura. Con él compartió días de trabajo en el campo, pero sobre todo le dio una buena educación, primero en el colegio de su ciudad Baeza y posteriormente en el instituto de bachillerato, único existente en la provincia. Haciéndole un hombre de bien.
La fría mañana del veintitrés de diciembre su padre le esperaba, a pie de tren. Al encontrarse se fundieron en un fuerte abrazo. El progenitor aparentemente más joven, se echó el petate a la espalda hasta el carro, donde se sentaron juntos. El patriarca, lio dos pitillos, de picadura de tabaco. Cogió un chamarro, diciéndole a su hijo póntelo, aquí hace frio y los dos se rieron.
Durante el camino se mantuvieron en silencio largo rato, con su sola compañía bastaba, se sentían bien, ambos estaban a gusto. Cuando de pronto sin saber cómo, se encontraron hablando de las tareas del campo, de cómo iba trascurriendo la campaña de la aceituna y de cómo habían empezado las heladas a mediados de otoño.
Llegaron a casa, donde le esperaba su madre, tan guapa como siempre. Ella, sujetó el rostro de su niño entre sus manos. Al mirarse brotaron lágrimas de emoción, de rabia, pero sobre todo de alegría. Cuando de pronto sintió el calor de la ternura, como cuando era niño y en la noche le acurrucaba, para protegerlo de sus miedos infantiles.
Los tres, se sentaron en la mesa camilla de la cocina. Con un café con leche, una copa de Machaquito y un mantecado de harina. Era Noche Buena y después de mucho tiempo, se encontraba bien, al recuperar su fe, sus tradiciones y a los suyos.
¡Por fin estaba en casa!
De pronto como un terremoto entraron las vecinas y las mujeres de la familia, celebrando con alegría su regreso. Algunos de los hijos de aquellas mujeres, habían quedado muertos en Cuba. Pero su mirada se clavó en una muchacha, no era posible, era una niña, pero aquella niña, su vecina de la puerta de enfrente, se había hecho una bella mujer y sus miradas se cruzaron dándose cuenta de que, serían el uno para el otro.
Esa Noche Buena, no cerraría todas las heridas, regresarían las pesadillas y el insomnio. Pero había recobrado las ganas de vivir. Cuando comenzó a hablar con su vecina, no era capaz de separarse de ella, mientras comían migas con chorizo, tocino y pimientos, acompañadas de aceitunas de cornezuelo, su plato preferido.
Tras finalizar las labores del campo comenzaron a llegar los amigos, para compartir brandi de Jerez y cigarros habanos, comprados para celebrar con su gente la vida. De pronto, debido al efluvio del alcohol, empezaron a brotar algunos fandangos y cantes por bulerías. Cuando con la aparición de un almirez y una zambomba, se cantaron desvergonzados villancicos.
De repente, salieron corriendo para cenar, conejo con tomate, albóndigas y boquerones en escabeche. Bebieron vino de Torreperogil. De postre comieron boniatos asados con miel y canela o roscos de anís.
Tras la cena, el barrio entero se encontró en la iglesia de San Andrés, para asistir a la Misa del Gallo. Y él, la escucho en recogimiento. Tras haberse alejado de Jesús en las noches de batallas, las oraciones le acercaban más al Nazareno. Además, ante la Virgen del Alcázar, su patrona, en compañía de amigos, familiares, de sus padres y de su vecina, todo era más bonito, perfecto y cercano.
Ese niño del Pesebre era el Cristo de la Sangre, muerto en la Cruz, por la Paz y el Amor. Ante su devoción cristifera, pensó en entregarse a los suyos, para darles el cariño robado. Su nueva vida era un regalo, para disfrutar, siendo ante todo un buen hombre. Se lo debía a todos sus compañeros, muertos en un lodazal.
Una vez finalizara la misa, los amigos salieron de ronda, recorriendo las casas de todos ellos, donde tomaron las pascuas, prolongando la fiesta hasta el alba.
Camino de su casa encendió su ultimo Habano, su aroma le recordó bellas playas, llenas de hermosas mulatas. Caminaba despacio saboreando el día de Navidad. Ya en el hogar se calentó un café en las ascuas, paladeándolo despacio, mientras terminaba de fumar.
Entró en su cuarto para desarmar el petate, sacando de él sus libros y su biblia. Colgó de su cuello la crucecita de madera, tallada a navaja, en las largas noches de guardias. Por último, muy sereno salió al patio, destapo el pozo, para tirar en su fondo su oxidado machete.
Y gritando dijo:
¡Nunca más mataré!















